Guerra a las ratas
Marcelo Marchese
26.12.2013
(Continúa esta singular Historia de las Ratas, enumerando los diferentes, e ineficientes, métodos para eliminarlas, y relatando el rol protagónico de la rata en la peste negra que abriría las puertas del Renacimiento).
He leído estadísticas que afirman que el diez por ciento de la producción agrícola mundial es devorada o corrompida por las ratas. No resulta verosímil este dato, pero es un hecho que perdemos productos a causa de ellas. Agreguemos las enfermedades que transmiten y tendremos explicada una parte del odio que genera este animal. Ahora, parte de ese odio es resultado de la conciencia de que nada puede detenerla y los medios que hasta ahora se han utilizado sólo son eficaces por un tiempo.
Veamos estos medios comenzando por los venenos. El principal problema de la eliminación de ratas por este mecanismo es la novofobia que caracteriza a este animal. Le tiene fobia a lo nuevo, nos dicen los científicos. De por sí, con el olfato finísimo que posee detectará cualquier huella invisible que dejemos en el producto, y en todo caso la rata se organiza a través de una férrea organización jerárquica.
A medida que el lector se adentre en este ensayo se asombrará de las similitudes de la rata y el hombre. Las ratas son gerontócratas. Los viejos dominan a los jóvenes y los devoran. En ocasiones la población juvenil disminuye un noventa y cinco por ciento. Este animal de hábitos crepusculares y nocturnos obliga a veces al más joven a exponerse en la búsqueda de provisiones durante el día, y cuando surge un alimento novedoso destaca un expedicionario para que lo pruebe. En función de si cae despatarrado en horribles contorsiones y vómitos o no, decide incorporar o desechar la novedad a la dieta. Por eso los raticidas de primera generación, aquellos que mataban a la primera ingesta son casi ineficaces. Los de segunda generación tienen la virtud de matarlas en sucesivas tomas secándolas por dentro o generándoles hemorragias internas. La rata exploradora es observada un tiempo y cuando ven que nada acontece con ella se animan a comer. Sin embargo, algo ha sucedido que tampoco funcionan eficazmente: sea el olfato, el oído o la inteligencia de este animal lo cierto es que apenas muere alguno aprenden la lección ipso facto. Se las quiere engañar generando raticidas que las matan de una forma que decaen de a poco y parece que mueren de viejas, pero sólo alguien de pensamiento muy limitado puede creer que las ratas se dejarán engañar de esta manera. Si hay una envenenada lo saben perfectamente. Como la rata tiene la costumbre de lamerse y acicalarse se ha diseñado un veneno en polvo que se coloca por donde transita, de tal forma que si queda pegado a la piel y luego se lame, muere. Este interesante veneno es harto problemático y peligroso por varios motivos, pero si tenemos la suerte de que la rata pase suficientes veces por donde lo dejamos desperdigado, de seguro morirá.
Una práctica común es el precebado. Se deja alimentos sin veneno por un tiempo, y cuando se convierte en hábito (gracias a Dios la rata también es rutinaria) astutamente colocamos el veneno y adiós rata, aunque al tiempo reaparezcan con renovada furia. En el campo, cuando ya han hecho un destrozo considerable se apela al siguiente recurso: se degüella una oveja y se introduce un fosforado, se deja este cebo por la noche y se atan los perros. Los cuervos, si lo comen, lo vomitan, pero algunos mueren, y también las ratas. En todo caso en el campo son más fáciles de combatir por la inexistencia de redes cloacales. Aquellas ratas muertas son harto peligrosas pues cualquier perro o gato puede ingerirlas y el problema radica en hallar las muertas, las cuales, sintiéndose mal se refugian en sus nidos, muchas veces inaccesibles a los humanos. La rata de campo no alcanza las mismas dimensiones que la de ciudad, ni desarrolla de igual forma su inteligencia y conocimientos.
Utilícese el veneno que se utilice, por ahora, los resultados son los siguientes: destruyen unas cuantas ratas o ninguna, pero en todo caso no destruyen a toda la colonia y las sobrevivientes incorporarán ese veneno a las comidas tabú.
Veamos las trampas: hay de toda variedad, matando al animal o atrapándolo vivo, como las que deben utilizar los laboratorios, habida cuenta de lo inadecuado que resulta la sangre que mana de cercenarles la cabeza con la trampa guillotina. Un problema de este mecanismo es su costo y el hecho elemental que el resto de las ratas que vea cómo ha terminado su compañera a manos de un Robespierre moderno, nunca más se asomará a una guillotina.
Se ha ideado una trampa harto costosa pero sumamente efectiva: se construye una piscina de un metro veinte de altura, se tira cebo en ella y se untan las paredes con cebada, grasa y miel. Las paredes deben ser completamente lisas. La primera rata que cae no tendrá cómo salir. La segunda será devorada por la primera o viceversa. Rara vez habrá tres ratas juntas a causa del canibalismo de esta especie, pues se devoran unas a otras principiando por la cabeza, buscando el cerebro, sea por que lo consideran un manjar o porque tiene más proteínas que el resto del cuerpo. Otra rara similitud. La comida más cara del mundo es un mono que se presenta a los comensales en los restaurantes de lujo de Oriente con la característica de que está vivo pero inmovilizado. Le destapan con delicadeza la cúpula del cráneo y con una cucharita lo comen vivo.
El tercer sistema es el ultra sonido emitido por un aparatito que cuesta cien dólares y que sólo ahuyenta a las ratas trasladándole el problema a otro. Lamentablemente terminan acostumbrándose a este ruido que les resulta inocuo siendo un poco más útil apagarlo y prenderlo por breves períodos.
El cuarto sistema es el más eficaz y es el que ha ideado la sabia naturaleza: los múltiples enemigos de las ratas. Basta con tener una serpiente como mascota, o un cocodrilo, hurón, mangosta, tejón, armiño, comadreja, zorro, lobo, mao pelao, águila, carancho, búho, cuervo, buitre, perro o gato. El problema del perro es su tamaño para llegar a la madriguera, siendo más efectivo el gato por su agilidad, pero no cualquier gato, debe ser un gato grande y cazador, pues la rata lo enfrenta. Normalmente, ante la presencia del gato la rata huye y aunque en la ciudad el enemigo de la rata es el hombre, el gato, el perro y la comadreja, es muy raro encontrar a los otros animalillos que habitan los campos, pues vienen disminuyendo por la tala de bosques y demás persecuciones que entabla el ser humano. En realidad, para la rata la vida en los campos es más difícil y sufrida que la vida en la ciudad.
Otra manera de disminuir la población ratuna es evitar los basureros en las ciudades, colocar containeres de basura absolutamente herméticos e impedir los baldíos. El problema son los asentamientos que viven de reciclar basura y estos asentamientos han nacido en todo el mundo como resultado de la expulsión de los trabajadores de los campos. La solución a este problema inevitablemente tendría que ver con una nueva forma de entender la propiedad de la tierra.
Las enfermedades que transmiten las ratas devienen de su saliva y excrementos, que al convertirse en polvo pueden ser inhalados provocando la muerte. Alguna de estas enfermedades no tienen antídoto y son difíciles de diagnosticar por médicos no familiarizados con las enfermedades que transmiten los animales. El hombre pierde algún pulmón o muere luego de diarreas, vómitos, hemorragias, cefaleas y un obvio decaimiento y depresión agudizada.
Uno de los más lejanos testimonios de pestes traídas por las ratas se encuentra en el libro de Samuel. Los filisteos roban el Arca de la Alianza. Yahvé los castiga con la peste. Los filisteos consultan a sus adivinos. Deben devolver el arca y cinco esculturas en oro de los bulbos de la peste, y cinco esculturas en oro de ratas.
En otro libro primitivo se habla del Apolo Sminteo, el Dios Rata, que penetra en el campamento aqueo lanzando dardos que se convierten en ratas propagando la peste.
En 1348 una calamidad restalla sobre Europa como un latigazo de Dios, la peste bubónica, también conocida como "la peste negra". Acaso un tercio o más de la población europea fue aniquilada, con la consiguiente disminución de la mano de obra y la ruptura del equilibrio impuesto en las relaciones de producción. La Gran Muerte alteró el vínculo con la espiritualidad. El hombre, tras abandonar al hijo muerto, crispa su puño hacia Dios. El líquido nauseabundo que emanaba de los cadáveres amontonados fue desembocando en los torrentes que sepultarían el mundo del medioevo y abrirían paso al Renacimiento.
Antonín Artaud piensa en una enfermedad que fuese una entidad psíquica, una enfermedad que no dependiera de un virus. El microbio descubierto por Yersin aparecería en algún momento del desarrollo del virus, pero no explicaría la peste. La peste fue una gran creación colectiva, una somatización social en un momento de crisis estructural. Aquellos que se refugian en castillos haciéndolos rodear por un anillo de soldados mueren abatidos mas los soldados quedan indemnes. La peste le rehuye a los diez enamorados de Boccaccio, como a los amantes del Triunfo de la muerte de Brueghel.
Con ser esta explicación absolutamente razonable y con mayores visos de verosimilitud que cualquier otra, debemos abandonarla para exponer la historia tradicional.
Los mongoles que atacan la colonia genovesa de Kaffa llevan el mal a Europa. El ejército mongol lanzaba con catapultas los cadáveres infectados. También arriba el mal con los barcos que viajan desde la profunda Asia. No es la rata en sí quien acarrea la enfermedad sino una pulga que transmite la peste. La pulga porta la peste, la rata porta la pulga y los barcos portan la rata. Aquella peste que generaba unos chancros negros en la piel e inflamaba las meninges provocando demenciales alucinaciones, cayó en muy mal momento, en un momento en que se habían perseguido multitud de gatos a causa de su certificado encubrimiento de demonios. Las ratas prosperan y la peste con ella y un manto negro ensombrece Europa. Los cadáveres son arrojados a constantes piras humanas. Los médicos se presentan con una máscara de pico largo y encima de zancos dispuestos con tablas verticales y horizontales a modo de suela para aislarse de las emanaciones infecciosas.
En toda peste se disuelven las elaboradas convenciones sociales. Tucídides en su Historia de la guerra del Peloponeso cuenta que "la peste introdujo en Atenas una mayor falta de respeto por las leyes. Cualquiera se atrevía con suma facilidad a entregarse a placeres que con anterioridad ocultaba, viendo el brusco cambio de fortuna de los ricos, que morían repentinamente, y de los que hasta entonces nada tenían y que de pronto entraban en posesión de los bienes de aquellos. De suerte que buscaban el pronto disfrute de las cosas y lo agradable, al considerar igualmente efímeros la vida y el dinero. Se instituyó como cosa honorable y útil lo que era placer inmediato y los medios que resultaban provechosos para ello. Ni el temor de los dioses ni ninguna ley humana podía contenerlos, pues respecto de lo primero tenían en lo mismo el ser piadosos o no, al ver que todos por igual perecían; por otra parte, nadie esperaba vivir hasta que llegara la hora de la justicia y tener que pagar el castigo de sus delitos, sino que sobre sus cabezas pendía una sentencia mucho más grave y ya dictaminada, por lo que era natural disfrutar algo de la vida antes que sobre ellos se abatiera". Para nuestro asombro, las diferencias culturales entre griegos clásicos y europeos medievales se desintegran cual cerebro de apestado. Los avaros arrojan el oro por las ventanas, los saqueadores merodean las casas abandonadas, las monjas se prostituyen, el hijo mata al padre, el valiente guerrero que otrora salvara la ciudad ahora la incendia. En tanto el humo infecto de las piras humanas se extiende por doquier, los sobrevivientes pelean por el dominio de la leña y el fuego, los apestados, presas de horribles alucinaciones aúllan por la ciudad y las montañas de muertos crecen y cierran las calles y los animales mordisquean los bordes y los más lascivos roban un placer de las bellas moribundas y de los cadáveres aún frescos.
Tales son los efectos de la inminencia de lo inevitable.
(continuará)
Marcelo Marchese
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias