Manual para perder elecciones: El arte de dinamitar el propio gobierno. Esteban Valenti
02.11.2026
Válido solamente para la izquierda. Es una aclaración de fundamental importancia: la derecha tiene sus propias normas y sus propios recursos para perder sus elecciones.
Los lectores se preguntarán dos cosas:
Primero: ¿Por qué no invertir el enfoque y escribir un breve manual de cómo ganar las elecciones?
Segundo: ¿Qué credenciales tiene el autor para semejante empresa, que obviamente será sintetizada?
No voy a aportar de forma pública mis muchos o pocos conocimientos acumulados en Uruguay, en Argentina y en Paraguay para favorecer a mis enemigos y adversarios: la ultraderecha y la derecha.
En segundo lugar, la síntesis de mi experiencia en campañas refiere a 9 procesos electorales en Uruguay: 5 a nivel nacional y 4 a nivel municipal en Montevideo, Maldonado y Paysandú. La gran mayoría resultaron victoriosas: todas las departamentales y 3 a nivel nacional. A nivel internacional, la última fue en el balotaje de Brasil, donde hicimos una pequeña contribución a través del portal comiteprolula.net.
En materia de plebiscitos fueron 5, la mayoría victoriosos. En Argentina, una elección parlamentaria y dos para elegir al primer gobernador socialista en una provincia argentina -en este caso, Santa Fe-; la otra fue a nivel presidencial, donde Hermes Binner obtuvo el 4.º puesto en las internas y el segundo en las nacionales, lejos del abrumador triunfo de Cristina Fernández de Kirchner.
Vayamos al grano:
Primero: Haber realizado un gobierno con muy malos resultados sociales, políticos y económicos en diversas áreas de la actividad estatal (educación, salud, infraestructura, energía y, en particular, en seguridad pública), aunque no se trate de una tabla rasa, sino de que en conjunto hayan sido considerados como negativos por la población. En ese orden: sociales, políticos y económicos.
Segundo: Haber desarrollado durante el gobierno una política internacional sinuosa, entreguista de la soberanía y con un rumbo de mucha cháchara y pocas realizaciones concretas en materia de comercio y cooperación internacional.
Tercero: Haber sido un gobierno corrupto, con numerosos escándalos que terminaron en la justicia, aunque con resultados diversos, no necesariamente con condenas. Este capítulo está cada día más presente en los gobiernos de derecha en el continente y en el mundo, con mayor o menor alcance. Y que la oposición de izquierda no haya dormido en las nubes, afectada por una extendida cola de paja, y durante el gobierno conservador no haya actuado con la intensidad y profundidad republicanas correspondientes.
Cuarto: Que la acción del gobierno haya afectado las libertades democráticas; en particular, que de manera desembozada o sutil la libertad de prensa se haya deteriorado.
Quinto: Que se haya debilitado el funcionamiento democrático. En este caso la variedad de circunstancias y su gravedad pueden ser muy amplias, dejando en la población la sensación de que la democracia ha retrocedido. En estos tiempos, esta dura realidad -muchas veces con matices entre los diferentes países- suele justificarse con el argumento, e incluso la realidad, de fortalecer la lucha contra el crimen organizado.
Sexto: La falta de liderazgo por parte del presidente de la república, en primer lugar, y de los principales cargos de gobierno o departamentales.
Séptimo: La incapacidad de generar un clima político y cultural propicio para asegurar la renovación de los principales cuadros dirigentes en el gobierno y en el partido.
Octavo: No tener entre sus dirigentes ninguna figura -o, mejor aún, varias- con capacidad de liderar una campaña electoral demostrando a la ciudadanía aptitud para gobernar bien, fidelidad a sus compromisos, honestidad y vocación democrática.
Noveno: Tener una política de comunicación gubernamental de bajo nivel, sin creatividad y sin una estrategia política adecuada apoyada en la experiencia profesional. El factor determinante radica en la capacidad política de comunicar desde el presidente hasta los altos funcionarios.
Décimo: No establecer un funcionamiento institucional coordinado entre los diversos órganos del Estado, en el Consejo de Ministros, con los departamentos y con el Congreso de Intendentes. En estos tiempos cobra enorme relevancia la Fiscalía (CPP mediante) y la Suprema Corte de Justicia.
Undécimo: Tener una mala o pésima relación con el partido de gobierno y con los potenciales y circunstanciales aliados del oficialismo.
Duodécimo: Mantener una mala relación -en vez de un vínculo diferenciado, sutil e inteligente- con los partidos y sectores de la oposición.
Decimotercero: Carecer de una estrategia y de una política de relaciones con los diversos sectores sociales organizados, que en Uruguay tienen enorme peso y complejidad. Demostrar con excesiva evidencia cómo se favorece a determinados sectores sociales privilegiados.
Decimocuarto: No afrontar la batalla cultural contra los adversarios y enemigos de manera seria y planificada, dejando el terreno a dirigentes que confunden la lucha ideológica y cultural con el batifondo y la bajeza a nivel parlamentario y político en general.
Decimoquinto: Descuidar la relación con el Parlamento en general y con la bancada propia en particular, elemento fundamental para asegurar la gobernabilidad y construir el relato de toda la acción política del partido y del propio líder.
Decimosexto: No planificar ni ejecutar una presencia internacional sólida del presidente ante organismos multilaterales, así como frente a líderes mundiales y regionales.
Decimoséptimo: No asegurar la articulación permanente entre las instituciones -en particular dentro del propio Consejo de Ministros- con una dinámica que permita optimizar la gestión.
Decimoctavo: No disponer, durante el período de gobierno, de proyectos de infraestructura en materia energética, logística, industrial, de riego o de obras públicas de utilidad que definan la impronta y la imagen de una administración.
Decimo noveno: manejar los tiempos del gobierno con la velocidad de una tortuga y pretender que el mundo y el país se adapten a ellos.
En síntesis: irse al finalizar el mandato de cinco años no con una sonrisa cándida, sino con la serenidad de quien ha cumplido con su deber y ha dejado al país mucho mejor de lo que lo encontró al asumir, y mejor para la gran mayoría de la población. No necesariamente para todos, porque eso depende también de la fuerza de los vientos de popa.
Esta es, de acuerdo a mi experiencia, una síntesis muy apretada de un manual para un mal gobierno y de una fórmula infalible para perder las elecciones.
Ahora corresponde el manual de cómo perder elecciones en Uruguay a través de una pésima campaña electoral: en primer lugar, importando a un asesor «destacado» de otro país incapaz de comprender la lógica de la política nacional, dar dos pruebas contundentes de esa incompetencia y luego pretender dictar un máster en Comunicación de Gobierno y Asuntos Públicos sin haber demostrado antes la capacidad de ganar una sola elección. Pero primero lo primero.
Al fin y al cabo, ganar una elección exige talento, épica y rigor; pero para perderla desde el gobierno, alcanza con una dosis letal de soberbia, mediocridad y amnesia colectiva.
Esteban Valenti.
Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)