Racismo y sometimiento en el fútbol mundial. Carlos Pérez Pereira

16.07.2026

En EEUU, la mayoría de los jugadores (fútbol, basquetbol) son nietos o bisnietos de afro estadounidenses, esclavizados en las granjas sureñas de algodón.

En otros países las situaciones divergen, pero el contexto histórico de sumisión y esclavización tiene raíces históricas similares.  En Francia, los futbolistas descienden de emigrantes de colonias francesas de África (Argelia, Marruecos, Camerún, Mauritania, Madagascar, Senegal, Guinea, Costa de Marfil, Somalia, etc.) Lo mismo podemos decir de Colombia, Brasil, Perú, Ecuador y otros países latinoamericanos.  

En otros países también ocurre esta asimilación. En México, la mayoría de la población es de origen azteca y de alguna otra etnia norte o centroamericana. Se advierte en sus jugadores.  

En Europa, los grupos de emigrantes son derivados (o eran, ahora los devuelven a su país de origen) a los aledaños de las grandes ciudades. Y como allí se juega al fútbol desde pequeños, los clubes van a buscar niños que prometen (ejemplos, Mbapé, Dembelé, Yamal) para sus divisiones formativas. En todos estos países, los resultados están a la vista; siempre se destacan como excelentes deportistas, hábiles con la pelota y con buena resistencia física.

O sea que, de algún modo, los emigrantes están integrados al país que se enriqueció con el robo descarado de las riquezas de sus territorios. No hay excusas para el colonialismo (ni tampoco se puede cambiar el pasado), está claro, y estas medidas son meros paliativos de un crimen histórico de sometimiento de pueblos enteros, que aún perdura, aunque por otros mecanismos más sofisticados y menos evidentes. Evitar la discriminación actual sería una buena forma de reparación del crimen anterior, pero aún eso es difícil.

¿Es cierto que los argentinos y uruguayos descienden de europeos bajados de los barcos?

Algunos europeos han acusado a los argentinos de racistas (no tanto a Uruguay, desde las hazañas olímpicas del legendario Isabelino Gradin), porque no tienen jugadores descendientes de etnias sudafricanas, ni de pueblos originarios precolombinos. Los argentinos responden que en su país no hubo esclavos africanos, o hubo pocos, lo cual es parcialmente cierto. (Digamos, de paso, que Montevideo fue un centro de comercialización de esclavos, en tanto Buenos Aires no). Pese a ello, no convencen sus explicaciones sobre la ausencia de jugadores descendientes de pueblos originarios, habitantes del sur de su país.  Luego de las limpiezas étnicas, como las perpetradas por el presidente General Roca, era imposible para esos pueblos, dedicarse a practicar fútbol o cualquier otro deporte occidental y cristiano, como lo hicieron los hijos de africanos emigrantes en EEUU y en países europeos. Corridos, despreciados, marginados, los pueblos "pampas", mapuches, tehuelches, tobas, collas y otros, no tenían otro motivo que sobrevivir y tratar de salvarse de las matanzas o escarmientos programados por gobiernos genocidas.

En cuanto a las expresiones racistas de los argentinos, de las cuales nosotros los uruguayos no estamos demasiado alejados, son abundantes y dan la razón a sus acusadores. Argentina y Uruguay se precian de tener las poblaciones más europeas del continente americano. Lo cual está refrendado en su historia de imposición sobre otros pueblos, sacrificados en beneficio del montaje de civilizaciones "occidentales y cristianas". Gobiernos de ambos países tienen unos cuantos muertos en el ropero, por lo que nos deberían "doler prendas" en tal sentido. Y no solo por los intentos de genocidios registrados, sino también en la realidad actual. En estos países "europeizados", generalmente orgullosos de sus raíces, el odio racial suele estar por encima del resultado de los partidos. Y no solo contra sus propios conciudadanos, sino contra pueblos de otras regiones latinoamericanas. Recordemos aquel famoso informe televisivo del noticiero del canal CRONICA, en imagen de primera plana: "ULTIMO MOMENTO, PROVINCIA DE CHACO:  En accidente de tránsito fallecen dos personas y tres bolivianos", y cosas por el estilo.

Para nivelar la situación, digamos que, en países europeos, como en EEUU, las expresiones y acciones racistas proliferan, más que en otros lares. Recordemos los gestos imitadores de monos, en las tribunas del estadio Santiago Bernabéu del REAL MADRID, contra los jugadores negros de su propio equipo. Es famoso el caso de un jugador colombiano que se retiró de la cancha con los ojos llenos de lágrimas, en medio de las burlas de la parcialidad madrileña. De nada valía ser considerado uno de los mejores jugadores del club. A raíz de este escándalo, se decidió que los jueces podrían detener los partidos, si detectaban expresiones discriminatorias. Eso desalentó a los delincuentes, por un tiempo. Para evitar sanciones, los racistas hinchas del "Madriz" (aunque no es el único caso) expelían sus excrementos mentales fuera de los estadios, allí donde la larga mano de la justicia futbolera nada puede hacer.

"Te lo mereces, por rebelde". Cuentan que, entre las propuestas de Diego Maradona, de formar un sindicato mundial de jugadores, para defender los intereses de éstos en contra de la FIFA, estaba la de luchar contra el racismo, por lo cual los mismos futbolistas detuvieran el partido al oír expresiones discriminatorias de las hinchadas. Nadie le llevó al apunte al astro argentino quien, con toda su rebeldía y su frustración a cuestas, selló su destino de paria indeseable para el sistema.  

El juego de fútbol ha sido inficionado con tal fuerza por ansias mercantiles, transformado en mecanismo de producción de riquezas para dirigentes, contratistas y jugadores, que propuestas como las de Diego Maradona, desentona. Al mismo Maradona (un genio como jugador) lo redujeron a estatuas de mármol, junto con sus ideas, tanto en el fútbol argentino como en el fútbol mundial. Sedientas de ídolos, las masas olvidan esas rebeldías y acogen la docilidad de Lionel Messi, sin duda hoy por hoy el mejor del mundo, pero sin ser más que "un triste remedo de la felicidad", sometido a un espectáculo de adhesión frívola, interesada y controlada. Bastó que el jefe máximo de la "mafia de la FIFA" arropara a Messi, le rindiera una calculada pleitesía, para que aquellos valores se esfumaran. Messi es una mina de oro por sí mismo. A Maradona lo elevaron a la categoría de ídolo y luego lo mataron (como el dios Cronos, que se come a sus propios hijos). Con Messi no necesitan hacer lo mismo. El mejor jugador de la actualidad, el más rentable para los poderes que manejan el espectáculo, es un modelo de sumisión a los amos y se aprovecha de ellos. Un pacto con el Diablo, que rinde a las dos partes. Les sigue la corriente, acepta su adulación, los recibe con los brazos abiertos, porque sabe que la facturación de los millones a su favor es segura y reproducible.

Es probable que Argentina, aun así, merezca el campeonato del mundo, cuya final se jugará este domingo. Pero su triunfo, si se da, quedará teñido de una suspicacia mundial inevitable. Sus jugadores, incluyendo a Lionel Messi, son buenos y luchadores y son merecedores. Pero no se merecen este contexto, contaminado por la desconfianza, donde se mezcla la adulación y ambición por el éxito económico de los poderosos del planeta.

Trump e Infantino estarán más cómodos entregando la copa FIFA a un argentino domesticado, que a un equipo donde juega Lamine Yamal, joven y atrevido jugador español (descendiente de emigrantes) que, en los festejos del campeonato de Europa, tuvo el tupé de levantar la bandera de Palestina Libre. Y porque Lamine no fue a llorar al muro de los lamentos.  

 

Carlos Pérez Pereira

Columnistas
2026-07-16T19:27:00

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias