Murió María, una Viuda Roja. Esteban Valenti

22.10.2026

Me enteré por casualidad, a través del celular, en alguna red: murió María Sobodka, una de las viudas rojas de mi novela más vendida.

Le guardo un cariño enorme a María y, en otro plano, a esa historia; fue, además, mi primera novela, editada en español y en italiano.

Cuando hicimos el lanzamiento, ella,que nunca había sido «roja», sino una víctima temprana de la Segunda Guerra Mundial, vino desde su Austria natal para estar presente. Una parte del libro estaba dedicada a su peripecia, a la de su hermano menor y a la de su padre.

Siempre la recordaré por su dulzura, por su sensibilidad y por esa capacidad de transmitirnos a todos el eco tremendo de las heridas familiares en aquellos años de tormenta y miedo, sin perder jamás la sonrisa. Era una viuda roja particular, única. La última vez nos vimos en Padova, junto a su compañero de entonces, Jorge, yo estaba con Selva que ella si es una viuda bien roja. Hoy me parte el alma saber que no la veré nunca más.

Voy a reproducir las partes de la novela donde aparece María. Son muchos años de vida y las páginas de un libro lejano que, al releerlas para rescatarla, me vuelven a quebrar por dentro.

Capítulo 6: «María» (Capítulo completo dedicado a ella)

Por la ventanilla del tren que corría a pocos cientos de metros de la costa, María Franki divisaba ya los primeros bañistas, los hoteles con sus galas veraniegas, sus paredes blancas y sus toldos multicolores, y los pueblos sobre el Atlántico, que se desperezaban del largo invierno. Viajaba para encontrarse con Luis en Sagres. Podía decirse que estaba feliz, que ese verano había encontrado el equilibrio y las ganas para intentar construir una nueva relación.

Salía de Lisboa, de las horas pequeñas de la noche en la redacción del diario, corrigiendo a periodistas los errores ortográficos y gramaticales, aunque los que le dolían eran los otros. No podía evitarlo, no se contentaba con corregir estilo y ortografía, sino que leía ideas, crónicas del mundo y, en particular, del mundo luso, de esa difusa región donde Portugal no era únicamente el pequeño territorio europeo y sus islas en el Atlántico, sino también sus ex colonias, esas cinco perlas negras, ahora agrupadas en una sigla de sociedad anónima: el palop (países de habla portuguesa).

Apoyada sobre el marco de la ventanilla, miraba despreocupada el litoral en ese viaje hacia la costa de Algarve en el mes de junio, cuando todavía la avalancha de turistas no había desembarcado desde media Europa del norte, con sus fríos y nieblas a cuestas. Tras el vidrio del tren corría el paisaje y el tiempo, ese tiempo que le había costado tanto recuperar.

En su única valija, además de ropas veraniegas, de la solera que hacía años no utilizaba -demasiado osada y colorida para su edad, según le dijo su hermano al despedirla-, llevaba los libros para las tres semanas de vacaciones. Sus libros de poesías y de cocina. Así, sin intermedios, sus pasiones extremas. Pan y lírica. Con Luis habían compartido muchas horas de trabajo juntos en la redacción, noches de insomnio en los bares de la Avenida da Liberdade y hasta desayunos madrugadores en el café Brasil. Pero también se habían encontrado en el terreno de la poesía, principalmente de la poesía africana y en especial de Angola. De esa forma de expresión literaria pero a su vez política y de lucha que había transformado el lirismo en una potente arma anti colonialista y liberadora. Los dos habían sangrado de las mismas heridas y frustraciones sobre el pasado, aunque venían de experiencias diferentes. Siempre como colegas y amigos recorrieron breves trechos de la ciudad, casi delimitados y circunscriptos a esa nocturnidad que constituía el entorno de su trabajo. Hasta que Luis se separó de su esposa, de su compañera de toda la vida, y con María -y luego de muchos tristes cafés bebidos en un silencio acompañado- se sumaron también a un desafío gastronómico con otros colegas del diario.

Fue cocinando y compitiendo con recetas del principal amigo culinario de los portugueses -el bacalao-, y descorchando vinos del Alentejo en la casa del jefe de la sección internacional del diario, que conocieron la otra parte del alma de cada uno. Y se fueron dejando llevar; a sus cincuenta años bien cumplidos se dejaron arrastrar a un amor sereno y respetuoso, tratando de llenar soledades y vacíos como un bálsamo para sus heridas. Hacía casi un año que se habían ido a vivir juntos. Y María estaba radiante aquella mañana de julio, cuando el tren llegó a la estación y en el andén de Faro estaba Luis agitando unas llaves como una bandera de triunfo. Había conseguido un pequeño apartamentito de dos ambientes y cocina a pocos metros del mar y al alcance de sus recursos. Escondía con pudor detrás de su espalda un ramito de flores multicolores. Se besaron como hacía tiempo que ninguno de los dos lo hacía, como adolescentes, con la pasión de un amor prohibido. Se fueron caminando de la mano hasta el Citroen 2cv con el que Luis se había adelantado para buscar alojamiento y había demorado varias horas en recorrer la ruta, impulsado por su asmático motor.

Sentados en el pequeño balcón con geranios rojos y dos sillas de paja y madera pintadas de verde, dejaron caer la tarde, con el tiempo escurriéndose a lo largo de la estrecha calle que a unos cientos de metros terminaba en el mar, hambrientos de aquel aire salado y límpido. Esa era precisamente la hora en que la redacción, allá lejos, se ponía caliente; comenzaban a llover los despachos editados y a cerrarse las primeras páginas. Qué distante parecía todo aquello. Casi tan remoto como el pasado de María, sus viajes clandestinos a Angola durante la guerra por la independencia, con aquellos mensajes camuflados en lugares inverosímiles de su equipaje. Habían pasado más de tres décadas desde entonces.

María nació en Viena; era náufrago de la guerra, la habían enviado a sobrevivir, a comer a Lisboa. A salvarse del desastre en un continente gris de guerra y de miseria. Y allí encontró su familia y, lentamente, fue dejando atrás las ruinas de Viena y el viaje increíble de su padre, en bicicleta desde su Austria natal hasta la frontera entre España y Portugal, para encontrarse con su hija de apenas cinco años.

Ella creció evocando ese encuentro, cada día más descolorido en su memoria y en sus afectos. Cada tanto la asaltaban los recuerdos de los relatos, más que de la realidad difusa y casi olvidada. Los cuentos de su hermano postizo -con quien formó parte de su familia portuguesa-, que le había narrado el viaje en un destartalado autobús desde el internado hasta el campo cercado de alambre en la frontera, y le había hablado sobre aquel hombre fuerte y quemado por los soles de media Europa, que había recorrido miles de kilómetros en bicicleta para abrazar y acariciar a su María.

Su padre se perdió en las nieblas de la post guerra.

La joven austríaca creció en Lisboa, en el Portugal de Salazar y luego de Caetano, un país oprimido por una dictadura, pero además apagado en su espíritu, su arte, sus fervores, por uno de los regímenes más burros y burdos de Europa. Allí se hizo roja, en la clandestinidad de las reuniones estudiantiles, en las conspiraciones de la distribución de la prensa del partido, en el miedo y el odio a la pide (la policía secreta del régimen) y en su compromiso creciente con la causa de la libertad de su país adoptivo, y de las colonias. Compartió con otros estudiantes la recolección de fondos y el apoyo al mpla. Leyó textos y se deleitó con esa sutil poesía, tan profunda como los misterios de su tierra, de Agostinho Neto.

Aquella mañana del 25 de abril de 1974, cuando la Rádio Renascença transmitió «Grândola, Vila Morena», María sabía perfectamente que Portugal ya no sería el mismo. Junto con sus compañeros se lanzó a las calles, y se encontró con los blindados y los soldados, y repartió, además de volantes, claveles rojos, y ayudó a darle el último empujón al Estado Novo. Fue una primavera larga y maravillosa, durante la cual Lisboa se deshizo de sus viejos trastos, de sus banderas desflecadas, de sus cárceles y sus presos políticos, y entró en su nueva historia. Una época de debates apasionados, de encuentros a cara descubierta, con nombres y apellidos que durante años habían sido solo alias. Meses en los que hasta la poesía, que tantas veces la había sostenido en los tiempos duros, más que nunca sabía a gloria, a luz, y se confundía con los sabores cotidianos. Un tiempo de amor apasionado, de recortarle instantes a la política y al periodismo para amarse con Fernando en todos los rincones.

Cuando le propusieron que, por su anterior experiencia, siguiera trabajando con el mpla de Angola y que viajara a Luanda a facilitar los contactos entre los nuevos comandos militares de la «Revolución de los Claveles» y el movimiento independentista, no lo dudó un instante. Era también su triunfo, la derrota de sus miedos, su propia victoria personal. Llegó al aeropuerto de la capital angoleña una radiante mañana de setiembre, cuando en Portugal comenzaba el otoño y en Luanda el calor era agobiante y luminoso. No tuvo que aguardar las largas filas frente a los agentes siempre torvos de la policía colonial. La estaban esperando.

Se instaló en un pequeño hotel cerca del Correo, desde donde divisaba la gran bahía y el fuerte colonial. Y trabajó, trabajó duro para limar desconfianzas, para acercar combatientes que se habían enfrentado durante décadas. Era un mundo de hombres donde una mujer debía hablar su idioma, conocer sus códigos y ganarse palmo a palmo un lugar.

Los angoleños la conocían, habían compartido en Lisboa e incluso en Luanda y en Benguela reuniones conspirativas, coordinaciones y acciones contra las tropas coloniales. Los nuevos capitanes enviados desde Portugal a tomar el mando de las unidades -algunos con experiencia de haber participado en combates y en prohibidas confraternidades con los angoleños- le eran desconocidos. Hizo su trabajo; tenía la representación de su partido y la amistad de algunos de los principales dirigentes de Angola. Pero también demasiado ímpetu, demasiado apuro para concretar un proceso que sería muy difícil y lleno de traumas. Los otros dos movimientos de liberación, la unita de Jonas Savimbi y el fnla de Helden Roberto, apoyados por los sudafricanos, por los norteamericanos, por los chinos y por Mobutu, el dictador del Zaire, se disputaban el liderazgo y el nuevo Gobierno que surgiría de la independencia. Los colonos portugueses no se resignaban a abandonar la más preciada perla negra del Imperio colonial portugués.

María conocía únicamente al capitán Gonçalves; habían participado en Lisboa y en Porto en varias reuniones posteriores a la «Revolución de los Claveles». Era callado y reservado, y ocupaba el comando del estado mayor del ejército portugués en Luanda. Tenía una vasta experiencia; durante seis años combatió en Cabinda y en el norte de Angola contra la guerrilla. Sustituyó a un coronel, transferido de inmediato a la capital por su manifiesta adhesión al viejo régimen.

Fue una experiencia extraordinaria; la portuguesa por adopción y austríaca de origen estaba participando en el nacimiento de un país que soportaba quinientos años de opresión y siglos de historia propia, desde el reino del Congo. Una nación compleja, llena de tensiones sembradas por el colonialismo, por sus diferentes etnias, y por los enormes intereses petroleros y diamantíferos que ya se perfilaban en el horizonte. Una nación sin técnicos, sin profesionales, porque el colonialismo portugués era un subproducto retrasado y primitivo de una metrópoli dominada por la dictadura de Caetano. Casi no había médicos u odontólogos o ingenieros angoleños. Y ya se estaba preparando un éxodo masivo de los colonos, de retorno a Portugal. Pero antes destruían todo lo posible; despeñaban los camiones y otros vehículos, rompían las máquinas de las fábricas, dejaban tierra arrasada.

El vaciamiento absoluto y total de la ciudad por parte de sus antiguos pobladores portugueses fue un éxodo bíblico. Primero, una gigantesca travesía de muebles, trastos, cuadros, telas, pianos, herramientas, todo lo que se pudiera envasar en cajones y despachar por barco. Y luego decenas de miles de personas acampaban en las proximidades del aeropuerto, para luego asaltar literalmente los aviones y huir de la independencia, de los peores rumores sobre matanzas feroces que se aproximaban y, sobre todo, de los negros. Esa categoría despreciativa y dominadora que ellos mismos habían creado a lo largo de los siglos, y que ahora se les venía encima y los amenazaba con sus miedos ancestrales, con su propia mala conciencia de la explotación, de la humillación, que antes ellos aplicaron en gran escala. Pero también los invadían en las casas, en las fazendas, en la ciudad capital -elegante y hermosa, con su casco urbano rodeando la bahía- y en los barrios periféricos poblados por los africanos, quienes vivían en esas cuevas de tierra roja amasada, sin nada, sin agua, sin luz, sin baños, que eran los museques. María, que en sus anteriores viajes había conocido las dos caras, no podía conmoverse por los que perdían todo en su huida colonial, ni tampoco lograba borrarse de la retina las escenas familiares, los niños, los ancianos portugueses, que dejaban sus pertenencias e iban hacia lo desconocido. Estaba tan ocupada en su misión que esas tensiones no le quitaban el sueño.

Cuando la mudaron al hotel Presidente, porque era más seguro para llegar al final de la marginal que bordeaba la bahía y terminaba en la plaza frente al puerto, recorría la explosiva ciudad de los cajones, un número incalculable de cajones de todos los tamaños imaginables, y de los otros, que se amontonaban a la espera de ser cargados en naves con diversos destinos, pero sobre todo hacia Lisboa y Ciudad del Cabo. Se puede decir que quinientos años de colonialismo se fueron en cajones desde Angola.

La guarnición militar que esperaba impaciente el 11 de noviembre, el día fijado para la independencia, se limitaba a mirar y esperar. Fueron días en los que se concentraron los vientos de grandeza y generosidad, el sacrificio y el esfuerzo, pero también las peores miserias y bajezas. Algunos lo perdían todo: sus tierras, sus ganados, sus fábricas, sus comercios, sus casas, y otros apenas sabían apropiarse de sus propias vidas y de su nueva libertad.

María recibía pocas noticias desde Portugal; el capitán Gonçalves a veces se apiadaba de sus angustias y le entregaba algún despacho. Los diarios llegaban a cuentagotas, relatando las tensiones y los debates en la nueva democracia. Y ella estaba sepultada debajo de informaciones y rumores sobre Angola, los agrupamientos guerrilleros que se dirigían hacia la ciudad. En Luanda se definiría la suerte de la independencia. Era un parto difícil, pero estaba naciendo una nación y se estaba liberando un pueblo que había combatido y pagado un precio muy alto por ser independiente. Las negociaciones eran muy tensas.

El mpla y su líder, el doctor Agostinho Neto, se habían instalado en la capital, que se llenó de banderas rojas y negras y se vació de personas: unos se iban a Portugal y otros al frente. Luanda la hermosa, recostada sobre una bahía plácida, con un estupendo y profundo puerto, con su anfiteatro gigantesco de tierras coloradas, estaba crispada como nunca. María participaba de esa otra gran aventura luego de la «Revolución de los Claveles»; se abrazó y confundió con sus compañeros del mpla. Con Kimba y Nito recorrió en jeep las principales avenidas y, sin separarse de ellos, se mezcló con multitudes de hombres y de muchas, muchas mujeres africanas que la miraban con desconfianza. Esa era una fiesta de ellos, de los africanos, de los pretos, de los cabritos, de los mestizos.

No era como en Lisboa; la situación se estaba tensando como un resorte incontenible: había odios, venganzas, crímenes cometidos durante muchos años, que flotaban como una nube negra sobre Luanda y otras ciudades. Pero también había una enorme explosión de pueblo. Las tropas portuguesas comenzaban a retirarse, las columnas de la unita avanzaban desde el sur, apoyadas por medios militares y unidades comando sudafricanas, y desde el norte, una columna del flna con mercenarios y tropas regulares de Mobutu marchaban sobre la ciudad.

El capitán Gonçalves le había ofrecido a María que se fuera con ellos. Ella se quedó; le costaba pensar en Angola como algo diferente, externo a su vida, separado como nación y como aventura revolucionaria. Su tierra roja se le había metido en el alma. Había recorrido sus campos, conocía sus costas y sus ciudades, pero sobre todo, había compartido con los angoleños peligros similares durante sus viajes anteriores. Incluso conocía la siniestra sede de la pide, la policía secreta del régimen. Los imbundeiros, esos solitarios gigantes vegetales en las llanuras, le pertenecían también a ella. No eran solo los cinco años de conocer Angola; era algo más hondo: esa nostalgia que la atacaba apenas el avión carreteaba y se desprendía de esa tierra, las noches de cerveza y reminiscencias vividas en Lisboa, pobladas de los recuerdos de su querida África. Era la emoción que sentía al leer las poesías de Neto, de Pepetela, y la ola de sensaciones que la asaltaban cuando, frente a un papel en blanco, intentaba relatar, en pocos versos, sus lazos, sus amores, sus desazones.

Conocía el gemido de África, o lo que era más conmovedor, los largos silencios, las miradas llenas de rencor por siglos de esclavitud; hasta en esas danzas con ritmos ancestrales ella sabía reconocer el llanto, en el sarcasmo de sus gentes había sabido percibir el odio y la esperanza de ese círculo terrible de sufrimiento. El café y sus granos de oro, los diamantes, el viscoso líquido que chorreaban la tierra y el mar, o la potencia de su suelo, de su vegetación, de sus animales: todo se le mostraba impregnado por ese torrente de dolor y violencia. Y ella lo había visto en las aldeas quemadas, en los helicópteros ametrallando el mato, en los comandos portugueses cantando sobre los camiones de regreso de sus misiones. Ella conocía las heridas: las que sangran, las que supuran, las que huelen, y las otras, las que están escondidas en una mirada de una mujer o de un niño. Ella conocía el aroma único de la selva, pero también de las bombas incendiarias. Había visto la agilidad de las gacelas, pero más la impresionaban los casi niños que iban a la guerrilla a hacerse hombres. Los que regresaban vivos volvían con los ojos secos.

En el Centro de Imprensa conoció a algunos de sus más queridos amigos, con los que realizó viajes por caminos imposibles, sufrió pesquisas y requisas de la pide, y junto a quienes había visto el horror de la muerte, de cientos de hombres, mujeres y niños, en un orden inverso -siempre los niños y las mujeres primero-, en las aldeas incendiadas y destruidas por la guerra. Conocía muy bien sus rostros; sabía distinguir perfectamente los diversos pueblos, en particular a los kimbundos y umbundos, y amaba profundamente las inmensidades del paisaje angoleño.

No se le pegó nada del cinismo de los corresponsales de guerra, de esos que cambian el acento nada más que por razones ortográficas pero, para sobrevivir, miran al mundo como una gran maldad inevitable, y a los crímenes como la condición natural de los humanos. Sobrevivió a la malaria, a la insensibilidad, y a la ironía para explicarlo todo.

Fue precisamente en el Centro de Imprensa, en Luanda, que encontró a Ernesto, enviado de una agencia internacional que mantenía estrechas relaciones con los angoleños del mpla. El uruguayo tenía una mirada muy similar a la suya sobre la guerra y en particular sobre los guerreros. Juntos conocieron a Kapuscinski y de él trataron de aprender, de absorber su capacidad de integrarse a la gente, al terreno, al sudor, y llegar a ser protagonistas sin nunca perder la condición de testigos.

Habían compartido con Ernesto los desayunos apurados y sin mucho para elegir, y también la búsqueda de noticias, de alimentos, de alguna imposible cerveza. Ese era el verbo principal en la Angola de esos tiempos: buscar. Todos estaban a la busca de algo.

El mpla quería proclamar la independencia, consolidarse y resistir a sus enemigos; los portugueses buscaban salvar lo máximo en su retirada; los otros movimientos buscaban derrotar al Gobierno, y la gente común buscaba simplemente sobrevivir. Ellos dos, María y Ernesto, en sus despachos transmitidos por télex a la escalofriante velocidad de cincuenta baudios, buscaban reflejar algo de esa nueva nación que literalmente explotaba por los cuatro costados, y que se había ganado el derecho a explotar por sí sola, sin la tutela colonial luego de quince años de guerrilla, de la más feroz guerra de toda África.

Buscaban con sus artículos que allá en el otro mundo, en las tranquilas y apacibles calles de Europa y de otras regiones, sintieran algo, un mínimo de esa aventura, de esas pasiones y tensiones que explotaban en todo el país, en sus casas abandonadas, en el hedor insoportable de sus calles, en la falta más absoluta de médicos, de odontólogos, de transporte, y también tomaran en lo posible conciencia de las expectativas y los inseguros pasos de esa gente hacia su libertad y su identidad nacional.

Un domingo de mañana -mientras recorrían una ruta hacia el sur de Luanda, que bordeaba la costa más allá del Futungo de Belas, la zona residencial privilegiada de la capital, y cuando ya divisaban la playa festoneada por negros montículos de rocas-, paso a paso, María y Ernesto fueron más allá de sus siempre cuidadas conversaciones profesionales. Ambos se quedaron mirando esos montículos donde anclaban los barcos negreros para embarcar su cargamento de hombres y mujeres hacia travesías de horror, hacia cadenas perpetuas y hacia la peor degradación de los seres humanos: la esclavitud. Fue entonces que comprendieron y tuvieron la necesidad de dejar de fingir y, sin detalles, cada uno reconoció cuál era su misión.

Junto con un grupo de periodistas viajaron hasta Cahama y fueron atacados por el Batallón 32 de los sudafricanos. Tuvieron que retirarse a pie, pues todos los vehículos de la caravana resultaron incendiados o inutilizados. En las tres noches que duró la caminata -porque durante el día debieron esconderse en el mato-, llegaron a alimentarse con la grasa de los calentadores utilizados por las tropas. Se aunaron en la aventura como parte de su misión. No eran profesionales relatando la guerra; estaban comprometidos con su resultado, con la victoria de los angoleños. Y sus crónicas, y principalmente sus acciones, no lo disimulaban.

Soldaron su amistad en los meses en que coincidieron en los viajes, la actividad en el Centro de Imprensa y las diversas sedes donde se seguía el conflicto, en los nuevos edificios del Gobierno, en las entrevistas colectivas con los dirigentes de la nueva nación, también en las largas charlas en el hall del hotel Presidente. Conversaciones que se hacían interminables, mientras subían los muchos pisos por la falta total de ascensores hasta las habitaciones, con un calor de horno. Las charlas se iban prolongando, sobre todo porque habían abierto las ventanas de sus propias historias personales: el relato del exilio de Ernesto y de las peripecias de María en el Portugal de la dictadura y durante la «Revolución de los Claveles». No eran ya conversaciones políticas; se transformaron en discusiones apasionadas sobre ideas y sobre sus propias experiencias de vida. Una noche al grupo se sumó Janette, una periodista inglesa y desgarbada, de roja melena y tez blanquísima con pecas, que sufría terriblemente por el sol y la falta de protectores solares. Había agotado el stock propio y de todos los conocidos. Los angoleños no los utilizan, por cierto. Era enviada del diario The Guardian, y a los pocos días de su estadía perdió su flema y su mirada independiente, y se entreveró en el clima de directa participación en el conflicto. En el primer viaje hacia el norte de Luanda -cuando visitaron el cuartel abandonado del fnla en el fuerte de la Barra, antigua construcción colonial portuguesa que cerraba una de las entradas a la bahía de la ciudad-, advirtieron las atrocidades cometidas por la gente de Helden Roberto, y Janette tuvo su primer sacudón a su imparcialidad. Sobre todo viendo los vestigios de canibalismo.

[...]

Una madrugada de octubre, sobre Luanda se oyeron los motores turbohélice de un avión Britania, un viejo desecho de la aviación civil que volaba en aproximación hacia el aeropuerto bautizado 4 de Febrero, en honor al levantamiento de 1961, que dio inicio a la guerra contra el colonialismo.

Ernesto lo escuchó claramente desde su habitación en el piso octavo, con ventanas que miraban hacia la ciudad; la otra fachada del hotel se asomaba sobre el puerto. Se levantó y se vistió rápidamente, y despertó a María y Janette; ambas ocupaban la misma habitación. El toque de queda estaba terminando, se subieron en su destartalada camionetita Renault 4 y partieron hacia la zona del aeropuerto. Ernesto manejaba una información desde la noche anterior y tenía el presentimiento de que ese vuelo la confirmaba.

[...]

Ernesto, María y Janette llegaron cuando la caravana ya había pasado. Trataron de seguirla, pero uno de los vehículos que cerraban el convoy se lo impidió. En esa época, Luanda era una elegante ciudad colonial de no más de trescientos mil habitantes, y aunque ya había comenzado el éxodo masivo, no les fue difícil recorrer las principales avenidas en busca de la caravana. Nada.

[...]

Regresaron al hotel sobre el filo del toque de queda, el famoso reculier, y se quedaron como siempre, o más que siempre, conversando los tres: María, sentada en una silla destartalada, y Ernesto y Janette en el suelo, en un rincón del amplio hall. Hicieron un inventario de los últimos hechos: la descarga, hacía algunos días, de equipo militar, sobre todo algunas piezas de artillería tradicional y artillería reactiva, las famosas Katyushas de origen ruso, y municiones de un barco a principios de ese mes. Lo habían visto todo desde las ventanas del hotel.

[...]

A la hora del toque de queda, cuando se agotaba el intercambio de novedades sobre la guerra y la situación en los frentes, cuando el plato diario de arroz con sardinas ya había sido superado, volvían a reunirse los tres, María, Janette y Ernesto. Fue en esas noches interminables que María se animó a contarles el viaje de su padre desde Viena a la frontera de Portugal y España, en bicicleta, al finalizar la guerra.

2. Capítulo 8: «Si alguien toca un día a tu puerta» (Aparición completa en el capítulo)

[...] No quería cansarse en largas caminatas, así que buscó un punto medio para navegar en sus nostalgias, perderse por las estrechas calles de Alfama y Barrio Alto, y para reunirse con María.

[...]

Comprobó que todo estuviera correcto, leyó y releyó las informaciones, y se deshizo de sus apuntes. Durmió una tormentosa siesta, poblada de recuerdos. Cuando despertó, la almohada era un estropicio y su cuello un tensor de resorte. Se pegó una larga ducha. Esa noche llamó a María.

Fueron más extensos los silencios que las frases. No le había avisado nada. Seguían mandándose correos electrónicos, enviándose artículos y poesías, y sobre todo intercambiando comentarios ácidos. Hacía dieciséis años que no se veían.

-No te voy a perdonar jamás que no me hayas avisado -le reprochó María, sin mucha convicción. Acordaron verse a la mañana siguiente.

Ernesto y María nunca habían sido amantes, nunca siquiera se besaron y sin embargo tenían la complicidad de los amantes más ocultos; tenían secretos y escondrijos que solo ellos conocían, en sus almas y en la geografía del planeta. Cuando habían estado solos en algún lugar perdido de Angola, o poco antes de que Ernesto regresara a Uruguay, se habían acariciado con delicadeza, con pudor, para no perder la magia de esa amistad tan honda. En algún momento ambos estuvieron enamorados; pero era imposible, incorrecto, peligroso y sobre todo inconveniente para sus misiones, y se habían quedado allí, en el umbral.

No bien lo vio, María comprendió que no era únicamente la edad lo que había demacrado a Ernesto, le había sacado brillo a sus ojos grises y afinados como fisuras. Lo abrazó con todas sus fuerzas. Y se quedaron largo rato mirándose, acariciándose con la mirada. Ernesto le pasó la mano suavemente por su cabello oscuro, que ahora llevaba teñido, y que seguía siendo una maraña de rulos rebeldes. No sabían por dónde empezar. No tenían que ponerse al día con sus historias, se las contaban cada tanto por correo electrónico. Ernesto sabía de Luis, del entusiasmo y la recobrada felicidad de María luego de muchos años de soledad; de sus complejas relaciones con su hija; sabía perfectamente de su trabajo en el diario. María había compartido el dolor por la muerte de Adriana, y aunque el último mensaje lo había recibido hacía más de cinco meses, leía los artículos de Ernesto mientras llegaron al diario en el servicio noticioso de la agencia. No encontraban por dónde comenzar a explicarse el encuentro, a ponerse al día con las buenas y las malas nuevas.

Ernesto no quería hablar de su salud, ni andar con vueltas; se precipitó como una tromba en la descripción de su plan. Sus ojos volvieron a tener los mismos destellos y sus manos grandes y huesudas dibujaron en el aire los énfasis y las pausas de cada uno de los futuros pasos. María escuchaba, no hizo el menor intento por interrumpirlo; lo miraba extasiada mientras el café se le enfriaba y la ensaimada permanecía intacta en el plato. Era imposible que, tantos años después de todo, alguien la llamara una noche para invitarla a una aventura imposible, a dejarlo o al menos arriesgarlo todo para precipitarse en un torbellino y volver a creer que todo era posible. Ya no estaba en edad, no tendría fuerzas. Sin embargo allí estaba, escuchando atentamente. Su mundo actual hecho de horarios, de recetas culinarias compartidas, de tranquilas lecturas y de quedarse con su nietita de dos años una vez o dos por semana, se le estaba desdibujando un poco en medio de toda aquella polvareda de proyectos.

Cuando terminó, Ernesto respiró hondo con una leve sonrisa y se tomó el té de un largo sorbo. En la radio del bar, Amália Rodrigues seguía cantando fado, bajito, como un susurro. María miró un ruidoso tranvía que pasó por la puerta, y pantallazos de su vida le desfilaron como flecos, como fragmentos de imágenes, de gritos. En ese mismo bar se había reunido varias veces con otros compañeros, había conspirado, pasado documentos. Hacía tanto tiempo, habían sucedido tantas cosas, que le parecía una historia ajena, un relato casi extraño. Pero no, era ella. María abuela, María correctora jefa del diario, María la compañera de Luis, con quien compartía la vida y las largas tardes de sexo, la cocinera, la lectora, la que llevaba las sábanas, las fundas y las toallas al lavadero, la que subía a colgar la ropa a la azotea y divisaba aquel pedacito de Tajo entre los tejados y las antenas. María, que le dolían los pies y se teñía las canas, que refunfuñaba contra todos los políticos actuales y hablaba de ellos con sarcasmo. María, que fue a Luanda y volvió más triste y desilusionada. María, que los 15 de diciembre llevaba flores a la tumba de sus padres adoptivos. María, que había veraneado en Sagres, que había tomado sol en sus pequeñas playas, bebiendo vino helado en largos sorbos y sintiéndose nuevamente en carrera por ese estrecho sendero de la vida. María estaba sentada frente a Ernesto y el pasado se le venía encima. No eran exclusiva ni principalmente los recuerdos; era una propuesta indecente, demasiado grande para ella, para sus sueños actuales, para sus pequeñas seguridades de todos los días, para las trencitas de su nieta, para la paciencia de Luis. Los ojos se le humedecieron apenas. María recordó una poesía de Fernando Pessoa, «Si alguien toca un día a tu puerta».

[...]

Sin saber de dónde, le surgieron preguntas concretas, y lo más difícil de entender fue que se animó a formularle esas preguntas a Ernesto. Una detrás de la otra. Casi sin trascendencia, como si hablaran de banalidades. Y Ernesto se las contestó de la misma manera, entre sorbo y sorbo de té. María no se animó a preguntarle por qué había abandonado la pasión por el café. Tenía miedo a la respuesta o a la mentira. Fue una larga charla. Ambos acordaron encontrarse y almorzar juntos al día siguiente.

Ernesto tomó un taxi; tenía urgencia de llegar al hotel, descansar, descansar sobre la cama que crujía levemente, mirar por esa ventana con cortinas provenzales pasadas de moda, tomar largos buches de agua mineral helada, y pensar. Sabía desde antes que esos encuentros con su pasado serían los más difíciles; pero nunca supuso que la fuerza del agua bajo los puentes hubiera sido tan demoledora. Que podía arrasar con la sonrisa pícara de María, opacar sus ojos castaños, pero sobre todo precipitarla en su reducido mundo actual. Cercarla en sus pequeñas trivialidades. ¿Y si todos reaccionaran así?

[...]

A pocas cuadras de allí, tan cerca y tan lejos, María escalaba su propio calvario. Durante la cena no supo cómo comenzar a contarle a Luis la larga charla que había mantenido ese día. Intercambiaron frases triviales; su compañero sabía darle tiempo a las cosas, no tenía impaciencias juveniles, dejaba que todo se cociera a su tiempo. Era buen cocinero no solo frente a las hornallas. Era un aporte importante a la convivencia. Así que la cena -que no siempre podían hacer juntos por los horarios del diario- fue inocua.

Las almohadas sufrieron todo el impacto de las tribulaciones de María. Las atornilló como si dieran jugo, como si de ellas pudieran salir las respuestas o al menos ayudarla a serenarse y dormir. La mañana traería paz y un nuevo enfoque, pero estaba lejos, muy lejos en la oscuridad del dormitorio, en el sonido alejado del tranvía, en los leves ronquidos de Luis y el tic tac implacable del viejo reloj en la mesa de luz. Había que cambiarlo, molestaba aquel ruido anticuado, aquella tenue luz fluorescente. Ahora lo notaba, no antes, en las muchas noches que había compartido con su sonido y sus reflejos verdosos.

Así como a las almohadas, también estrujaba las ideas, los argumentos, la bronca que a veces la asaltaba por haber perdido la serenidad de los últimos meses. ¿Qué meses? Años. En los fogonazos de recuerdos e imágenes que se sobreponían, aparecía África, sus viajes, sus detenciones, sus retornos, junto con las despedidas, demasiadas y siempre castas y puras con Ernesto, en Luanda o en Lisboa. ¿Qué la podría impulsar nuevamente a montarse en una aventura de final incierto y con tantos peligros e incertidumbres? Nada.

[...]

La tenue luz de la mañana se filtraba como bastones por la persiana, festoneaba las cortinas y comenzaba a dibujar los contornos de las cosas en su dormitorio. Y María seguía casi sentada en la cama. Se levantó sin las pantuflas, quería sentir el fresco de las baldosas. Se preparó un café negro. Mientras lo bebía sentada en una de las sillas de madera y paja que habían comprado hacía poco, que habían pintado junto con Luis de verde patinado para que hicieran juego con la mesa rústica, miró las cortinitas a cuadros, los utensilios alineados prolijamente, como nunca antes los había visto y tenido, como era su vida ahora, porque se había ganado el derecho de disfrutarla. Afuera la ciudad se desperezaba de a poco y todos los sonidos le eran familiares, le daban paz, certeza de que en un rato iría al mercado, que Luis cocinaría porque era jueves y le tocaba y luego partirían juntos hacia el diario. Lo otro era una nebulosa, era una propuesta incierta, un regreso al pasado sin cordón de seguridad, sin brújula, sin certezas. Era una venganza demasiado grande para sus actuales ambiciones.

[...]

Llamó por teléfono al hotel de Ernesto mientras Luis se bañaba y se citaron en el mismo bar; no había por qué dar tantas vueltas, tomar tantos recaudos. Estaban en Lisboa en plena democracia, en plena libertad, incluso había un Gobierno socialista. Salió de su casa con tiempo suficiente para caminar un rato sola. Llegó al bar con la misma precisión que en las citas clandestinas. Casi había olvidado esa meticulosa dependencia del tiempo. Ernesto arribó unos segundos después.

Comenzaron ambos girando en torno al tema, evitando precipitarse, como si temieran el desenlace. Hilvanando recuerdos. Y, como todos, llevaban la misma marca, aun las diversiones, los momentos placenteros, los amigos compartidos; parecía una táctica de Ernesto para reforzar su propuesta.

-Necesito más tiempo -se escuchó decir María, con una voz que casi no era la suya y con esa salida insólita, que no había pensado en todas las largas horas previas al encuentro-. No hablaré con nadie, ni con Luis, pero necesito tiempo, ya no soy la misma, pero tampoco me resigno a no serlo.

Ernesto, que esperaba un no y había preparado una forma amistosa de justificarla y de mantener viva la llama que los unía, quedó un poco desorientado. Los retrasos en el plan no eran posibles.

-¿Cuánto tiempo?

-No sé, si dejo pasar demasiado, esa será mi respuesta. Si no, solo quiero saber dónde y cuándo, pero no ahora sino pocos días antes.

Acordaron los detalles de la comunicación, y liberados ambos de una carga, se reencontraron en las referencias, en las vidas cotidianas, en un relato fluido y sereno sobre sus pasados.

3. Capítulo 14: «Monólogos»

La pasión ya no la puedo recomponer; he tratado de que brillara en mis ojos cuando me encontré con María, con Nedo, pero era un destello opaco, incluso fracasé estrepitosamente en Lisboa. No es la edad; son los escombros, el polvo del derrumbe.

4. Capítulo 28: «Siete náufragos»

Ernesto tenía de todas maneras una sensación amarga; faltaba María, ya habían pasado todos los plazos convenidos. Sabía que si la detenían podía confiar en ella, incluso más que en sí mismo. Esperaba que solo hubiera desistido, que hubiera abandonado su remo. De todas maneras faltaba.

5. Capítulo 33: «Jenny & Karl»

[...] La noche anterior se habían divertido a pesar de las necesarias traducciones, con los relatos y las bromas intercambiadas entre Otakar y Nedo. La ausencia de María ya había sido digerida y aceptada por todos. Ernesto contó su historia.

[...]

Fue en ese momento que se escucharon fuertes gritos de mujer que hablaba en alemán perfectamente y exigía entrar a la presentación del libro, por lo que había viajado junto con otros tres periodistas portugueses desde Lisboa. Al final, en medio de la confusión y sobre todo habiendo llegado al apogeo de la hasta ahora creciente sensación de ridículo general, la dejaron entrar. María, Luis y dos colegas de los principales diarios portugueses, se abrieron paso para acomodarse.

-Llegamos tarde, demasiado tarde -comentó María, que conservaba el idioma alemán como el último recuerdo de su nacimiento en Viena. Lo había estudiado toda su vida, incluso se jactaba de poder traducir la porfiada y sutil poesía portuguesa al alemán.

Ella no tuvo problemas: se abrió paso entre tanto hombre -y alguna mujer armada-, fue hasta la mesa central, se abrazó con todos como si los conociera de siempre y con Ernesto como si fuera la última vez y ocupó su lugar en la cabecera.

Esteban Valenti
2026-10-22T19:18:00

Esteban Valenti.

Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)