Piero en Punta del Este. Un recuerdo a modo de despedida. Alejandrina Morelli
11.10.2026
Amanecí con la noticia: murió Piero.
Recordé sus inicios en los años sesenta y sus primeras apariciones en la televisión: un muchacho tímido, de rulos y anteojos, que hablaba de ternura con una voz suave y una mirada divertida. Era el antihéroe. No era disruptivo, no tenía el pelo largo ni hacía vibrar una guitarra eléctrica; sin embargo, sus canciones eran enormes, contundentes.
A fines de los sesenta actuó en Punta del Este, como cierre musical de uno de los famosos concursos de belleza "Reina de Punta del Este", que hoy parecen piezas de arqueología.
Sus anfitriones lo llevaron a la playa de moda: La Olla, ese rincón de la Playa Brava donde los jóvenes estrenaban un nuevo deporte acuático, el surf. En esa zona no había carpas y se podía colocar la sombrilla libremente, lo que en ese entonces resultaba toda una novedad. La moda de las sombrillas libres competía como "moderna" frente a las clásicas carpas de Mar del Plata, que se alquilaban con anticipación a precios siderales.
También había allí un chiringuito que vendía tragos y platos sencillos. Era la época del "Gin-tonic" y recién llegaba de Miami -lugar de exilio de los cubanos antirrevolucionarios- el "Cuba libre".
Era una playa de juventud donde se armaban los planes para ir a andar en bicicleta, a navegar o a la playa de Portezuelo a ver el atardecer y a bailar a la noche. Los muchachos tomaban su trago de pie, charlando en rondas espontáneas, mientras las chicas tomaban sol en una exposición velada de sus dotes anatómicos.
Como yo no me sentía linda, me dedicaba a "hacer la temporada". Ese año estaba trabajando para Charlie y Teddy, una casa de fotografía muy conocida que nos contrataba para recorrer las playas haciendo fotos que luego se exponían en formato pequeño para que los veraneantes pudieran elegir de cuál hacer ampliaciones en papel y llevarse de recuerdo. También, claro, estaban los que iban a revisar los rollos sacados la noche anterior en los boliches y restaurantes para pescar a alguien in fraganti.
Cuando distinguí a Piero en una de las rondas de varones, me colé y en algún momento quedé a su lado. Le hice una seña a un colega fotógrafo de playa para que nos inmortalizara juntos. Podría haber quedado en eso: un truco, una broma de una fan más sacándose una foto con su artista predilecto. Pero en este caso esa imagen desencadenó una incipiente amistad.
Hablamos y me prometió dedicarme un tema en el show de esa noche. Ansiosa, seguí el desfile y escuché atenta. La canción apareció dedicada a "una amiga", lo cual me hizo sentir aludida de forma muy tangencial. Me preguntaba: ¿a cuántas "amigas" le habrá hecho la misma promesa?
Mi historia con Piero no terminó allí.
En Buenos Aires lo fui a ver a un teatro de la avenida Corrientes; me animé a acercarme a la salida y nos fuimos a tomar un café. Acababa de fallecer su hijo Mariano, con apenas 40 días de vida, de muerte súbita, y estaba atravesando el duelo. En mi casa mis padres también habían perdido a su primer hijo, y esa ausencia aún se notaba.
Ya habían empezado los setenta y sus canciones cambiaron de tono: entraron en los comités, en las unidades básicas, en los estudiantes y en los obreros. Para el pueblo lo que es del pueblo o Los americanos se convirtieron en auténticos himnos.
Luego vinieron las persecuciones, los exilios y los derroteros de la vida. Volvió a Buenos Aires con proyectos de música infantil y la fantasía de sostener con eso un hogar de niños que nunca llegó a funcionar. Yo volví como corresponsal de diarios de Uruguay y le hice varias entrevistas. Cada tanto nos cruzábamos en la avenida Corrientes o en alguna muestra de arte.
La última vez que lo vi, hace unos años, no me reconoció. Supe que era la última.
El viernes leí la noticia: murió Piero, cuando aún suenan los acordes de "Cuando yo me muera..." y está fresca la memoria de la movilización popular de despedida al Indio Solari.
"Vengo desde el barrio chico / de mi cuadra de casas alargadas", cantabas. Sabemos de dónde venías, Piero, pero no a dónde vas.
Alejandrina Morelli es argentina, periodista, escritora, emprendedora, gestora cultural, trabajó como corresponsal de diarios uruguayos en Buenos Aires. Dirigió dos ediciones del Festival Internacional de Cine de Punta del Este, donde vive desde 1996. Fue Coordinadora de la edición 2013 del Festival de Cine de Derechos Humanos. Fue nombrada ad honorem Responsable de Cultura de la Dirección de Género de la Intendencia Municipal de Maldonado.
Foto: Infobae
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias