Sin permiso. Liliana Pertuy

03.04.2026

La historia no oficial de una adolescente presa por la dictadura. Ni oficial ni oficiosa. La historia no conveniente.

 

Todos tenemos una historia. No existe la ausencia de historia. La historia es eso que vamos dejando detrás a medida que cumplimos años.

Hay historias bonitas, amables, predecibles; heroicas e inauditas. Hay historias tristes, y hay historias hechas a brazo partido. Esta es una de esas.

Es mi historia.

Durante mucho tiempo no le presté atención. Siempre luché por la verdad, la memoria y la justicia, pero conjugando en plural: el nosotros.

Nunca me detuve en el yo.

Tampoco -y esto importa decirlo- busqué sacar provecho de mi historia. Nunca pensé que pudiera beneficiarme; más bien al contrario, siempre sentí que me había perjudicado. Nunca medré con ella.

Mientras denunciaba lo horrendo, juntando evidencias, armando el caso, seguía con mi vida construida palmo a palmo, disputándole al tiempo lo que me había sido arrebatado: la adolescencia, la primera juventud, ese tiempo donde se hace gran parte de la acumulación para el futuro.

Sin nombre, sin padrinos, a la intemperie.

Con una sola convicción: no me derrotaron.

Perdí una batalla dura, muy difícil. Pero siempre supe, en mi fuero íntimo, qué quería para mi vida. Terminé de estudiar, hice una carrera y varios oficios. Trabajé desde los 15 años y crié a mi hijo con una orientación sencilla, la que traía de mi familia: ser buena gente. Todo lo demás vendría por añadidura.

A 47 años de los hechos, la justicia empezó a dar sus frutos. El Estado, con todas las garantías, verificó que lo denunciado era cierto. Seis militares fueron procesados, tres condenados por delitos de lesa humanidad.

Pero como esta lucha, para mí, es un trípode -verdad, memoria y justicia-, no me detuve ahí. Seguí militando por la verdad. Eso me llevó a vincularme con jóvenes, estudiantes, grupos y colectivos interesados en conocer su historia. Durante la pandemia, el Zoom fue un aliado inesperado.

En esas charlas empecé a notar algo: la historia es mucho más que el relato ya conocido. Ese que, muchas veces, nos han legado varones grandes que se animaron a contar su peripecia.

Yo misma fui entendiendo otros clivajes. Comprendí que no era protagonista en el sentido de una heroína. Que la riqueza estaba en otra parte: en la cercanía, en lo posible, en lo humano. En mostrar que éramos jóvenes de carne y hueso -con errores y aciertos-, apenas liceales, muchos sin formación política profunda, y sin embargo capaces de levantar banderas enormes, profundamente humanas. Que nos habíamos atrevido a enfrentar a un Goliat. Que nuestras convicciones eran hondas. Que nuestro afán de liberar al país de la dictadura era, simplemente, noble.

Y sin embargo, esas historias no estaban siendo contadas.

Las gurisas y los gurises no las habían escuchado nunca.

Ahí entendí algo más: incluso entre quienes estamos del mismo lado, no todas las voces circulan. Hay relatos que se imponen, y otros que quedan en los márgenes. También ahí opera el poder.

Y también ahí opera la interseccionalidad: ser adolescente, del interior, sin apellido y mujer te vuelve invisible.

Yo tenía mucho acumulado. Cincuenta años de estar en el caso: juntando, asesorando, escribiendo, incluso aportando a cambios legales.

Hasta que un día me cayó la ficha. Tenía casi cincuenta años de pelea, y nunca había hablado de mí. Una relación casi esquizoide: sostener la historia, pero sin habitarla.

Hasta que un día hice un clic y dije: esta también es mi historia. Ya era grande. Ya tenía un camino hecho. Ya era tiempo de verme, de escucharme.

No para el lustre -porque sigo pensando que lo que viví cambió mi destino, y que en esa batalla ellos ganaron algo-, pero sí para recuperar una voz que también había quedado en silencio.

Las y los jóvenes entienden rápido. Entienden que nadie se salva solo. Que no hay mesías. Que la historia la hacen personas reales, con virtudes y defectos. Que vale la pena mirar más allá de los relatos consagrados.

Así se construye memoria.

Porque la memoria es mucho más que recuerdo: es una construcción social que lleva en su seno el futuro que se quiere.

Eso es lo que practico.

Algunos colectivos han hecho entrevistas, videos, libros, películas. El último proyecto es de una compañía de teatro. Son muy jóvenes. Vinieron con inquietudes, las invité a mi casa. Café, pancitos de queso, una charla larga.

Tiempo después volvieron y me dijeron que algo había cambiado en ellas.

Yo me sumo, aporto, vuelvo a poner el cuerpo. La procesión siempre va por dentro, pero es mi decisión: construir memoria. Dejar testimonio para los que vienen. Para que puedan hurgar, conocer, hacerse preguntas.

Ese es mi legado. El único que puedo dejar.

El 12 de abril se cumplen 51 años de mi secuestro, en una calle de Treinta y Tres, junto a otros 39 jóvenes, 25 de ellos menores de edad, ahí también estaban mis hermanos.

Ese día, la compañía de teatro Implosivo artes escénicas presentará su obra, su proyecto Nomeacuerdo en el Club Progreso, de la ciudad de Treinta y Tres, a las 17 horas.

También esa es parte de esta historia.

Liliana Pertuy es socióloga, feminista. Militante por la memoria, la verdad y la justicia. Denunciante de terrorismo de Estado, caso menores detenidos en Treinta y Tres. Ciudadana y artista plástica.

Foto de portada: Batallón de Treinta y Tres / Sitios de la Memoria

Columnistas
2026-04-03T05:33:00

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