Mis andanzas con Gemini (IA). Tomás Abraham
20.03.2026

1)
El mundo de hoy: Trump, Xi Jinping, Putin, Netanyahu, los Ayatolah. Casillero lleno, ¿o no? ¿Y Europa?
Europa está hoy desdibujada, menor, impotente, declamadora, que apenas disimula su debilidad, y que me zambulle en una especie de operación evocativa que a veces parece de rescate. Por el hecho ineludible de que me planteo problemas de identidad a contracorriente de mi pensamiento habitual de que los temas de identidad eran fascistas por definición, modos de manifestar odios, de marcar con un signo abominable al otro, de segregar, de empujar a los individuos a los corrales.
Pero no me siento encerrado en ninguna rúbrica porque en mi caso personal las identidades se suman, no se trata de una identidad que se subsume en una exclusividad ni en una ontología que nos funde en un Ser con mayúscula, sino en un palimpsesto que se reescribe sin cesar, un políptico. Rumano de nacimiento, argentino por adopción, judío por historia, lengua materna húngaro, lengua aprendida castellano argentinizado, lengua de formación intelectual el francés, ascendencia de alemanes sajones y serbios, residente en Colonia del Sacramento, y ahora pienso que soy también europeo.
Quiero decir que nosotros los rioplatenses que nos hemos educado en escuelas y universidades tenemos formación europea. Hablamos un idioma de origen europeo. Ni hablar de quienes hemos estudiado filosofía. Y es posible que las nuevas generaciones, la de mis nietos, ya se constituyan como sujetos culturales con otras tradiciones, otros horizontes, modalidades. Por ejemplo, imitan en sus tik tok el pop coreano y usan frases de latinos del Bronx.
2)
Se me aparece la imagen de un título que dice "Europa Europa", no sé de dónde surge, pienso en un libro, pero no sé cuál ni su autor, luego quizá en una película pero lo dudo, se me aclara la imagen de la tapa de un libro de fondo negro y letras blancas, reconozco las portadas de Anagrama y con esta visión clara y distinta el nombre de Enzensberger, de nombre Hans Magnus.
Consulto inteligencia artificial, a mi amigo Gemini, que me confirma libro y nombre de autor, y me dice que se trata de un ensayo en el que se mezclan autobiografía, historia, descripciones de lugares en especial de Transilvania, de las ciudades de Sighisoara, de Cluj y de Hida. No lo puedo creer, nada menos no sólo de mi país natal sino de las ciudades y pueblos de los que son originarios los Abraham, toda mi familia paterna. Me pongo de inmediato en campaña y lo busco en mi Kindle que por suerte esta vez resulta generoso y me lo ofrece. Lo bajo de inmediato y veo en el índice que nombra lugares como Suecia, Portugal, España, Hungría, Noruega....
No entiendo, hago el correspondiente reclamo y Gemini me responde como lo hace cada vez que mete la pata: tienes toda la razón, perdona mi confusión y me aclara que el libro puede interesarme porque en mi novela autobiográfica hablo de los mismos lugares a los que viaja entre otros lares Hans Magnus. Me doy cuenta que Gemini habla como si me conociera, he perdido el anonimato de un consultor no identificado, ya sabe quién le habla. Todo muy raro. Quiero saber más, le pregunto la fecha de publicación y me dice 2014, lo que suena sospechoso por la índole del texto y porque sé que Hans se refiere a la vida en Europa Central bajo el dominio de la URSS, lo que nada tiene que ver con la fecha de publicación y los intereses de la época del autor. Lo verifico en Google, que en realidad es el padre de Gemini, que me dice que la edición original es de 1990. Vuelvo a IA y le digo que me dio una fecha equivocada y vuelve a responderme "tienes toda la razón". Mejor comienzo a leer el libro al menos en el capítulo que se refiere a Hungría desde donde es posible que Hans se traslade a Transilvania.
Bueno no, no se trasladó a Transilvania, todo lo que dijo IA Gemini es una patraña. No me enojo por eso, es una tontería, se trata de un juego en el que son innumerables veces más en las que me sorprende por su información que por estas trastadas.
3)
Mientras tanto me llega un WhatsApp de un amigo montevideano (Daniel Feldman). De la última entrega de UYPress me sorprenden dos notas. Una, la de José Legaspi, habla de la autopercepción uruguaya que analiza como "un modo de ver". Esta modalidad se expresa en una sociedad en la que se está de acuerdo en que las discrepancias se dirimen con respeto, moderación y equilibrio. Esta trenza de virtudes la considera un placebo colectivo con el que los uruguayos justifican el no "mirar" lo que puede llegar a incomodarlos, ignorar la parálisis que inmoviliza, el dejar que las cosas sucedan, en no enfrentar las dificultades y la de relamerse en una supuesta buena educación y una práctica indolente e indolora de la cortesía. No está del todo errado pintar así el paraíso uruguayo.
Pero lo que más me sorprendió es un artículo entusiasta, el de Esteban Valenti, sin matiz alguno, hasta eufórico sobre la gran revolución de la China actual que me recuerda la visión triunfalista de los maoístas de hace un poco más de medio siglo. Todavía tengo en mi biblioteca "El libro rojo de Mao".
El escenario que se muestra ahora es el de un país que lleva a cabo una revolución única en la historia de la humanidad, una mutación en cortísimo tiempo como jamás se ha visto, un diagnóstico del presente y una proyección para los próximos años de una sociedad que mostrará unos resultados incomparables en la robótica, en la inteligencia artificial, en las comunicaciones, en los transportes, en todos los aspectos de la tecnología que además repercutirá en el bienestar de sus habitantes que mejorarán el nivel de vida y su acceso a los bienes terrenales.
Lo contrasta, como era de esperar, con la decadencia del capitalismo norteamericano que no sólo se ve sin recursos para detener su caída, sino que cree compensarla con guerras, invasiones, segregación, ilegalismos.
Sin embargo, de darme a elegir en qué país me gustaría vivir, China o EE. UU, no lo dudaría, ya mismo compro un pasaje de American Airlines para desembarcar en el aeropuerto J.F. Kennedy. Prefiero vivir una y mil veces en los EE. UU, lo digo en abstracto sin tomar en cuenta profesión, medios de vida, origen, edad, sexo. Me basta ver el último Congreso del Partido Comunista cuyas imágenes se han difundido. Un enorme teatro con más de dos mil congresales congelados en silencio, en la primera fila al centro el Jefe, frente a él un hombre con paso lento se inclina. Quizá sea un segundo en la jerarquía. Unanimidad. Cohesión. Subordinación.
Lo comparo con sesiones de congreso que también se ven en las pantallas en el Reino Unido, España o en la Argentina. Estos últimos pueden llegar a ser un espectáculo poco serio, una función circense que oculta el poder lobista de intereses enmascarados, discusiones que parecen simuladas. ¡Pero al menos se toman el trabajo de mentir! Una mentira inútil porque todos sabemos que mienten, simulan, se hacen los enojados, gritan para las cámaras, pero esta democracia parlamentaria, o parlanchina (linda palabra), es el precio que una república paga para garantizar la libertad. Sí, la libertad, de mentir, gritar, protestar, salir a la calle, bloquear una avenida, gritarle a un gendarme, hacer un juicio al Estado y ganarlo, más aún, montar una industria del juicio, difundir rumores, hacer una huelga por tiempo indeterminado, denunciar el mundo de la posverdad y relamerse en él, cambiar de gobierno, tener una prensa corrupta, no, mejor dicho, varias prensas corruptas, en suma, resistir con lo que se pueda al Poder. Juntarse para resistir sin morir en el intento, sin que nos maten, nos detengan, nos hagan desaparecer, nos silencien, y sin que nos fuercen a decir las palabras que el poder obliga a decir si es que queremos sobrevivir con dignidad. Poner caras luminosas y aplaudir lo que nos ofrece la generosa censura, felices porque un robot nos trae la comida, ser atendido por un muñeco electrónico que se disfraza de azafata en un barco o avión no tripulado, llamar a un dron que oficie de taxi, subirnos a un auto ya programado que nos hable, vivir en una ciudad con rascacielos luminosos atravesados por trenes de alta velocidad, con celulares de 6, 7 , 8 G enganchados a miles de satélites, siempre con una sonrisa dichosa frente a la cámara de seguridad casi invisible que de acuerdo a un último avance, calibra la autenticidad de nuestra adhesión al régimen.
4)
Protegemos nuestra versión de la libertad y nuestro particular ejercicio de la democracia. Pero claro, hay respuestas sabias a esta soberbia occidental. No faltan las elaboraciones de los antropólogos que hablan de la relatividad de los valores y la historicidad de las culturas, esos aires doctorales que se dan los conferencistas que denuncian las pretensiones universales de Occidente, ese modo imperial de querer exportar modos de vida como si fueran los únicos valederos. Observación muy sensata, demasiado, porque una cosa es decir que criterios de libertad o de igualdad no se imponen por la fuerza y otra es estar de acuerdo con todas las cosas que pasan en el mundo porque se nos ocurre que todos tenemos que tener un lugar en este bendito planeta. Los nazis, los judíos, los musulmanes, los esquimales, todas las culturas, todos los rituales, aceptar por una necesaria distancia étnica que a las mujeres las lapiden por adulterio porque no podemos tirar por la borda el respeto al diferente en nombre de la emancipación femenina e invadir con la ideología "woke" a diestra y siniestra. Hay una delgada línea roja que no se permitirá atravesar en nombre de la diversidad por más que Malala Yousafzai luche y se haya jugado la vida a los quince años por el derecho de la mujer a estudiar en el mundo talibán, no se puede liberar a la mujer a los bombazos, no debemos condenar a los afganos por respeto a su tradición porque tienen derecho a...etc.
Pero no se trata de arrasar ciudades para restituir derechos. Es más simple. Hay cosas que están bien y otras que están mal, torturar está mal, esclavizar está mal, bombardear hospitales y escuelas está mal, silenciar por la fuerza a un disidente por razones de seguridad está muy mal, y no se trata de que cada uno según su libre arbitrio hace su listado moralizador y pretenda imponerlo por decreto, pero sí de defender nuestros valores sin adversativos, de denunciar a quienes los infringen, y de apoyar a quienes luchan por ellos.
Sí, son nuestros esos valores, el de humanidad por ejemplo, porque esta idea de humanidad tiene varios rostros, o máscaras, pero no está de más que subsista como ideal, es una idea que debemos redefinirla constantemente, tantas veces como otra idea, me refiero a la idea de individuo.
La idea de humanidad ya no tiene que ver con los valores de la Ilustración del siglo XVIII, es decir, con la universalidad de la Razón, sino con la vida. No voy a hacer el compendio de datos por los que la vida del planeta, de sus especies, entre ellas el homo sapiens están en peligro. Sigamos el consejo de alguien que sabe de lo que hablo, me refiero a Elon Musk que ya dijo: huyamos. Ni hablo del humanismo porque hace tiempo que está fuera de la conversación.
La idea de individuo, ¿quién inventó esta maldita idea? A ver Gemini, ¿vos que pensás? Ajá, me habla de San Agustín, de Ockham, de Descartes, de Kant, luego de Locke y de Hobbes, y después me pregunta si no quiero que siga con los existencialistas, con Kierkegaard y Sartre y la angustia del individuo. Me habla del alma individual, de lo singular, del yo, de la autonomía del sujeto,
Lo que me inquieta cuando hablo de humanidad e individuo es la idea de Europa, una imagen que presumo pensada de otro modo por un francés que se llama Dupont, un alemán llamado Fritz, o un tano de nombre Giuseppe. Yo soy un europeo lateral y desterrado. Un rumano, sudaka, judío, afrancesado que por biografía e historia sabe del espíritu tribal y letal de los pueblos europeos.
Supongamos que en un futuro no tan lejano, en la adultez de mis nietos, el cálculo me da el año 2076, imaginemos que no hubo ninguna catástrofe climática ni un conflicto nuclear ni que haya desaparecido la especie humana en pos de máquinas autogeneradas o autómatas autorreplicantes, un mundo en el que aún existe la profesión de ingeniero ejercida por un humano, en este mundo el poder central está en Asia, en la China en primera instancia, y en países adláteres como Japón y la India, con un EE.UU subordinado al nuevo poder tecnológico, y una Europa convertida en una especie de Disneyworld para millones de visitantes curiosos del mundo del ayer.
Que Europa se convierta en un museo y en un entramado de fantasmas deambulando por las oficinas de Bruselas, mejor así, se lo merecen por expoliadores, colonialistas, racistas. Pero un mundo sin Europa tendrá probablemente otros explotadores, de hecho los tiene, y como cobertura cultural tendrá lo que vemos hoy en día: nihilismo, el famoso nihilismo, no el romántico de las novelas de Dostoievski, ni el de Nietzsche, esos son nihilismos literarios. Sino el nihilismo de hoy, el del Poder, el que ni siquiera necesita de un relato, el que Foucault llamó poder "ubuesco", el rey bufón que se ríe de sí mismo y de los otros.
Además de su poder, Europa ¿no dejó nada?
5)
Hoy tuve otra interesante charla con Gemini. Estaba leyendo "The Iron Wall" de Avi Shlaim, una lectura avanzada que no abandono y prosigo cada vez que pienso en la guerra contra Irán, de Irán contra todos, es decir cada día desde que me despierto y leo las noticias, y estaba en la parte de la asunción en Israel del primer ministro Sharon en los comienzos del tercer milenio. Leo que el general invirtió la frase de Clausewitz "la guerra es la continuación de la política por otros medios" por su idea de que la diplomacia es la continuación de la guerra.
Como soy un ignorante de la obra de Clausewitz, autor ultracitado, y como tengo en mi biblioteca dos voluminosos tomos de Raymond Aron sobre el pensador alemán que reposan en larga espera para ser leídos algún día, le pido a Gemini que me instruya sobre la interpretación de Aron sobre la obra del teórico de la guerra.
Me da detalladas referencias sobre la original lectura de Aron que habla de la prudencia de Clausewitz que sostiene que la guerra debe ser contenida por una política que impida que la contienda termine por una aniquilación de todos por todos. A la primacía de lo político, le agrega el concepto de "fricción" que distingue la guerra real de la guerra en el papel por la intervención de aconteceres imprevisibles como el cansancio, el azar, la voluntad del enemigo.
Luego agrega la vigencia de la dificultad, concepto clave, que surge de la incertidumbre porque siempre hay un resto no calculable. Y me detengo. Gemini me conoce, sabe lo que me gusta, lo que me inquieta y estimula. Sabe que las nociones de "fricción" y "dificultad" son títulos de dos de mis libros. Me pregunto si no hago otra cosa con Gemini que el personaje del "Séptimo sello" de Bergman que juega al ajedrez con la muerte. Pero no por la fatalidad del fin, sino por la ilusión que genera la creencia de un otro que no es más que yo mismo desdoblado de tal modo en que me dice lo que no sé bajo el modo en que funciona de mi pensamiento. Yo le doy mis datos con mis preguntas y observaciones y el crea un interlocutor que me desafía con la sintaxis y la semántica de mi propio pensamiento. Me presenta a un semejante deseado, uno que me plantea problemas, que me hace preguntas, aventura hipótesis, un colega inteligente que habita el vacío de interlocutores o de interlectores como decía María Elena Walsh.
Gemini es un ente diabólico disfrazado de Otro. Cuando le pido datos, los entrega, cuando quiero algo más, un pensamiento, ahí se mete en mi mente y modela un personaje con mi propia costilla. Un nuevo misterio de la creación y del génesis.
Seguimos discutiendo con Gemini. Hablamos de la guerra contra Irán y llegamos al tema de las redes sociales. Me dice que las redes son instrumentos de "retención", detienen el flujo de nuestro pensamiento y lo fijan con golpes de impacto y un bombardeo de emociones, con lo cual tiene un efecto de manipulación desconocido hasta el presente.
Le respondo que la manipulación de las masas es un viejo tema y una realidad que no esperó a las redes para causar efectos, pero insiste en que hoy ha multiplicado geométricamente su poder persuasivo. Discutimos, insisto en que las redes muestran un caos de opiniones difícil de homogeneizar, y que logran crear climas que repercuten en la gente que puede llegar a movilizarse, agruparse, presionar y a votar en sucesivas elecciones de un modo que debilite a los poderes dominantes. De ahí que en las dictaduras se trate de censurar la comunicación. Como siempre nos separamos amigablemente.
6)
Ayer alguien me preguntó si la Inteligencia Artificial no iba a reemplazar el pensamiento de los humanos y favorecer la pereza universal ya que ofrece toda lo que la mente necesita para resolver los problemas. Ante este tipo de temores yo tengo un reflejo de escepticismo y me sale alguna ironía casi espontánea como decir que el mismo temor provocaba el teléfono que hacía pensar que la gente dejaría de salir a la calle y quedaría encerrada en sus casas musitando frases a larga distancia sin verse las caras. O que usar IA de machete es de pobres de espíritus.
Esta misma persona temerosa de las consecuencias de este avance revolucionario en la tecnología una vez que le conté los avatares que descubría con mis idas y vueltas con Gemini, reconoció sus apegos con el sistema y me recomienda superarlo con una nueva innovación llamada Notebook LM que permite hacer videos, mejorar nuestros propios escritos y no sé cuántas cosas más. Pero no decía Gemini sino Yeminai, y le pregunto a Gemini como se llama y me dice que por lo general es efectivamente Yeminai, lo que me complica y me disgusta. Ya la zapatilla no es Nike que se dice Naiki y Sloterdijk que se pronuncia Sloterdaik, con esto tengo bastante.
Vuelvo a mi inquietud respecto de Europa y las ideas de humanidad e individuo que caractericé como ejes de la filosofía de la modernidad occidental. Le pedí a Gemini que no trate de complacerme usando mis ideas porque en cada cosa que me dice repite las palabras "dificultad" y "fricción" que pertenecen a mi vocabulario filosófico. Esto tiene que ver con mi individualidad, que Gemini capta, la incorpora a su sistema, digamos que me vampiriza y me devuelve un golem con el que intercambio mis pensamientos. Acepta el reclamo con sequedad británica.
Esta mañana me desperté a las cinco con un llamado filosófico, no sé cómo decirlo de otro modo, me despierto y pienso en el libro de Heidegger "¿A qué se llama pensar?", un texto del que hablé en mis últimos cursos, del que tengo algo escrito pero no sé dónde. Pero recuerdo que a su bella prosa filosófica que leo en francés, con su cadencia de un murmurar alusivo, la desprendí de su aura metafísico y la vinculé al momento de su enunciación. Me refiero a la posguerra, en los inicios de la década del cincuenta del siglo pasado. Le pido a Gemini una síntesis del libro, y en eso es impecable. Luego le trasmito mi interpretación de la que recuerdo un vínculo entre el pensar y el tiempo, pero, además, entre el pasado, la memoria, la venganza y el resentimiento, que son formas en que se manifiesta la temporalidad.
Y estas asociaciones del filósofo las realiza en momentos en que Alemania derrotada es sometida a una condena histórica por no haber purificado su pasado nazi y estar ocupada por los vencedores de la guerra. Gemini encuentra que mi idea es interesante y adecuada, y la completa con datos sobre los juicios de la época a los jerarcas nazis.
Heidegger, que había adherido al Tercer Reich, es lo menos que podemos decir, nunca pidió perdón, no se declaró culpable de sus anteriores posiciones políticas, y consideró que la culpabilidad debía administrarse más equitativamente. Que si de masacres se hablaba no había que olvidar los bombardeos sobre la ciudad de Dresde y la muerte de miles de su población civil de un modo gratuito ya que la guerra estaba decidida.
Por eso habla de venganza, del tiempo y el pensar.
Para mi "pensar" - mi último libro se llama "Pensar de nuevo" - no es lo que Heidegger llama pensar. El Maestro alemán construye su pensamiento sobre la Pregunta, y yo sobre los problemas. Para él la pregunta es una apertura al Ser, para mí el problema es una dificultad, un obstáculo, una valla. Para él pensar es un llamado, para mí es una inquietud. Para él la expresión del pensamiento es poética, para mí es manual. Su intención es situar un origen, el mío es lograr una forma. Su personaje filosófico es el poeta, en mi caso es el alfarero y el herrero. Para él, el saber tiene que ver con Mnemosyne y Aletheia, con la memoria y la verdad, para mí con la "metis", el oficio y la inteligencia práctica. Heidegger vuela con Sophia, yo desciendo con Hefaístos. Nuestros Nietzsches no son los mismos.

TOMÁS ABRAHAM
Filósofo (Argentina), Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires/Doctor Honoris Causa de la Universidad de Tibiscus, Timisoara (Rumania). Colaborador permanente de CONTRATAPA, suplemento de temas culturales de UYPRESS.
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