Ni Trump ni ingratitud popular: Autocrítica o derrota en América Latina. Esteban Valenti
07.10.2026
Recién terminaron la primera vuelta de las elecciones en Brasil, con Bolsonaro que obtuvo 47,03% con una diferencia del 1,87% sobre el 45,16% de Lula. Nadie preveía ese resultado tan negativo para Lula y el PT. Ahora viene un complejo proceso hacia el balotaje.
Hay dos líneas de razonamientos y balances políticos muy peligrosos y que no son nuevos en la izquierda. Primero, le echamos la culpa a los votantes; vi en las redes repetido un tuit con esta leyenda: "El precio de luchar contra el hambre" y una imagen de Lula. Grave error, que nosotros conocemos desde 1971, cuando se formó el Frente Amplio y teníamos expectativas totalmente desproporcionadas.
La segunda, también la vi en las redes, es que la responsabilidad de este resultado -que todos coinciden en que es adverso- es de la intromisión de Trump. No hay dudas de que la injerencia del expresidente norteamericano fue muy pesada, pero hay que analizarla en el cuadro de la contradicción nacionalista de Brasil y de sus efectos contradictorios.
Lo que nadie dice es que la campaña electoral de Lula fue perfecta en su diseño, en sus mensajes y en el protagonismo popular; falló en una sola cosa: no logró convencer a una parte importante del electorado.
No todo está perdido, pero dejarse arrastrar por las subjetividades y no reconocer que las posibilidades para Lula son escasas y muy difíciles no es digno de una auténtica mirada crítica de parte de la izquierda brasilera, latinoamericana y uruguaya.
El problema de fondo no reside en la matemática electoral inmediata, sino en la matriz ideológica con la que la izquierda suele procesar sus frustraciones. Cuando los sectores populares no votan según el libreto asignado por las vanguardias intelectuales, el reflejo casi automático es tildar al pueblo de "ingrato" o "alienado". Nada más reaccionario ni más destructivo.
Gobernar para los más vulnerables no genera una hipoteca política de lealtad eterna. Quien sale de la pobreza extrema cambia sus urgencias: ya no demanda únicamente un plato de comida o un subsidio asistencial, sino seguridad ciudadana, previsibilidad económica, servicios de calidad y movilidad social individual. Si la respuesta política a esas nuevas demandas consiste únicamente en recordar viejas conquistas o apelar a la nostalgia del pasado glorioso, el electorado busca representación en quien hable de su presente y capitalice su descontento, aunque lo haga desde el discurso más conservador.
Atribuir el avance del bolsonarismo a los apoyos externos de figuras como Donald Trump simplifica un fenómeno que tiene raíces profundamente endógenas. La ultraderecha en Brasil no es un injerto foráneo: cuenta con una base orgánica consolidada en el agronegocio, las iglesias evangélicas, las fuerzas de seguridad y amplios sectores de las clases medias y trabajadoras desencantadas con la política tradicional.
El verdadero desafío no fue el dinero de afuera ni el ruido en redes, sino la incapacidad de construir una hegemonía cultural que trascienda la coyuntura económica. Si no se comprende por qué millones de trabajadores eligen voluntariamente un proyecto de derecha radical, la izquierda quedará reducida al papel de espectador indignado, repitiendo consignas morales mientras sus adversarios le arrebatan la iniciativa histórica.
El camino al balotaje exige abandonar de inmediato la soberbia iluminista. Remontar la desventaja frente a una marea conservadora movilizada requerirá mucho más que fidelizar a los propios o amplificar consignas épicas; demanda tender puentes hacia el centro político no ideologizado, recuperar la iniciativa en los debates cotidianos de la gente común y, sobre todo, admitir que el adversario ofreció certezas identitarias que la propuesta progresista no supo contrarrestar.
La izquierda latinoamericana -y la uruguaya en particular, con sus propias batallas por delante- debe mirarse en este espejo sin concesiones. La única derrota irreversible es aquella de la que no se quieren aprender las causas.
Hay otro dato demoledor que los entusiastas de las consignas prefieren barrer bajo la alfombra: las elecciones parlamentarias y de los gobiernos estaduales. Mientras la atención se concentró de forma casi obsesiva en la figura presidencial, el bolsonarismo no solo resistió, sino que colonizó el Senado, la Cámara de Diputados y las principales gobernaciones del motor económico de Brasil (San Pablo, Río de Janeiro y Minas Gerais).
Ese es el verdadero mapa de la correlación de fuerzas. Si Lula logra el milagro de dar vuelta el resultado en el balotaje, asumirá atado de pies y manos por un Congreso dominado por el Centrão y por la derecha doctrinaria más dura. Desconocer este límite material es caer en el infantilismo político: se gobernará en un terreno minado donde cada medida progresista costará concesiones amargas o una parálisis permanente.
La izquierda se acostumbró durante décadas a considerarse la dueña natural del sentido común popular y de la moral pública. La dura realidad brasileña demuestra que ese monopolio se evaporó.
Bolsonaro no construyó su caudal electoral en el vacío; lo hizo llenando los vacíos que la izquierda fue dejando a medida que se institucionalizaba y burocratizaba:
Las iglesias neopentecostales sustituyeron a los comités de base, a las comunidades eclesiales de base y a los sindicatos, funcionando como redes de contención social, espiritual y económica cotidiana.
Frente al miedo concreto del trabajador que sale de madrugada a tomar el ómnibus en la favela o en la periferia, el progresismo respondió a menudo con análisis sociológicos abstractos, mientras la derecha ofreció mano dura y defensa propia inmediata.
Una masa inmensa de cuentapropistas, repartidores por aplicación y pequeños comerciantes ya no se siente representada por la retórica fabril clásica ni por el sindicalismo tradicional; se perciben como emprendedores y ven en el Estado más una traba impositiva que un escudo protector.
El gran riesgo para la izquierda en el Cono Sur es refugiarse en la victimización. Es mucho más cómodo y gratificante gritar contra el "fascismo", la "desinformación" o las "élites concentradas" que preguntarse con honestidad brutal por qué casi la mitad de los electores de un país castigado por la pobreza prefirió ratificar a un líder como Bolsonaro antes que volver al PT.
No se gana una elección definitiva asustando a la gente con el fantasma del abismo cuando la gente siente que ya vive en él y que sus problemas diarios no caben en los discursos académicos.
Quedan semanas decisivas. La contienda no se resolverá con apelaciones al miedo ni con liturgias partidarias autorreferenciales. Se define en la capacidad de hablarle de frente, con humildad y sin paternalismos, a ese ciudadano común que desconfía profundamente del relato del poder y que ya no compra promesas sin garantías palpables.
¿Quiénes tienen la responsabilidad en Uruguay de que la ola conservadora, ideológica, cultural y política no nos arrase en el 2029 y también en el 2030?
No nos lavemos las manos nosotros, ni culpemos al electorado ni a la neutralización de Trump, y menos a los gestos genuflexos a la espera de que con nosotros sea diferente. Trump ha demostrado ser el mayor error de valoración de la izquierda latinoamericana de toda su historia, y también de la europea. Eso merece un análisis aparte, que encararemos en el próximo número de Bitácora.
Viene un Congreso del FA en pocas semanas. ¿Estamos preparados para un debate en serio y no para un conjunto de convocatorias a la lucha, al combate, pero sin línea política, sin una definición de las prioridades para el gobierno, el propio FA y cada uno de sus dirigentes? ¿O esperaremos en medio de las disputas por el futuro personal de cada uno de los gobernantes y dirigentes a echarle la culpa a los votantes y a Trump?
Esas responsabilidades tienen nombre y apellido: Yamandú Orsi y sus ministros en el gobierno, Bergara y su gabinete en la IMM, Francisco Legnani en Canelones, y a nivel partidario, el presidente del FA y los principales dirigentes del Frente y de sus principales partidos y grupos.
La lucha por la distribución del poder en el futuro gobierno ya comenzó. Desgraciadamente.
Otra de las enseñanzas de las elecciones de Brasil es que la consna de laigualdad es equivocada. La izquierda no lucha por la igualdad, que no existe en ningún lugar de la tierra; lucha por la equidad, para que cada persona tenga el espacio y las posibilidades, y le demos los instrumentos para que obtenga lo máximo que le corresponde, con trabajo, con estudio, con riesgo. Regalando nunca se alcanzó el desarrollo nacional, la justicia social y mucho menos se construyó una revolución verdadera, no el imperio del Estado y su propiedad monopólica.
Como también que todo es responsabilidad de la comunicación. Siempre es la política.
Esteban Valenti.
Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)