Otelo y el Daimón. Marcelo Marchese
29.09.2026
Erran quienes repiten que el Otelo de Shakespeare refiere a los celos, pues confunden el vehículo con el propósito y pierden de ver el profundo sentido de la obra. Se trata entonces de traer a luz aquello que se encuentra oculto.
Los celos abundan en la obra, pues Yago siente celos de Cassio y de Otelo; Otelo siente celos de Cassio; Brabancio, padre de Desdémona, casada con Otelo, siente celos de Otelo; y Bianca, amante de Cassio, siente celos de una mujer desconocida. Los celos le harán perder la cabeza a quienes los padecen y a todos los demás, ya que esa pasión que siempre encuentra pruebas en las que ampararse es una fuerza destructora.
Los celos son un viaje directo al pasado de la especie, cuando primaba la regla de todos con todos. La prohibición del incesto y la imposición de la monogamia ordenaron aquel caos, pero la naturaleza vuelve de tarde en tarde por sus fueros.
¿Sentimos celos de alguien ayuno de poder? Jamás, y ese aspecto brillante de la persona celada delata la esencia de los celos: deseamos en el enemigo aquello de lo que carecemos, pues nos ha arrebatado aquello que nos hacía únicos.
Existe otra vuelta de tuerca en los celos, pues si deseamos en el enemigo aquello de lo que carecemos, por fuerza, deseamos al enemigo, y si nosotros deseamos de esta manera, el objeto de amor que creemos en peligro debe desear cosas parecidas, por lo que caemos en un vórtice de sentimientos ingobernables.
Queda aún por reseñar otra vuelta de esta espiral perversa.
Shakespeare pone en boca de Yago lo siguiente: "Oh, mi Señor, ¡cuidado con los celos! Es el monstruo de ojos verdes que se burla de la carne de que se alimenta; dichoso vive el cornudo que, seguro de su destino, no ama a quien lo ofende; pero ¡oh! qué minutos condenados atraviesa aquel que adora y, sin embargo, duda, sospecha, y sin embargo, ama intensamente"
Hay aquí una perfecta definición de toda enfermedad, ese monstruo de ojos verdes que uno crea para que lo devore. Si los celos son un viaje de ida al ser primitivo, significa que el hombre se aleja de su centro, si a su vez desea aquello que no tiene, se aleja aún más y si duda de aquello que sus instintos le gritan al oído, si se debate entre lo que siente y aquello que el objeto amado niega, se aleja al grado de caer en el vórtice del que hablamos, pero ahora convertido en un remolino sin orillas.
Todo esto transcurre en la vida real, es decir, en la cabeza del celoso, al menos, en el caso de Otelo, que como dice Borges, padece de un complejo de inferioridad ya que es mayor que Desdémona, ella es veneciana mientras él es musulmán y además, negro. Otelo, en la mirada de Yago, y luego en la mirada del propio Otelo, con esa su boca brutal se encuentra más próximo al animal que al hombre blanco.
Si no fuera por su complejo, por la idea de no ser digno del amor de Desdémona, las insinuaciones de Yago no tendrían fuerza. Todo aquí transcurre, como siempre, en el mundo de las palabras; el propio nombre de Othello nos lo informa, así como el nombre de la amada, Desdémona, ya que el poeta sabe que nombre es destino.
Se ha querido interpretar el nombre de Desdémona como la malhadada, pero el sentido del nombre Desdémona refiere a Otelo así como Yago, Yo, un otro Yo, I en inglés, nombre que deviene de Jacobo, refiere a Otelo. Todos los personajes son facetas de Otelo así como todos los personajes son facetas del poeta.
Son las palabras de Yago, esa parte traidora de Otelo, las que lo pierden. Otelo está demasiado atento a las palabras ajenas que encuentran eco en su trauma.
Este aspecto de Otelo es tan importante que Auden señala que es Yago quien hace avanzar la obra, sin embargo, se equivoca, y lo mismo Nietzsche con respecto a Bruto y Julio César, al decir que cualquier consideración sobre Otelo debe ocuparse no de su héroe sino de su villano.
Shakespeare situó como villano a un judío en El mercader de Venecia, siendo Venecia la capital del imperio financiero del Renacimiento mediterráneo y ciudad cosmopolita, como suelen ser las capitales de los imperios. En esa misma ciudad vuelve a situar al judío como villano y al mismo tiempo al moro, no esta vez al cristiano, como víctima.
Este enfrentamiento permite dilucidar una cuestión problemática relativa al parlamento final de Otelo cuando, según la edición conocida como First Quarto de 1622, se culpa de haber arrojado lejos de sí, como un bárbaro indio, una perla más valiosa que toda su tribu, mas en la edición conocida como First Folio de 1623 no se culpa "como un bárbaro indio", sino "como un bárbaro judío".
El moro Otelo, un extranjero, ha ocupado una posición de poder en la sociedad cristiana. El judío Yago, que ha revelado su esencia en el primer acto como antítesis de las palabras de Yahvé al presentarse a Moisés: "I am not what I am", es parte de la sociedad cristiana y conspira contra el moro. Otelo se ve en el espejo de su enemigo y se transforma en su propio enemigo: "el monstruo de ojos verdes que se burla de la carne de que se alimenta", y así arroja lejos de sí, como el bárbaro Judas, una perla, el Daimón, más valiosa que toda su tribu.
Es imposible pensar en Shakespeare sin pensar en Sófocles. Los siglos no han logrado separar esas almas gemelas, esa necesidad de revelarnos los dramas en una escena que no es otra cosa que nuestra vida.
Otelo es el hombre y sus acechanzas. En esta vida conviene no olvidar que no hay mayor enemigo que nosotros mismos. No pocas veces las palabras del Yago interior pretenderán llevarnos por mal camino y harán que perdamos nuestro centro. Ese centro es incorruptible, ya que Desdémona, herida de muerte, se culpa a sí misma para salvar a su amor. El Daimón es fiel hasta el final. Nuestro error radica en creernos extranjeros en esta tierra. A Otelo la ausencia de confianza en sí mismo le hará perder su Daimón, su cargo y su vida, pero pide a los testigos que lleven a Venecia su historia para que a todos les sirva de lección.
Perfectamente sé, amable lector, que jamás habías escuchado una interpretación parecida de esta obra. Dije "escuchado" y no leído, pues cuando la verdad se revela se lee como si se escuchara, y además Shakespeare no se preocupaba porque alguien lo leyera (imprimió muy poco) sino porque lo escucharan, así que estas palabras quieren rendir tributo al verdadero poder de la palabra y quieren decirte, en la despedida, que debemos proteger a nuestro Daimón, el Dios, y para ser más preciso, la Diosa que anida en cada uno de nosotros.
¿Vale?
Marcelo Marchese
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias