Parar a tiempo. François Graña
04.01.2026
La Isla de Pascua, de 163 quilómetros cuadrados, forma un triángulo cuyos lados miden entre 15 y 25 quilómetros. Su nombre en idioma autóctono es Te Pito o Te Henua, "el ombligo del mundo". Debe su celebridad a los moais, esculturas en piedra alineadas en la costa cual gigantescos vigías; el enigma de su origen ha dado rienda suelta a toda suerte de especulaciones.
Recientes estudios comparativos de ADN confirman una vieja sospecha: los primeros pobladores habían atravesado el Pacífico provenientes de las islas Polinesias, a unos 3.500 quilómetros de allí. La técnica de datación con Carbono 14 determinó la época del evento: los años 700 de nuestra era.
Cuando fueron "descubiertos" por navegantes holandeses, los isleños llevaban un milenio en completo aislamiento del resto del mundo. Esto ocurrió en 1722, muy precisamente el día en que los cristianos conmemoran la Pascua de Resurrección. Triste paradoja; la fecha festiva para los recién llegados, marcó para los lugareños el comienzo de un horror duradero: devastación, extrañas enfermedades mortales, esclavitud, exterminio liso y llano.
Los rapanui -así se llaman los habitantes autóctonos de la isla- fueron diezmados en pocos años. A la violencia directa se le sumaron la sífilis y la viruela, también introducidas por los cruzados de la civilización. Los barcos esclavistas que allí recalaban en su ruta a América, se llevaron buena parte de los sobrevivientes. Los rapanui habían llegado a ser miles; a un siglo de la llegada de los blancos, su número total sobrepasaba escasamente el centenar.
Con el paso del tiempo, se espesaba el velo de misterio que recubría la historia de los moais. Aquellos pacíficos moradores contaban leyendas fragmentarias e incongruentes acerca de los gigantes alineados en la playa, cuya pétrea mirada parecía clavarse en algún punto del horizonte. Por otra parte, el virtual exterminio físico y cultural del pueblo nativo amenazaba con sellar para siempre la lápida de silencio.
¿Quienes habían tallado esos enormes bloques de piedra? ¿Cómo habían podido hacerlo con tanta destreza? Y había algo aún más intrigante. Las macizas y pesadas esculturas en roca volcánica provenían de otra parte de la isla (la cantera de donde fueron extraídas, está bien identificada). ¿Cómo habían sido transportadas hasta allí...?
Hallazgos arqueológicos recientes avivaron la esperanza de salir de la perplejidad, sin tener que recurrir a la tesis de los extraterrestres popularizada por el escritor suizo Erich von Däniken en los años '70 y llevada luego al cine.
Sucesivas capas de fósiles indican que la isla fue prolífica en especies de grandes pájaros marinos, y que a la llegada de los navegantes polinesios, estaba recubierta por un tupido bosque de palmeras.
Esto resultaba tanto más asombroso, cuanto que los relatos de los holandeses describían un paisaje sin árboles y con escasos pájaros. Era evidente que, en algún momento, las palmeras y las aves habían desaparecido casi por completo de la faz de la isla. ¿Qué había pasado?
Los colosos de piedra guardaban la respuesta; pero sólo la pregunta adecuada los sacaría de su mutismo.
En excavaciones practicadas a lo largo y a lo ancho de la isla, fueron halladas herramientas de diferentes épocas; aun las más rudimentarias parecían aptas para el laborioso tallado de las estatuas. Durante siglos, las tribus rivales se habían esmerado en hacerlas cada vez más grandes y perfeccionadas. Su traslado hasta el borde de los acantilados sólo pudo realizarse de un modo: deslizando las moles de piedra sobre troncos de palmeras.
Con la tala de los últimos árboles, las aves perdían su hábitat y los isleños su materia prima para la construcción de canoas de pesca. Privado de su protección natural, el suelo quedó expuesto a una erosión imparable; tocaba a su fin la agricultura otrora floreciente. La catástrofe ya era irremisible.
Los fósiles aportan indicios de una cruenta guerra entre tribus por un alimento cada vez más escaso, habiéndose llegado hasta el canibalismo. Fueron exhumados centenares de esqueletos de mujeres y hombres con sus cráneos hundidos a golpes. Escuálidos personajes tallados en piedra delatan la hambruna por la que se debió pasar. Es de esa misma época la destrucción de numerosas estatuas: ¿acaso el resultado de la furia de los isleños contra los dioses que los habían abandonado? No lo sabemos. Probablemente, ésta y otras interrogantes queden sin respuesta.
A despecho de numerosas incógnitas aún en pie, ya había una explicación congruente de la decadencia en que se había sumido aquella comunidad: en resumidas cuentas, un desastre ecológico causado por la actividad humana.
La secuencia lógica del colapso ambiental, la penuria alimentaria y la violencia fratricida, encontraba asidero en las evidencias empíricas desenterradas. Pero la certeza relativa cedía el paso a nuevas incertidumbres. En sus relatos, los conquistadores de 1722 describían isleños armoniosos y bien alimentados. Eran, sin asomo de duda, descendientes de quienes habían vivido los años de horror. ¿Cómo se sobrepusieron a la violencia y al hambre? ¿Cómo lograron remontar la pendiente de la degradación humana...?
La reinterpretación de vestigios existentes, ciertos episodios incorporados a la tradición oral, más una pizca de imaginación, se amalgamaron en la elaboración de respuestas plausibles a tales interrogantes.
En cierta parte de la isla se habían encontrado grabados en piedra que representan un ser mitad hombre y mitad pájaro. Las técnicas de datación probaron que eran posteriores a la hambruna, las masacres y la destrucción de estatuas. En un islote situado a unos mil metros de distancia, anidaban aves que otrora habían poblado la isla. Una vez al año, cada tribu elegía a un joven atlético y resistente que la representaría; los competidores debían nadar hasta el islote, recoger el primer huevo de la temporada y entregarlo sano y salvo a los jefes de sus respectivas comunidades. El trayecto estaba infestado de tiburones, por cuanto la travesía constituía en sí misma un acto de heroísmo.
El ganador era ungido con la distinción de Tangata Manu, hombre-pájaro del año. En el mismo acto, su clan adquiría el derecho a administrar los asuntos de todas las tribus por un año. Pero sobre todo, quedaba a cargo de la recolección de los huevos y aves marinas de la isla, así como del racionamiento de esos magros recursos alimentarios.
La guerra de todos contra todos había empujado a los isleños al borde de la extinción; finalmente, consiguieron pactar un modus vivendi que aseguró por mucho tiempo la convivencia pacífica. Pero se desplomaron, inermes, ante las armas de fuego, las enfermedades traídas por los europeos, el tráfico de esclavos y los misioneros que prohibieron sus rituales.
La isla se encontraba tan sola en el Pacífico como lo está nuestro planeta en el Universo. El consumo vertiginoso de recursos no renovables, la pérdida irreversible de biodiversidad, el recalentamiento global, la vulneración de equilibrios ecológicos de consecuencias impredecibles, y la amenaza de una guerra nuclear, pueden llevar a la extinción de nuestra especie.
¿Tendremos la inteligencia de los rapanui, que supieron parar a tiempo?
François Graña
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias