Martinica, la pobreza y la furia
Michael Mansilla
03.11.2024
¿Puede un territorio caribeño como Martinica seguir dependiendo de un país, en este caso, Francia, situado en Europa y a 7,500 km de distancia? A pesar de sus paisajes paradisíacos, Martinica vive una especie de infierno terrenal. Una movilización social, iniciada a principios de setiembre, degeneró en violentos disturbios.
La isla caribeña de Martinica, una Colectividad Territorial y Región Ultraperiférica Francesa, está sufriendo una profunda crisis económica y social. Los martiniqueses han salido a la calle, estallando en violentos disturbios.
El origen de la ira: el precio exorbitante de los alimentos, que es entre un 40% y un 200% más alto en promedio que en la Francia metropolitana. La mayor parte de las necesidades de carne, verduras y cereales deben importarse, lo que contribuye a un déficit comercial crónico que requiere grandes transferencias anuales de ayuda desde Francia.
Sin embargo, este problema es más político que económico y se puede plantear de la siguiente manera: ¿puede un territorio caribeño como Martinica seguir dependiendo de un país, en este caso, Francia, situado en Europa y a 7.500 km de distancia?
Martinica en guerra por el alto costo de la vida.
Los recientes disturbios en la isla han captado la atención internacional debido a la intensidad de las protestas y su impacto en la vida cotidiana. Las manifestaciones, que comenzaron en septiembre, se desataron principalmente por el aumento del costo de la vida, que ha puesto una fuerte presión sobre la población local. En Martinica, los precios de alimentos y bienes de consumo son significativamente más altos que en la Francia continental, y esto se ha convertido en un detonante clave para las protestas.
Organizaciones como la Asamblea para la Protección de los Pueblos y Recursos Afrocaribeños (RPPRAC) han demandado que los precios se alineen con los de la metrópolis, argumentando que la inflación es un factor de profunda desigualdad económica y social en la isla. A diferencia de las manifestaciones de 2009, que estuvieron fuertemente ligadas al mundo sindical, las de 2024 están organizadas por jóvenes, pero también por personas de unos cuarenta años o más, sin afiliación política ni sindical, que han decidido actuar ante la inacción del gobierno.
El escritor martiniqués Raphael Confiant, conocido por su apego a la cultura criolla, plantea la cuestión de la pertenencia a Francia en general. "Todo el mundo sabe que el uso de la fuerza no resolverá la raíz del problema", concluye el autor, de 73 años. Porque, al fin y al cabo, este problema es más político que económico y se puede plantear de la siguiente manera: ¿puede un territorio situado en América, concretamente Martinica, seguir dependiendo de un país, en este caso, Francia, situado en Europa y a 7.500 km de distancia?
Las protestas derivaron en varias noches de disturbios con heridos, decenas de detenidos, saqueos y vehículos incendiados. Las autoridades decretaron un toque de queda nocturno el 17 de octubre. Un McDonald's incendiado, barricadas en llamas, un hipermercado invadido: las tensiones seguían siendo altas en Martinica. La noche del martes al miércoles 18 de octubre estuvo nuevamente marcada por la violencia, en un contexto de movilización contra el alto costo de la vida. Durante varias noches, la violencia urbana sacudió algunos barrios de Fort-de-France, la capital. También un McDonald's en el distrito de Dillon fue incendiado, según informaron los bomberos. "Estoy devastada", dijo Tania Jean-Louis, directora del restaurante de comida rápida, a la radio local RCI. "El restaurante no es utilizable. Habrá que destruirlo para reconstruirlo", lamenta. "Los empleados están técnicamente desempleados". Aunque la franquicia internacional ya no ve rentabilidad como para continuar en la isla; debido a los altos costos de las materias primas.
En este mismo barrio, un hipermercado Carrefour fue "invadido por una cincuentena de individuos que montaron una barricada en el aparcamiento e intentaron prenderle fuego", dijeron las autoridades. En el momento de la dispersión policial, un hombre huía en un scooter y cayó al suelo, hiriéndose levemente. Fue arrestado.
Según las autoridades, durante la noche del martes al miércoles se levantaron "algunas barricadas". En Ducos, localidad situada al sureste de Fort-de-France, "había barricadas incendiadas en la N8 con proyectiles lanzados hacia la policía", según las autoridades, luego informaron de un regreso a la calma y "retiro de las barricadas".
En imágenes nocturnas difundidas por medios locales, muestran botes de basura y algunos vehículos están envueltos en llamas. Se produjo un incendio cerca de la iglesia de Sainte-Thérèse, según el canal Martinique la 1ère.
El saldo: 140 detenidos, 400 coches calcinados, decenas de barricadas, 98 heridos y cuatro muertos... El gobierno francés tuvo que imponer un toque de queda de 9 p.m. a 5 a.m., y enviar un contingente de Gendarmería, Policía Nacional y grupos de comandos del ejército para restaurar el orden, por primera vez desde 1959. Todos ellos desde la metrópolis.
Viejas heridas que no han cicatrizado.
Los habitantes expresan una creciente frustración ante la falta de medidas gubernamentales para resolver las disparidades económicas y sociales, que se perciben como una situación de "segunda clase" para la población local en comparación con la Francia continental.
En el origen de la ira está el precio exorbitante de los alimentos, que es un 40% más alto en promedio que en la Francia metropolitana, y en algunos casos supera el 200%. "Antes, la compra me costaba 70 euros; ahora es al menos de 150 euros. ¡Literalmente el doble!", dice Michèle Cidalise-Montaise, profesora jubilada y residente de Diamant.
La Sra. Cidalise-Montaise nos invita a consultar el sitio web de Kiprix para comparar las diferencias de precio entre los productos vendidos en Francia y en Martinica. La observación es preocupante. ¿Pan de molde de la marca Épi d'Or? 1,45 euros en París, pero 11,45 euros en Fort-de-France. ¿Champú ultrasuave con manzanilla? 3,98 euros en París, 14,43 en Fort-de-France. ¿Puré de manzana Andros? 1,65 euros en París, 5,49 euros en Fort-de-France. La lista continúa.
El hecho de que Martinica importe el 80% de sus productos explica en parte esta diferencia de precios entre la isla y la Francia metropolitana. La vida siempre ha sido más cara en la isla caribeña, pero esta vez ha superado los límites de lo aceptable para los martiniqueses. Martinica atraviesa una difícil situación económica, caracterizada, en particular, por una elevada tasa de desempleo: el 18.9% de la población activa.
Si bien el 27% de la población vive por debajo del umbral de pobreza, la situación se ha vuelto insostenible para la mayoría de los habitantes.
"Esta es la primera vez que los martiniqueses no han podido alimentarse a sí mismos. Hay personas que se privan de comidas, es una situación bastante desastrosa".
Es importante aclarar que la isla de Martinica tiene la autonomía de una Colectividad Territorial, pero aún forma parte de la Unión Europea como Región Ultraperiférica, lo que le impide acuerdos comerciales independientes con países cercanos y productos más baratos. La mayoría de las Pequeñas Antillas comercian con EE.UU. y Canadá. Por ejemplo, las Islas Vírgenes Británicas utilizan el dólar estadounidense, ya que la mayoría del comercio se realiza con este país, de donde también provienen la mayoría de los turistas.
Las tensiones raciales, un modelo colonial: "Les Békés"
Las tensiones raciales. Un modelo colonial: "Les Békés". La crisis actual en Martinica va mucho más allá de los aumentos de precios, despertando heridas no cicatrizadas desde la época colonial. Los disturbios recientes, con incendios y saqueos en protesta por el encarecimiento de la vida, reflejan tensiones raciales y socioeconómicas en esta isla caribeña, colonizada hace casi cuatro siglos por Francia y marcada por su pasado esclavista.
"Les 'Békés' imponen su ley", dice una mujer martiniquesa que lucha para llegar a fin de mes, refiriéndose a los blancos descendientes de colonos y esclavistas que concentran buena parte del poder económico de la isla. Tres de los siete grandes grupos minoristas involucrados en la polémica por los altos precios de productos alimentarios, que son un 40% más caros que en la Francia metropolitana, son propiedad de 'Békés', una comunidad estimada en 3.000 personas de una población de 360.000 en la isla.
Muchas críticas por los precios señalan al principal grupo del sector, GBH, fundado por Bernard Hayot, de 89 años, con una facturación estimada en 3.000 millones de euros (casi 3.300 millones de dólares). Su fortuna familiar, calculada en 300 millones de euros, figura en el puesto 431 de las 500 mayores de Francia, según la revista Challenges.
Históricamente, las protestas actuales no son una novedad, pues reflejan tensiones profundas relacionadas con el descontento colonial y la presión por mejores condiciones de vida. Estos factores económicos, sociales e históricos subyacen en el descontento popular en Martinica, así como en otros territorios de ultramar franceses como Mayotte, Reunión, Nueva Caledonia y Guadalupe, donde las demandas de igualdad y mejoras en la calidad de vida se hacen cada vez más fuertes.
Estos empresarios exitosos comparten un factor común: sus antepasados fueron dueños de esclavos. En 1635, Francia colonizó Martinica y otorgó tierras gratuitas a los colonos. La isla vivió más de dos siglos de "economía esclavista", con más del 80% de esclavos en 1789, recuerda el historiador Frédéric Régent. "Heredamos una historia terrible", reconoce De Reynal, quien firmó en 1998, junto a varios centenares de Békés, un texto que denuncia "la inhumanidad de la esclavitud".
Tras la abolición de la esclavitud en 1848, el Estado compensó a todos los propietarios con aproximadamente 400 francos de la época por cada esclavo; sin embargo, los esclavos no recibieron nada. Estas compensaciones a los antiguos propietarios, junto con un "banco colonial" que los apoyaba y una ola de inmigración india para cubrir la demanda de mano de obra, permitieron "perpetuar las estructuras sociales y económicas en torno al orden étnico del sistema esclavista", explica Maël Lavenaire, investigador de la London School of Economics. Según Lavenaire, nacer 'béke' significa, aún hoy, tener más posibilidades de alcanzar la cima social que un afrodescendiente de esclavos.
"Bekelandia"
A ojos de gran parte de la población, esta comunidad privilegiada no se ha mezclado. "Ve a ver a François en Cap-Est", dice Lukombo, un trabajador autónomo, refiriéndose a una zona residencial montañosa y rica donde vive un buen número de Békés. "Es 'békélandia'; no tiene nada que ver con nosotros", añade este hombre de 40 años. "Los Békés no me molestan", asegura Nicole, una mujer negra de 70 años que lamenta la falta de
comunicación con ellos. "El problema es que quizás son demasiado dominantes" y "tienen todas las palancas", afirma la jubilada.
Para De Renal, calificar a los 'Békés' de "aprovechadores" basándose en la presencia de algunos al frente de grandes grupos es caer en una "trampa racista". Fred Constant, profesor de Ciencias Políticas, opina que hay un "fuerte resentimiento" de la población hacia esta clase privilegiada, un sentimiento alimentado por el escándalo de contaminación por clordecona, un pesticida muy tóxico prohibido en Francia en 1990 pero utilizado hasta 1993 en las Antillas Francesas, cuyas plantaciones de plátanos suelen ser propiedad de Békés, a pesar de sus riesgos conocidos para la salud. Este producto provocó una contaminación del subsuelo que durará siglos y una de las tasas más elevadas de incidencia de cáncer de próstata en el mundo.
Disminución acelerada de la población.
Martinica enfrenta, como buena parte del mundo, una bajísima tasa de nacimientos, apenas un 0.5%, y, sumando la mortalidad y los expatriados, se convierte en una tasa negativa del -1.5%. Como Martinica no ofrece suficientes oportunidades, los universitarios y trabajadores especializados migran hacia Francia, la UE y la provincia francófona canadiense de Quebec. También ONGs en África atraen a profesionales como médicos afrodescendientes, ya que estos generan una mayor interacción comunicacional, médico-paciente. La isla pierde entre 3.000 y 4.000 habitantes por año.
Pero familias completas se marchan a la Francia continental, en busca de cualquier trabajo, soportando el racismo de la sociedad gala, quienes los tratan como ciudadanos de segunda clase o extranjeros, aunque en sus pasaportes este estampado "Ciudadano de la República Francesa". El segregacionismo les niega habitar determinados barrios, terminando en complejos de apartamentos en los suburbios caracterizados por el tráfico de drogas y la criminalidad. No todos lo soportan y prefieren regresar a Martinica, a vivir en la pobreza, pero una "pobreza digna" entre los suyos. La sociedad en la isla se basa en un "matriarcado" que abarca una "gran familia", que siempre dan una mano en momentos difíciles.
El líder Rodrigue Petitot, rostro de la revuelta, figura del movimiento contra el alto costo de la vida.
Por su perfil, su uso de las redes sociales y su relativa espontaneidad, el movimiento puede compararse con el de los chalecos amarillos, que pusieron patas arriba a Francia en 2018 y 2019. Sin embargo, a diferencia de los chalecos amarillos, cuenta con un trío de líderes identificables, incluido un tal Rodrigue Petitot, que se ha convertido en el rostro de la revuelta. El hombre, siempre vestido de rojo, está ampliamente desacreditado por el gobierno francés, debido a su pasado como delincuente y sus estancias en prisión. Su discurso es a veces violento. Pero cuenta con el apoyo de los jóvenes y de la población más vulnerable, que se identifica con el personaje y lo ven como una especie de Robin Hood.
A sus 42 años, Rodrigue Petitot se destaca como portavoz de un colectivo ciudadano que no quiere quedarse ahí. Apodado "la R", muy presente sobre el terreno y en las redes sociales, Rodrigue Petitot está en primera línea de las negociaciones en nombre de la Manifestación por la Protección de los Pueblos y Recursos Afrocaribeños.
A sus 42 años, tiene un pasado de delincuente que, según él, es un "trampolín" para luchar contra la injusticia.
Rodrigue Petitot espera unir a otras comunidades de ultramar, además de Martinica, en la lucha contra el elevado coste de la vida. Se convirtió en el rostro de la movilización. No lleva un chaleco amarillo, sino una camiseta roja y, a menudo, también el sombrero de pescador rojo del movimiento ciudadano contra el alto coste de la vida en Martinica. A sus 42 años, Rodrigue Petitot, apodado "la R", está en primera línea de las negociaciones en nombre de la asociación Protección de los Pueblos y Recursos Afrocaribeños (RPPRAC), el colectivo ciudadano que preside. Y él no se rinde. Su credo: ninguna diferencia de precios entre Martinica y Francia continental, y un acuerdo celebrado sobre todos los alimentos, no sólo sobre una canasta básica.
"No podemos darnos el lujo de decirnos que vamos a hacer el trabajo a medias", afirmó hace unos días en su Tik Tok, en el que expresa en voz alta su deseo de movilización, "mano a mano", con también Guadalupe y otras comunidades y territorios de ultramar. Presentado como radical por sus asesinos por feroces las redes sociales y en el terreno. En los bloqueos a los supermercados, desde el inicio de la movilización - recordó a sus tropas "que dejen pasar las (ambulancias) emergencias". Todo quedo registrado en TikTok, desmintiendo a sus críticos.
"La prisión fue un trampolín para luchar contra las injusticias".
Sin embargo, algunos ven en él una figura capaz de incendiar Martinica. Al respecto, una fuente cercana a las actuales negociaciones se lo cita como la figura de un "gángster" al frente de la banda en el popular barrio de Sainte-Thérèse, epicentro de la violencia que sacudió Martinica al margen del movimiento.
Aun así, su ascenso al poder político se está tambaleando y va acompañado de revelaciones sobre su pasado: Rodrigue Petitot tiene en su haber varias condenas, en particular por tráfico de drogas. La última se remonta a 2016. "Me condenaron a diez años. Permanecí encarcelado durante casi cinco años, antes de una modificación de sentencia".
Considera que la prisión fue "un trampolín para luchar contra las injusticias. » "Una cabeza llena, y eso es lo que nos gusta, gente que sabe de lo que habla, que domina su tema y no tiene miedo de pasar al frente", saluda un vecino en el mismo informe oculto. En cuanto a su vida personal, sólo sabemos que Rodrigue Petitot, también domiciliado oficialmente en Colmar, es padre de tres hijos.
El movimiento de protesta, formado por descendientes de esclavos, denuncia este cuasi monopolio y acusa a la patronal de falta de transparencia en los precios, lo que exacerba un viejo resentimiento basado en desigualdades de casi cuatro siglos. Según Silyane Larcher, profesora en la Universidad Northwestern de Chicago y de origen martiniqués, es necesario repensar este modelo económico colonial. "Tenemos que encontrar formas legales para debilitar esta posición monopólica", dice. Pero no cree que reducir los precios desde arriba sea suficiente, sino que se necesita una transformación estructural.
La pregunta es si Francia puede inventar una ciudadanía no colonial.
El escritor martiniqués Raphael Confiant, conocido por su apego a la cultura criolla, también plantea la cuestión de la pertenencia a Francia. Aunque Cidalise-Montaise ya no puede manifestarse activamente, apoya el movimiento y cree que "no hay otro método" para hacerse escuchar. Comparado con los "chalecos amarillos" de Francia, este movimiento cuenta con líderes identificables, incluido Rodrigue Petitot, cuya figura es polémica, pero cuenta con el apoyo de los jóvenes y de la población más vulnerable.
Los comerciantes se defienden.
Para enfrentar el alto coste de vida, la Colectividad Territorial de Martinica aboga por eliminar ciertos derechos marítimos y el IVA en una canasta de 2.500 productos básicos. Aunque estas propuestas podrían reducir precios, también implican una merma en las finanzas públicas. Esto incrementaría la dependencia de subsidios de París, una mala noticia para autonomistas e independentistas.
Divididos.
El PIB regional de Martinica fue de 8.400 millones de euros en 2014, con un per cápita de 22.209 euros, inferior a la media nacional pero inferior a la media de la Francia metropolitana (32.199 euros per cápita). Por ello, Martinica se beneficia de los fondos estructurales que otorga la Unión Europea a las zonas económicas menos favorecidas de la UE.
La economía de Martinica está muy tercerizada. En 2020, los servicios representaron el 84,2% de la riqueza producida, frente al 13,5% de la industria y la construcción, y el 2,3% de la agricultura, la pesca y la acuicultura. La producción industrial tiene su centro en la refinación de petróleo y producción a pequeña escala de ron y agroalimentaria. Es un productor de bananas y piñas, que solo aporta el 1,6% del PBI, pero ocupa 12.000 puestos laborales y es totalmente subvencionados por pertenecer a la Unión Europea como región ultraperiférica, similar a la producción de "Plátano de Canarias".
Las exportaciones de bienes y servicios ascendieron a 1.102 millones de euros (504 millones de euros de mercancías), de los cuales más del 20% fueron productos petrolíferos refinados (refinería SARA situada en la localidad de Le Lamentin), 95,9 millones de euros de productos agrícolas, forestales, piscícolas y acuícolas, 62,4 millones de euros de productos de la industria agroalimentaria y 54,8 millones de euros de otras mercancías (Wikipedia). Importa todo lo demás. Su principal recurso es el turismo, un "turismo de elite", porque nada es barato en Martinica. No se limita al turismo de playas, también a competencias náuticas, montañismo y escalada, especialmente en escarpado norte, una selvática y reserva de la biosfera donde se encuentra el Monte Pele, famoso por su erupción de 1904, que hizo inhabitable la mitad de la isla.
Mas de 6.000 empresas se dedican a ello y el resto es forma parte de una desproporcionada cantidad de funcionarios públicos. Los turistas provienen de Canadá, EE.UU. Y Francia.
Disminución acelerada de la población.
Aunque algunos en Martinica desean la independencia, Francia aplica una amplia política de bienestar social. Aunque con las violentas manifestaciones contra la metrópolis pensemos que los isleños desearían la independencia; estamos equivocados. Francia aplica una amplia política de bienestar social. Gratuidad en todo el sistema de salud de por vida, (inclusive se el paciente debe ser tratado en Francia), la gratuidad de la educación incluso la universitaria, los subsidios a la niñes, al desempleo, a madres solteras, a grupos familiares de menores ingresos. ¿quién renunciaría a todo esto?
Reformas económicas de largo plazo.
Descentralización y autonomía fiscal.
Permitir mayor control fiscal ayudaría a Martinica a atender problemas específicos de la isla. Un sistema descentralizado permitiría respuestas más ágiles a las necesidades de su población. También debería abrirse de la Unión Europea buscando. Nuevos socios comerciales Martinica podrían diversificar sus
Descentralización y Autonomía Fiscal.
Permitir que Martinica tenga un mayor control sobre sus políticas fiscales y económicas podría ayudar a abordar problemas específicos de la isla. Un sistema descentralizado permitiría que las autoridades locales respondan de manera más ágil y efectiva a las necesidades de su población.
La Constitución francesa, en sus artículos 73 y 74, establece caminos para lograr mayor autonomía e, incluso, la independencia mediante referéndum. Pero la gente de Martinica ha rechazado por un 79,3% en contra. Desde 2015 paso de ser una Región y Departamento de Ultramar a una más simplificada de Colectividad Territorial y Región Ultraperiférica de la Unión Europea. Un cambio cosmético más que autonomista.
Nuevos socios comerciales.
No todos las Posesiones Franceses de Ultramar están condicionados a lazos económicos con la Unión Europea. Las islas del Pacifico Frances Nueva Caledonia, Polinesia están más vinculadas a las economías China, Sudeste Asiático o Australiana. Están en las antípodas de la metrópolis. Igualmente, las pequeñas islas de Saint-Pierre y Miquelón, enclavadas en territorio canadienses y en una economía canadiense. El dilema para Martinica es arriesgarse a una economía abierta...o seguir dependiendo de ubre de la Madre Francia.
Michael Mansilla
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