Ser de izquierda: mucho más que una identidad. Gerardo Amengual
14.08.2026
En el Uruguay del siglo XXI, los valores también deben expresarse en conducta, gestión y resultados.
Ser de izquierda en el siglo XXI no puede reducirse a una identidad heredada, a la pertenencia a una organización política ni a la reivindicación de una historia, por más valiosa que esta sea. Tampoco alcanza con declararse de izquierda. La pregunta fundamental es qué significa serlo hoy, frente a una sociedad que cambió profundamente y a ciudadanos que reclaman respuestas concretas a problemas también nuevos.
La izquierda nació y creció vinculada a una idea esencial: la lucha contra la desigualdad y la construcción de una sociedad más justa. Ese principio mantiene plena vigencia. Pero las formas de la desigualdad se han transformado. A las diferencias de ingresos y patrimonio se suman hoy desigualdades educativas, territoriales, generacionales, tecnológicas y de acceso a oportunidades.
Ser de izquierda hoy también implica asumir como propias la equidad de género y la igualdad racial. No puede hablarse de una sociedad verdaderamente justa mientras persistan desigualdades, discriminaciones o barreras vinculadas al género o al origen racial. La igualdad debe expresarse en derechos, oportunidades, acceso al trabajo, educación, participación y reconocimiento. Combatir toda forma de discriminación y construir una sociedad donde ninguna persona vea limitado su futuro por su género, su origen o el color de su piel forma parte de la sensibilidad y del compromiso ético de una izquierda democrática en el siglo XXI.
Por eso, ser de izquierda hoy significa, antes que nada, no acostumbrarse a la desigualdad.
Significa que la pobreza infantil no puede ser aceptada como una realidad inevitable. Que el lugar donde nace un niño no debería determinar las oportunidades que tendrá durante toda su vida. Que una educación pública de calidad continúa siendo una de las herramientas más poderosas para construir libertad e igualdad.
Significa también comprender que no existe verdadera justicia social sin trabajo. El trabajo no es solamente ingreso: es autonomía, integración, dignidad y posibilidad de construir un proyecto de vida. Una izquierda del siglo XXI debe pensar simultáneamente en distribución y producción, en derechos y desarrollo, en protección social e inversión. Necesitamos generar riqueza para poder distribuirla con justicia.
Gobernar para transformar
Existe además una cuestión que la izquierda debe asumir con particular responsabilidad cuando gobierna: las intenciones no sustituyen los resultados.
La ciudadanía evalúa a los gobiernos por su capacidad para mejorar la vida cotidiana. Seguridad, vivienda, salud, educación, empleo, salarios, jubilaciones y calidad de los servicios públicos forman parte de esa evaluación.
Por eso, gestionar bien también es una política de izquierda.
Un Estado comprometido con la justicia social debe ser, al mismo tiempo, un Estado eficiente. Defender lo público no significa justificar sus errores o ineficiencias. Significa trabajar permanentemente para que funcione mejor y para que sus recursos lleguen prioritariamente a quienes más los necesitan.
La autocrítica también debe formar parte de nuestra cultura política. Una organización que pierde capacidad de escuchar a la sociedad corre el riesgo de hablar cada vez más consigo misma. La izquierda debe estar presente en los barrios, en los lugares de trabajo, junto a los pequeños empresarios, los trabajadores independientes, los jóvenes, los jubilados y las nuevas formas de organización social.
Representar no es solamente hablar en nombre de la gente. Es escucharla.
Libertad, democracia e institucionalidad
Ser de izquierda en este siglo implica igualmente una defensa inequívoca de la democracia.
No puede existir justicia social duradera sin libertad. No puede existir transformación legítima sin instituciones democráticas sólidas. Y no puede haber una ética diferente según quién ejerza el poder.
La democracia no debe defenderse solamente cuando gobiernan quienes piensan como nosotros.
Las instituciones, la separación de poderes, la libertad de expresión, la transparencia y el respeto a las reglas deben ser valores permanentes. La izquierda debe exigirse a sí misma, cuando gobierna, los mismos estándares que reclama cuando está en la oposición.
Porque no todo vale en política
Ninguna causa, por noble que se considere, puede justificar cualquier procedimiento. La ética pública debe estar por encima de conveniencias personales, sectoriales o partidarias.
Primero debe estar el Uruguay y su gente; luego las organizaciones políticas; y finalmente los intereses personales.
Una izquierda para un mundo diferente
También debemos comprender que el mundo del trabajo está cambiando aceleradamente. La inteligencia artificial, la automatización, las plataformas digitales y las transformaciones productivas plantean interrogantes que hace apenas algunas décadas parecían lejanos.
Una izquierda moderna no debería responder a esos cambios intentando detenerlos. Debe procurar democratizar sus beneficios.
La tecnología tiene que aumentar las capacidades humanas y no convertirse en una nueva fuente de exclusión. Esto exige educación, formación permanente, políticas productivas, apoyo a las pequeñas y medianas empresas y capacidad para anticipar las transformaciones del empleo.
También exige incorporar plenamente la cuestión ambiental. No existe justicia social posible en sociedades que comprometen los recursos y las condiciones de vida de las generaciones futuras. Desarrollo económico, empleo y sostenibilidad ambiental deben formar parte de una misma estrategia.
Volver a construir confianza
Quizás uno de los principales desafíos de nuestro tiempo sea la pérdida de confianza en la política.
Cuando los ciudadanos sienten que las instituciones no resuelven sus problemas, que los dirigentes viven alejados de su realidad o que las organizaciones políticas se preocupan más por sus disputas internas que por las necesidades de la sociedad, se deteriora la representación democrática.
La respuesta de la izquierda no puede ser responsabilizar a la ciudadanía por ese desencanto.
Tenemos que preguntarnos qué debemos cambiar nosotros.
Recuperar la confianza requiere cercanía, coherencia, austeridad, transparencia, capacidad de gestión y resultados. Requiere también reconocer errores. La autocrítica no debilita a una fuerza política; puede fortalecerla cuando es sincera y conduce a cambios.
Una identidad que debe demostrarse
Ser de izquierda en el siglo XXI sigue significando tomar partido.
Tomar partido por el niño que nace en condiciones de pobreza. Por quien busca trabajo y no lo encuentra. Por el trabajador que necesita un salario digno. Por el pequeño productor o empresario que intenta salir adelante. Por el joven que necesita oportunidades. Por el adulto mayor que merece una jubilación o pensión que le permita vivir dignamente.
Pero también significa comprender que la solidaridad necesita una economía capaz de sostenerla; que los derechos necesitan instituciones que los garanticen; que la transformación necesita democracia; y que gobernar exige responsabilidad.
La izquierda no puede vivir solamente de su pasado. Debe honrarlo construyendo respuestas para el presente y ofreciendo esperanza hacia el futuro.
En definitiva, ser de izquierda no debería ser solamente una definición ideológica. Debería ser una conducta.
Una forma de entender el poder como servicio. Una voluntad permanente de combatir las desigualdades. Una defensa irrestricta de la democracia. Una ética que se aplique tanto a los demás como a nosotros mismos.
Y, fundamentalmente, el compromiso de que quienes menos tienen sean siempre los primeros a la hora de construir las prioridades de gobierno.
Ese puede ser, en pleno siglo XXI, uno de los significados más profundos de seguir siendo de izquierda.
Gerardo Amengual es Integrante de la Dirección Nacional de SER, lista 141 - Frente Amplio
Foto: Daniel Rodríguez / adhocFOTOS
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias