Política Siglo XXI: oferta y demanda. Stefano Casini
24.09.2026
Estamos viviendo una revolución política exasperada por la transparencia ética. ¿Es un movimiento consciente para mejorar la aceptación de los pueblos? ¿Una postura para adecuarse a los bajísimos estandares de educación?......¿o es un sinceridicio?
Lo veo como el fin de los eufemismos y la llegada de una crudeza transaccional explícita, en la cual, la política, no se disfraza más, atrás de narrativas románticas o ideológicas complejas y opera a la luz del día.
El caso más reciente es el de Donald Trump, un personaje que quedará en la historia como el peor o el mejor mandatario del siglo XXI. La más loca de sus propuestas fue hace unos días, en la Convención Nacional Republicana en Dallas, a poco de las elecciones legislativas de mitad de término (midterms). Prometió explícitamente un pago único de 5,000 dólares a todos los adultos estadounidenses, bautizándolo como el "Dividendo Trump". Si su partido se queda con el control de la Cámara de Representantes y del Senado, todos los votantes mayores de edad, recibirán 5.000 dólares, una tantum. Imaginemos un padre, una madre y 4 hermanos mayores de edad.... son 30.000 dólares de una!
Los demócratas lo tacharon de compra abierta de votos, mientras que los economistas, se preguntan como lo podría hacer. Él insiste en que se pagará con la recaudación de sus políticas arancelarias. Es el ejemplo perfecto del pragmatismo transaccional.
Muchos mandatarios de izquierda tomaron otro camino, no menos suicida. Empezó Amlo en México que, en uno de sus discursos dijo: No es un asunto personal, es un asunto de estrategia política. Ayudando a los pobres va uno a la segura, porque ya sabe que cuando se necesite defender, en este caso la transformación, se cuenta con el apoyo de ellos. No así con los sectores de clase media, que, cuando dejan de ser pobres se convierten en nuestros enemigos".
El fenómeno real es conceptualmente opuesto al de Trump, pero los dos son estrategias políticas para conseguir votos. Conclusión? La fidelidad electoral se puede comprar con plata o con ayudas sociales. ¿No parece un sincericidio político?
Durante siglos, la política del mundo libre se sostuvo sobre una elaborada arquitectura del disimulo. Los líderes de todas las ideologías, construían narrativas de Estado, a través del progreso social, el mérito individual, el fin de la pobreza, el fortalecimiento de las instituciones, baja de impuestos....bla bla bla! El poder precisaba metáforas, una mística sofisticada y un decoro intelectual para esconder los hilos crudos del control.
En el siglo XXI, cambió todo, produciéndose algo así como una mutación antropológica e intelectualmente inesperada: el fin de los eufemismos. Lo que tenemos hoy, o es un sincericidio político, o, peor, es la confirmación que un votante es puro negocio.
Por primera vez en la historia contemporánea, líderes de gran peso geopolítico, se animan a verbalizar, sin filtros, las verdades transaccionales que antes solo se discutían en los pasillos de las salas de estrategia.
La política moderna decidió ya, en países, supuestamente democráticos, tratar al ciudadano, abiertamente, como un cliente. Esta práctica no discrimina ideologías, cruzando, transversalmente, desde el populismo de izquierda en América Latina a la derecha nacionalista de Trump, demostrando que el tejido cultural global se volvió analfabetismo mental. Las masas ya aceptan, con plena consciencia, las reglas de un juego sucio que se suma al voto al menos malo.
Por un lado, está la izquierda continental latinoamericana, que quebró el histórico tabú del asistencialismo. Durante décadas, las transferencias económicas se vendieron con la promesa de la movilidad social: El falso discurso era que el ciudadano podía salir de la pobreza, arrimándose a la clase media.
Hoy, la narrativa se sustituyó por una franqueza utilitaria. López Obrador en México, Petro en Colombia, Chávez y Maduro en Venezuela u Ortega en Nicaragua, sintetizaron esta doctrina sin rodeos, declarando que el apoyo a los sectores vulnerables es una "estrategia política". Ayudar a los pobres,, es «ir a la segura», dice Amlo, porque garantiza una base social leal, dispuesta a defender su proyecto político, algo que no ocurre en la clase media, más propensa al bienestar y el pensamiento crítico.
Los políticos "siglo XXI", se dieron cuenta que, sacándole a la fuerza el pensamiento crítico a las masas, con plata o con las promesas de "yo te sigo manteniendo", los votos llegan de a millones, ayudados por diabólicas IA incrustadas en los BIG DATA. Bajo esta óptica impuesta por el eje bolivariano, la pobreza deja de ser un problema para erradicar y se convierte en un capital electoral gestiobable. Mantener al individuo dependiente del Estado se vuelve el diseño del sistema.
En las antípodas ideológicas de la izquierda, encontramos la crudeza transaccional en su máxima expresión, en la figura de Trump, que rompió todos los moldes éticos y tradicionales lanzando el «Dividendo Trump»: "si gano te pago". Lo que en cualquier otro período histórico se habría vuelto un escándalo de clientelismo bananero, hoy se celebra en estadios repletos que aplauden como a su cantante favorito. Ojo! Esto pasa también en millones de hogares norteamericanos, mientras ciudadanos de carne y hueso, aprietan su bandera lagrimeando. Trump no esconde una sofisticada reforma tributaria o en una teoría macroeconómica que nadie entiende: ofrece plata cash a cambio de ganar las elecciones.
Toda esta locura nos demuestra que las sociedades modernas completaron una transición cínica. El electorado ya no se escandaliza frente a la manipulación de la pobreza ni frente a la oferta monetaria directa; parece premiar a quienes se atreven a hablarles sin hipocresía. El verdadero peligro del sincericidio político no es que los líderes mientan menos, sino que digan la verdad sobre sus peores intenciones y descubran que no hay consecuencias ni respuestas.
Esto nos confronta con una realidad diabólica: el mundo está conscientemente preparado para aceptar cualquier cosa. Desde la resignación de tutelar la pobreza como un modelo de supervivencia partidaria, hasta la reducción del voto democrático al valor nominal de un cheque de U$D 5,000. Ahora los mandatarios están poniendo en palabras lo que el espejo de la sociedad actual refleja: un mercado de voluntades donde la dignidad institucional fue reemplazada por la oferta del día.
Andrés Manuel López Obrador, siendo Presidente, sintetizó esta doctrina admitiendo abiertamente que el asistencialismo es una «estrategia política» porque ayudar a los pobres es «ir a la segura». Pero el sincericidio continental va más allá.
En el ala intelectual del chavismo se llegó a expresar frente a una cámara, el verdadero miedo al poder con una amenaza directa «A los pobres, no los podemos subir a la clase media, porque dejan de ser pobres y pasan a ser nuestros enemigos». Una tesis que el ex presidente colombiano Gustavo Petro refrendó al asegurar que cuando el pobre prospera «se vuelve de derecha», transformándose en turista en Miami y un detractor de su modelo político. Con esta óptica, la pobreza no es más un problema para erradicar, es un capital electoral para gestionar y retener: el ascenso social no es la meta del sistema, es su principal amenaza.
Y esta lógica llegó a Uruguay. El FA atraviesa momentos críticos y hasta existenciales, que se reflejan en un bajísimo apoyo popular, prendiendo las alarmas de los dirigentes. Este desgaste responde al agotamiento de un relato histórico de "justicia social" que choca con la realidad de un electorado que ya no cree en el romanticismo ideológico. Quedando atrapado en promesas de bienestar y quedar entrampado en disputas internas, el FA, vive en carne propia el costo del cinismo de la época. Cuando las transferencias de recursos o los discursos de barricada en un comité de base, no se perciben más como conquistas de derechos, se vuelven ridículas herramientas de fidelización partidaria....que se vuelve desencanto. La crisis existencial de la izquierda uruguaya es el síntoma local de una enfermedad global. La gente descubrió el truco detrás de la magia asistencialista.
Claramente sigue habiendo y en aumento, una masa crítica que crece, que prefiere ni moverse, total, el estado me mantiene!!! Ya nadie se escandaliza frente a la manipulación de la pobreza o frente a la oferta monetaria directa. El peligro del sincericidio político no es que los líderes mientan menos, sino que ahora dicen la verdad sobre sus peores intenciones y, milagro!!!!
No hay consecuencias. Como que el mundo está conscientemente preparado para aceptar cualquier cosa. Al final, la pobreza hay que tutelarla bien porque es un modelo de supervivencia partidaria o, si no, se puede reducir un voto democrático al valor nominal de un cheque de 5,000 dólares.
Los "elegidos democráticamente" son los que están poniendo en palabras, lo que el espejo de la sociedad actual refleja: un mercado de voluntades donde la dignidad institucional fue reemplazada por la oferta y la demanda.
Stefano Casini es periodista. Empezó en Radio Clarín, su primer noticiero en 1968. Después continuó por L'Eco D'Italia, L'Ora D'Italia, Guía Financiera, suplementos en El País, El Observador, La República, fue 23 años Corresponsal de RAI, Gente dItalia, 5 años de Radio TV Suiza Internacional y 2 años de CNN.
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias