Mirar a la derecha no alcanza: La izquierda también debe mirarse a sí misma. Gerardo Amengual
22.09.2026
Quedarnos solamente en las causas del avance de las derechas puede impedirnos formular la pregunta más incómoda: ¿qué errores cometieron las izquierdas para que el enojo, la frustración y la incertidumbre encontraran otros intérpretes?
El crecimiento de diferentes expresiones de derecha en buena parte del mundo constituye una realidad política que las izquierdas necesitan analizar. Pero existe un riesgo: si toda nuestra explicación se concentra en sus discursos, liderazgos y estrategias para aprovechar el miedo y la frustración, podemos terminar construyendo una explicación que nos exima de revisar nuestros propios errores.
Quizás la pregunta más importante no sea solamente por qué avanzan las derechas, sino por qué una parte de la sociedad dejó de encontrarnos a nosotros como intérpretes de sus enojos, sus frustraciones y sus esperanzas.
El enojo existe antes de que alguien lo capitalice
Las derechas no inventaron todos los problemas que preocupan a nuestras sociedades. Los bajos salarios, la desigualdad, la inseguridad, las dificultades de acceso a la vivienda, la incertidumbre de los jóvenes, las transformaciones del trabajo y el miedo frente al futuro son problemas reales.
También es real la sensación de que la política muchas veces habla de asuntos diferentes de aquellos que preocupan cotidianamente a las personas. Después aparece quien interpreta ese malestar.
Distintas expresiones de derecha han demostrado una gran capacidad para transformar problemas complejos en mensajes simples: encuentran responsables, construyen adversarios y ofrecen respuestas aparentemente inmediatas mediante un lenguaje sencillo, emocional y directo. Podemos cuestionar esas respuestas, pero sería un error no preguntarnos por qué encuentran receptividad.
La simplificación como herramienta política
Vivimos una época paradójica. Nunca tuvimos acceso a tanta información y, sin embargo, buena parte de la comunicación política parece construirse con menos palabras: una frase, una imagen, una provocación, un insulto, un enemigo.
La complejidad tiene enormes dificultades para competir con la simplificación. Allí las izquierdas enfrentamos otro desafío: comprender un mundo complejo no significa hablar de manera incomprensible.
Hablar claro no es renunciar a las ideas ni adoptar la agresividad como método. Significa recuperar la capacidad de explicar qué queremos transformar, por qué y, fundamentalmente, cómo esa transformación puede mejorar concretamente la vida de las personas.
Un mundo donde la paz parece haber dejado de ser noticia
El contexto internacional tampoco ayuda. Gaza y el sufrimiento del pueblo palestino, la guerra entre Rusia y Ucrania, las tensiones alrededor de Venezuela, la prolongada confrontación entre Estados Unidos y Cuba y otros conflictos muestran un escenario en el que la fuerza vuelve a ocupar un espacio central.
Parecería que la paz dejó de ser noticia. La guerra, la confrontación y la provocación generan titulares y audiencias. Esa lógica también penetra en la política: el adversario empieza a ser considerado enemigo y quien piensa diferente pasa de ser alguien con quien discutir a alguien a quien desacreditar.
Pero señalar esos problemas no alcanza. Denunciar la intolerancia, las guerras, las desigualdades o a las derechas no necesariamente transforma ni recupera la confianza de quien dejó de sentirse representado.
La pregunta que las izquierdas deben hacerse
La izquierda debería formularse preguntas más difíciles. ¿Seguimos suficientemente cerca del mundo del trabajo? ¿Comprendemos al trabajador de las plataformas digitales, al pequeño comerciante, al emprendedor, al trabajador informal y a quien teme perder su empleo por los cambios tecnológicos?
¿Entendemos la angustia de una familia que trabaja y aun así tiene dificultades para llegar a fin de mes? ¿Escuchamos a los jóvenes que sienten que estudiar y trabajar ya no garantiza acceder a una vivienda o construir un proyecto de vida? ¿Somos capaces de hablar de seguridad sin abandonar nuestros principios?
Y una pregunta todavía más incómoda: ¿seguimos siendo percibidos como una fuerza transformadora o corremos el riesgo de ser vistos simplemente como administradores de lo existente?
No hay una única respuesta. Pero evitarlas sería mucho más grave que discutirlas.
Uruguay no está fuera del mundo
Uruguay posee fortalezas democráticas que debemos preservar. Incluso en un contexto latinoamericano de fuerte desconfianza hacia los partidos, Latinobarómetro 2024 ubicó a Uruguay con el mayor nivel de confianza partidaria de la región: 36%.
Eso es un activo, pero no debería convertirse en una excusa para la complacencia. También convivimos con problemas sociales que interpelan directamente a cualquier proyecto de izquierda. La medición oficial correspondiente a 2025 estimó que el 16,6% de las personas se encontraba bajo la línea de pobreza.
Detrás de cualquier porcentaje hay personas. Y allí empieza la política.
El desafío particular del Frente Amplio
El Frente Amplio volvió al gobierno nacional después de las elecciones de 2024, con Yamandú Orsi encabezando la fórmula junto a Carolina Cosse.
Gobernar implica responsabilidad, prudencia y administrar restricciones. Pero una fuerza de izquierda enfrenta además otro desafío: gobernar sin perder su capacidad transformadora.
No alcanza con administrar correctamente ni con evitar retrocesos. Una fuerza política de izquierda necesita que la sociedad comprenda hacia dónde pretende conducir al país. Tiene que existir un horizonte, y ese horizonte debe sentirse en la vida cotidiana.
¿Cómo combinar responsabilidad de gobierno con transformación? ¿Cómo preservar los equilibrios económicos sin resignar las prioridades sociales? ¿Cómo promover inversión y crecimiento y lograr que sus resultados lleguen a quienes más los necesitan?
La pobreza infantil, el empleo, los salarios, las jubilaciones, las oportunidades para los jóvenes, el cuidado de los adultos mayores, la igualdad de género y la lucha contra toda discriminación no pueden ser solamente capítulos de un programa: deben expresar el sentido de una transformación.
Cuando administrar sustituye a transformar
Existe un peligro para cualquier fuerza progresista cuando llega al gobierno: acostumbrarse a gestionar aquello que alguna vez quiso transformar.
El Estado tiene tiempos, la economía tiene restricciones, la institucionalidad impone procedimientos y la realidad internacional establece límites. Todo eso existe. Pero también existe la política.
Una izquierda puede comprender las restricciones sin resignarse a ellas. Puede gobernar responsablemente y, al mismo tiempo, intentar ampliar los límites de lo posible.
De lo contrario puede ocurrir algo especialmente peligroso: que sectores que históricamente encontraron esperanza en la izquierda comiencen a buscar respuestas en otros lugares.
No regalar el enojo
La izquierda no debería regalarle el enojo a la derecha. Indignarse frente a la desigualdad, rebelarse frente a la injusticia, cuestionar privilegios y exigir que la política escuche a quienes están abajo forman parte de la tradición histórica de las izquierdas.
Si el enojo existe, la respuesta no debería ser condenarlo. Deberíamos comprenderlo, escucharlo y transformarlo.
Durante buena parte de su historia, las izquierdas consiguieron transformar necesidades individuales en esperanzas colectivas. Hoy vivimos sociedades mucho más fragmentadas y reconstruir un proyecto común probablemente sea uno de los mayores desafíos de la izquierda del siglo XXI.
La autocrítica también es de izquierda
Revisar nuestros errores no significa renunciar a nuestros principios. Significa preguntarnos cómo volver a hacerlos relevantes para nuestro tiempo.
La igualdad, la justicia social, la libertad, la solidaridad, los derechos humanos y la paz continúan siendo valores imprescindibles. Pero ningún valor se sostiene políticamente solamente porque nosotros estemos convencidos de su importancia. Necesitamos que vuelva a formar parte de una esperanza colectiva.
Por eso, frente al avance de distintas expresiones de derecha, la peor respuesta sería limitarnos a preguntar: ¿qué les pasa a ellos?
Quizás haya llegado el momento de formular una pregunta bastante más difícil: ¿qué nos pasó a nosotros?
Y después una todavía más importante: ¿qué tenemos que cambiar para volver a representar la esperanza de quienes esperan que la política transforme sus vidas?
Una izquierda que solamente explica el avance de la derecha mira hacia afuera. Una izquierda que comprende sus propios errores puede empezar nuevamente a transformar la realidad.
Gerardo Amengual es integrante de la Dirección Nacional de SER, lista 141 - Frente Amplio.
Referencias de contexto: Latinobarómetro, Informe 2024; Instituto Nacional de Estadística, estimación de pobreza 2025; Corte Electoral, Elecciones Nacionales 2024.
Foto: Mauricio Zina / adhocFOTOS
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias