No alcanza con gobernar: Hay que transformar. Gerardo Amengual
29.08.2026
Entre la prudencia de gobernar y el coraje de transformar, el Frente Amplio debe definir qué izquierda quiere ser.
Gobernar sin perder nuestra identidad
Tal vez el Frente Amplio necesite recuperar algo de su capacidad de oposición, aun siendo gobierno.
No se trata de hacer oposición a nuestro propio gobierno ni de debilitarlo. Se trata de que la fuerza política preserve su autonomía, su identidad y su capacidad crítica para expresar con claridad sus convicciones históricas y sus principios de izquierda democrática, incluso cuando hacerlo implique asumir costos políticos.
El Frente Amplio debe respaldar a su gobierno, pero no puede convertirse exclusivamente en el partido del gobierno. La diferencia es sustancial.
Gobernar supone administrar, negociar, construir acuerdos y enfrentar las restricciones de la realidad. También exige responsabilidad, prudencia y capacidad para comprender que no todas las transformaciones pueden realizarse simultáneamente. Pero la responsabilidad de gobernar no debería convertirse en moderación permanente.
Somos una fuerza política con historia, identidad, principios y una relación con la sociedad que trasciende cualquier período de gobierno. Llegar al gobierno es una herramienta para transformar la sociedad, no un fin en sí mismo.
Cuando los principios exigen definiciones
Hay momentos en los que gobernar exige negociación y prudencia. Pero existen otros en los que la política exige definiciones claras. Gaza es uno de ellos.
Ante la magnitud de la tragedia que vive el pueblo palestino, una fuerza de izquierda democrática debe expresarse con claridad. Si entendemos que lo que está ocurriendo en Gaza constituye un genocidio, debemos tener la firmeza política necesaria para decirlo y actuar en consecuencia.
Esto no significa desconocer ni relativizar los ataques terroristas perpetrados por Hamás el 7 de octubre, el asesinato de civiles ni el secuestro de rehenes. Una izquierda democrática debe condenar el terrorismo y toda violación de los derechos humanos, independientemente de quién los cometa.
Precisamente por eso nuestra posición debe ser coherente: los derechos humanos son universales. No pueden depender de quién sea la víctima, quién sea el responsable, las alianzas internacionales ni las conveniencias políticas del momento.
Hay principios que deben defenderse incluso cuando hacerlo tenga costos. Una izquierda que deja de expresar sus convicciones por temor a esos costos corre el riesgo de perder progresivamente su identidad.
La economía también expresa una concepción de izquierda
La misma discusión debe darse respecto de la política económica.
Una política económica de izquierda no puede evaluarse exclusivamente por los equilibrios macroeconómicos, el déficit fiscal, la inflación o la confianza que genere en los mercados. Todo eso importa. Un gobierno de izquierda necesita estabilidad económica, responsabilidad fiscal, inversión y credibilidad. Pero no alcanza.
La pregunta fundamental es para qué queremos esa estabilidad y al servicio de quién ponemos los instrumentos de la economía.
Una política económica de izquierda debe preguntarse quiénes se benefician del crecimiento, cómo distribuimos la riqueza, cuánto crecen los salarios reales, qué sucede con las jubilaciones y pensiones más bajas, cómo combatimos la pobreza -especialmente la pobreza infantil-, qué oportunidades generamos para las pequeñas y medianas empresas y cómo construimos empleos de calidad.
También debemos preguntarnos quiénes realizan el mayor esfuerzo para financiar las transformaciones necesarias y hasta dónde estamos dispuestos a avanzar hacia una sociedad más igualitaria.
La estabilidad es un punto de partida
La estabilidad puede ser el punto de partida de un gobierno de izquierda; nunca debería convertirse en su punto de llegada.
Existe una diferencia entre responsabilidad económica y conservadurismo económico. La responsabilidad fiscal, la estabilidad y la credibilidad son instrumentos indispensables para gobernar. Pero deben estar al servicio de objetivos políticos y sociales claramente identificables.
Si la prudencia económica termina postergando indefinidamente la redistribución, la inversión social y las transformaciones estructurales, inevitablemente aparece una pregunta que la izquierda no debería temer formular: ¿para qué gobernamos?
No alcanza con administrar mejor que la derecha. Una izquierda democrática debe demostrar que puede gestionar con responsabilidad y, al mismo tiempo, cambiar prioridades, redistribuir oportunidades, combatir las desigualdades y mejorar concretamente la vida de quienes más necesitan del Estado.
Necesitamos señales claras de transformación
Un gobierno de izquierda necesita generar esperanza.
Los frenteamplistas necesitan reconocer en las decisiones del gobierno un rumbo, una orientación y señales claras de transformación y cambio. No se trata de anunciar revoluciones imposibles ni de desconocer las restricciones económicas que enfrenta Uruguay. Se trata de que nuestra gente pueda identificar hacia dónde queremos conducir al país y cuáles son las transformaciones que pretendemos dejar después de cinco años de gobierno.
La transformación debe sentirse en la vida cotidiana. Debe sentirse en el salario, en el empleo, en la vivienda, en la educación, en la salud, en las jubilaciones, en las oportunidades de nuestros jóvenes y en las posibilidades de desarrollo de quienes nacen en los hogares más pobres.
Una política económica de izquierda debe volver a generar esperanza entre los frenteamplistas. Pero tampoco sería suficiente si solamente lograra entusiasmar a quienes ya forman parte de nuestra fuerza política.
Volver a generar esperanza y trascender
El verdadero desafío es trascender al Frente Amplio.
Que ciudadanos que no nos votaron puedan reconocer, al finalizar el período, que viven mejor; que sus ingresos aumentaron, que encontraron oportunidades, que sus hijos tienen mejores perspectivas y que Uruguay es una sociedad menos desigual.
Esa es probablemente una de las formas más poderosas de construir mayorías políticas duraderas: no solamente convencer con el discurso, sino transformar mediante los resultados.
Una izquierda que gobierna debe ser capaz de demostrar que sus valores producen una sociedad mejor. La igualdad, la solidaridad y la justicia social deben dejar de ser solamente conceptos para convertirse en experiencias concretas en la vida de las personas.
Una fuerza política con autonomía
En este contexto, el Frente Amplio como fuerza política tiene una enorme responsabilidad.
Debe acompañar al gobierno cuando expresa nuestro programa y nuestros valores, respaldarlo cuando corresponda y defender las conquistas alcanzadas. Pero simultáneamente debe conservar la capacidad de debatir, proponer, cuestionar y señalar diferencias cuando entienda que el rumbo necesita correcciones.
Eso no significa debilitar al gobierno. Una fuerza política activa, crítica, movilizada y profundamente vinculada con la sociedad puede fortalecerlo.
Quizás necesitemos recuperar parte de aquella cultura política que construimos durante tantos años desde la oposición: escuchar, cuestionar, movilizar, proponer, debatir y asumir los costos de defender nuestras convicciones.
No para convertirnos en oposición a nuestro propio gobierno, sino para evitar convertirnos exclusivamente en el partido del gobierno.
¿Qué izquierda queremos ser?
El Frente Amplio nació como una construcción plural, democrática y transformadora. Su razón de ser nunca fue solamente alcanzar el gobierno.
Por eso la discusión de fondo no debería reducirse a cuánto podemos hacer dentro de las restricciones existentes. También debemos preguntarnos qué restricciones queremos modificar, qué desigualdades no estamos dispuestos a naturalizar y qué transformaciones queremos impulsar.
Tenemos que ser capaces de combinar responsabilidad económica con transformación social; estabilidad con redistribución; gestión con esperanza; pragmatismo con principios.
Porque gobernar significa asumir responsabilidades. Pero ser de izquierda también significa estar dispuesto a asumir costos políticos cuando están en juego nuestros principios y nuestras convicciones.
La democracia, los derechos humanos, la paz, la igualdad, la solidaridad y la defensa de los pueblos frente a la violencia y la opresión no pueden depender de cálculos electorales. Tampoco podemos resignarnos a administrar las desigualdades que dijimos que veníamos a transformar.
No alcanza con gobernar
Una izquierda que gobierna debe demostrar que otra sociedad es posible, pero fundamentalmente debe comenzar a construirla.
No alcanza con ganar elecciones. No alcanza con administrar correctamente. No alcanza con explicar las restricciones.
Hay que gobernar bien, pero también hay que transformar.
Y transformar significa tomar decisiones, establecer prioridades, disputar intereses, asumir contradicciones y aceptar que algunos cambios tendrán costos políticos.
El desafío es hacerlo con responsabilidad democrática, con seriedad económica y manteniendo un vínculo permanente con la sociedad.
El Frente Amplio necesita volver a generar esperanza, primero entre nuestra gente, pero fundamentalmente en una sociedad que espera señales claras de que el cambio por el que tantas veces luchamos sigue siendo posible.
Entre la prudencia de gobernar y el coraje de transformar se juega, en buena medida, la respuesta a una pregunta que no podemos eludir: qué izquierda queremos ser.
Gerardo Amengual es integrante de la Dirección Nacional de SER, lista 141 FRENTE AMPLIO.
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias