Historia de las ratas (cuarta parte)

Marcelo Marchese

30.12.2013

(Continúa este texto raro y peregrino donde se enumeran las sorprendentes habilidades de la rata y su punto débil, pues por más poderosa que sea una criatura o institución, siempre adolece de alguno)

 

 

La rata como atleta y su tendón de Aquiles

La rata nada y corre por debajo del agua. Aguanta el oxigeno como experta submarinista de una forma sorprendente, y el que no lo crea que coja una rata viva y la sumerja en un balde. Con sus manos de mono camina por las cuerdas tendidas de tal forma que, si llega a resbalarse, la larga cola, más larga que el resto del cuerpo, logra prenderse y volver a subir. Trepa a los árboles, cañaverales y edificios. Se estira para pasar por el intersticio de una puerta o por un angosto caño lleno de agua y se aparece provocando un ataque de pánico en un lujoso baño. Logra dar un salto de setenta y siete centímetros de altura y uno de dos metros de largo. Come en un día la tercera parte de su peso. Defeca mientras come. Con sus poderosos dientes construye madrigueras que se comunican por túneles, teniendo la hábil precaución de construir cámaras ciegas para despistar a algún perseguidor. Roe las maderas y las paredes, siendo la única solución para evitar que taladren una pared agregar una buena dosis de vidrio molido a la mezcla. Roen los caños de plomo y plástico, generando constantes problemas por destruir cables eléctricos. Sus dientes inferiores crecen constantemente y por eso deben roer. Si no lo hicieran, estos dientes crecerían en forma de espiral provocando la muerte. Es un error la afirmación de que come plástico, goma, zinc, plomo y níquel. Los roe por necesidad o los utiliza para construir sus nidos. Tiene en su cola un reservorio de grasa a la que apela en caso de extrema necesidad. La saliva de la rata posee un anestésico que dificulta a la víctima percibir que es mordida. Esto explica que un amigo viera en San Pablo un mendigo con la nariz comida por las ratas.

Es una hábil cazadora, preferentemente nocturna, pero diurna cuando lo necesita. Ataca a los cerdos insensibilizados por la grasa, come las membranas de las patas de los gansos y palmípedos en general. Come los huevos de las aves y cuando un ganso no abandona el nido le come la espalda. A los pichones los arrastra al agua y los ahoga y devora a la vista de la madre. En París en una noche dieron cuenta de los cadáveres de treinta y seis caballos.

Su potencia sexual es impresionante. Según algunos eruditos su celo es constante, llegando a fornicar mientras está amamantando. Al morir, una rata habrá dejado treinta y cinco mil descendientes. Se sabe que hay un macho alfa que domina al resto y que trasmite generosamente sus genes a la colonia.

El médico psiquiatra y psicoanalista Pascale me ha contado de su experiencia cuando trabajaba en un laboratorio. La rata blanca en cautiverio es sumamente dócil, se deja agarrar y clavar jeringas por doquier, pero si se escapa, rápidamente se transforma en un ser sumamente agresivo. Es increíble cómo el aire de la libertad genera tales trastornos.

Cierta vez que tenía a una rata acorralada en un cuarto descubrí su punto débil. La había perseguido con una escoba, pero se me escapaba. Todo el tiempo tuve la precaución de mantenerla a cierta distancia pues conocía su capacidad de salto: "se encorva y salta con la espalda" me habían asegurado. Al minuto de perseguirla quedó exhausta y la liquidé con una sucesión de golpes. La rata, como la mentira, tiene patas cortas, y es bastante gorda. Tiene un buen pique, pero allí gasta toda su energía y cuando queda cansada es fácil eliminarla. Por supuesto, no podía tener ninguna salida ni ningún sitio donde esconderse. El cuarto estaba literalmente pelado y había tenido la precaución de cerrar la puerta. Ella misma en la persecución había adoptado ese lugar que se transformaría en cámara mortuoria.

He logrado dar cuenta de varias ratas y debo referirles mi primer triunfo infantil. Jugábamos al fútbol en la calle, en plena noche. Nuestro perro comenzó a comportarse extrañamente y movidos por la curiosidad abandonamos la pelota y pudimos ver cómo tenía a una rata acorralada entre las ruedas de un camión. Agarramos al perro y emprendió la huida siendo perseguida por la banda de criminales que éramos mis hermanos, amigos y yo en aquel barrio de la Unión. En plena corrida volví a mi casa para agarrar el cesto de una damajuana con el cual, coincidentemente, había estado jugando esa mañana, y luego de acorralada fue muy fácil echarle el cesto encima. Como además había traído una botella de querosén decidí rociar generosamente la cesta. Acto seguido la prendí fuego y vimos entre las llamas a la rata correr en círculos alrededor de las paredes del cesto, el cual pateamos. La rata dio tres o cuatro pasos y ante nosotros cayó de costado como una bola de fuego, mientras contemplábamos en silencio.

 

(continuará)

 

 

Marcelo Marchese
2013-12-30T20:51:00

Marcelo Marchese

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