Inception, de Christopher Nolan
Mathías Dávalos
14.02.2011
Dirección, guion y producción: Christopher Nolan. Fotografía: Wally Pfister. Música: Hans Zimmer. Reparto: Leonardo DiCaprio, Joseph Gordon-Levitt, Ellen Page, Marion Cotillard, Cillian Murphy, Ken Watanabe. 148 minutos.
"Al este de Shangtu, Kubla Khan erigió un palacio,
según un plano que había visto en un sueño
y que guardaba en la memoria".
Visir de Ghazan Mahmud, descendiente de Kubla.
Inception no es ningún origen en la filmografía de Christopher Nolan (seguramente el reconocimiento sea para Memento); quien intenta concebir una magna representación que abarque todo lo que esté a su premeditado alcance, sin renunciar a notables efectos visuales que terminan atentando contra la (las) trama (as) a exponer. En este punto hay una intrínseca relación con recientes producciones como el caso de Synecdoche N.Y (2008) de Charlie Kaufman.
El campo se expande: un laberinto circular, un sueño, los sueños. La trama lo es todo, al servicio de los ladrillos, la gravedad y la penetración en el subconsciente del individuo. Más allá del claro corte mitológico intelectual, como la significación de personajes como Ariadna o Mal, Inception es un puzzle abstraído en su desarrollo y bifurcaciones. Desde el guión la obra persigue una quimera eludiendo caminos.
Dom Cobb (Leonardo Di Caprio) es el "extractor" que se hace llamar seguridad: el encargado de reclutar partes (personas) para ingresar al subconsciente de un "objetivo" y robar información. El mecanismo resulta una panacea que se hace cuesta arriba en la película de 148 minutos: la tecnología invade la mente, tesoro del hombre. En este caso por una redención familiar del protagonista: la vuelta a su país, al hogar y a sus niños, y también por dinero. Estas partes, componentes para armar, son: Yusuf, el químico, Arthur el "point man" (la clave), Ariadna, la arquitecta del laberinto onírico, Saito el "businessman" quien promete a Cobb una redención familiar si hace un último trabajo, y Fischer, el objetivo, heredero de un imperio económico. Cobb será el encargado de plantar una semilla-idea en el cerebro del joven heredero, la competencia del millonario Saito en su imperio empresarial.
Los personajes no tienen peso propio y son oprimidos por la trama desde el comienzo del guión. Nolan erige un nuevo personaje central (Cobb) luego de cimentar junto a su hermano Jonathan uno de los más convincentes de los últimos diez años que dio Hollywood: el "Joker" de The Dark Knight (2008), film anterior del director. En este nuevo trabajo, Cillian Murphy en el papel de Fischer afirma que es un actor con presencia (nada nuevo luego de su delicada labor en The wind that shakes the Barley, 2006). Marion Cotillard (La Vie en Rose, 2007) interpreta a Mal, la esposa de Cobb, habitante de un espacio de carácter dantesco, de entrada y "origen" de los sueños de su pareja. Murphy y Cotillard son los actores más consistentes del reparto, mientras que Di Caprio, Ellen Page (Ariadna) y Ken Watanabe (Saito) están a la altura sin necesidad de pellizcarse para despertar. Nolan vuelve a contar con Michael Caine (tras la saga de Batman, The Prestige), esta vez en un rol secundario como padre de Cobb.
Un film donde proliferan efectos visuales cautivos del mundo de los sueños. Mundo que aquí parece siempre operable: vemos Paris dada vuelta, rotando para formar un cielo, un techo compuesto por sus propios edificios; distinguimos al joven Arthur (Joseph Gordon-Levitt) luchando a los tiros y a las piñas en un edificio sin leyes de gravedad, atando a personas y generando explosiones; nos enseñan trucos de espejos en el puente Bir-Hakeim de Paris (inferiores a algunos que logra por sí mismo el Metro línea 6 en su paso por las noches). Sueños y espejos son símbolos recurrentes (desde Carroll hasta Cocteau, desde von Sternberg hasta Lynch): es adrede que los dos hijos de Cobb aparezcan vistiendo siempre la misma ropa, a medida que se suceden en el sueño o son vistos en el supuesto tiempo "real". No así el llamado "Limbo": zona de una clarividente arquitectura en efectos y construcciones con mayor relevancia sobre la base de la trama (casas de infancia, de los “buenos momentos” creados sobre la memoria).
Pero hay más: el uso de la canción Non, Je ne regrette rien de Edith Piaf, y los "kicks", la sensación de caer que hace despertar a cada una de las partes que comparten sueños (uno lo hace al caer una camioneta de un puente, otro transita sin ley de gravedad con efectos estilo Matrix en un edificio, otro vuela una fortaleza en la nieve) comprenden un propósito en común, al que el desenlace se aproxima más que develar. Subconsciente, trabajo entre sombras e interposición de escenarios son moneda corriente y de acumulación. Hay acción y se generan inquietudes.
Era de esperar que esta producción del celebrado director británico trajera cola apenas viera la luz. Lo llamativo es lo que ha provocado con inmediatez cierto grito en el cielo de "film revolucionario" a viva voce, como si las opiniones se gestaran en una sala de emergencias. Inception es un film que crecerá o decrecerá por sí mismo (ya que eso sí edificó), sin necesidad de histerias.
Wally Pfister logró un gran trabajo de fotografía, y no sólo por sus escenarios exóticos (como en Batman Begins, 2005) bajo avalanchas de nieve o en dar vuelta una metrópoli. Su gran acierto son los interiores: desde la escena inicial de la visita de Cobb a Saito hasta habitaciones de hotel o pasillos de edificios. Hans Zimmer, encargado de la música, está presente con una labor aceptable y de considerable relación con el anterior film de Nolan, el segundo sobre el hombre murciélago.
Parece ser que en los próximos años Hollywood apelará al metalenguaje basado en juegos psicológicos. Se está dejando de lado la renta de los virus, cataclismos que sólo justifiquen balazos, síntomas patrioteros post 11 de Setiembre, guerras, Iraq, Afganistán. Entramados de la mente humana afloran: se viene vendaval. Luego del gran acierto de la serie televisiva Lost, llega una dirección comunicacional de orbe "similar" (el concepto de redención en aviones que aterrizan y en check-ins de aeropuertos está presente en Inception). La bandera está clavada en tierra, pero ésta no parece tan fértil. De todos modos, Nolan se encuentra del lado de los que intentar retar e innovar.
Inception es un film regular, pero no es un atrapasueños. Se sirve de los sueños únicamente como punto de partida. Va desde el vamos por todo y su desenlace es discutible, más allá de la diversidad de opiniones y lo que la obra logre o no. Un film que se toma varias concesiones y abusa de recursos (explosiones, redenciones, cuentas bancarias y formación de diálogos que al iluminar oscurecen de inmediato, casi con urgencia). Desde cierta condición neo-noir visual recibe influencia directa de Alphaville (Jean-Luc Godard, 1965), esa atemporal pesadilla kafkiana. Inception es un puzzle y quiere ser laberinto. Pero hay laberintos que se construyen sin la ciega insistencia por el premio final: el Minotauro. Jorge Luis Borges, en el cuento La Casa de Asterión, sale del mito sólo para sorprender, para crear luz. Ahí la justificación de sus dos hojas de contenido. Si Nolan quiere llegar a China, debe pisar al menos alguno de sus puertos linderos. Quizá Mulholland Drive (2001) fue la película de este siglo que, bajo sus obvias pretensiones cinematográficas, oníricas y persecutorias, logró hacer pie en la orilla tras la oleada del mar. 2001 de Kubrick y 8 1/2 de Fellini, han logrado la quimera.
Esta película de Christopher Nolan ilustra el ejemplo de llamar al loco y al arquitecto en aquella vieja receta de cómo crear. Pero estos aquí reinvierten sus roles en demasía. Además, si todo (o algún claro remanente) fuera cierto para adaptar esta "idea" a un lenguaje audiovisual, siempre quedan atrás otros sentidos. Ojo con esto, ya que uno podría encontrar algo más potencial que esta magna idea cinematográfica en un propio sueño, en su propia cama, sin butacas a su alrededor, en su propia imaginación (sumémosle el olfato, el tacto) y, con mucha fortuna, recordar apenas alguna nimiedad al despertar.
Mathías Dávalos
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias