Sobre la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU. Ariel Bergamino
06.02.2026
Es innecesario o por lo menos resulta difícil presentar a Michelle Bachelet: su trayectoria institucional en Chile (Ministra de Salud, Defensa y dos veces Presidenta de la República) así como al frente de agencias del sistema ONU (ONU Mujeres y Alto Comisionado de Derechos Humanos) ampliamente conocida y valorada. También son conocidas su historia de vida, los valores que la inspiran y su identidad política.
Quienes la conocemos personalmente (en mi caso desde hace ya muchos años) podemos dar testimonio también de su firmeza en materia de principios, de su vocación de servicio público, de su entrega en las tareas que emprende y de su calidad humana.
No obstante ello, la reciente oficialización de la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de ONU amerita algunas consideraciones que formulo a título personal.
En primer lugar, que su tramitación no será fácil y que hoy es prematura pronosticar su final. El proceso de postulación, selección y elección de quien ejercerá la máxima representación diplomática y dirección administrativa del sistema ONU durante el período establecido es un recorrido sinuoso en el cual los postulantes deben no solamente concitar apoyos en la Asamblea General, ámbito que designa al titular de la Secretaría General, sino también y previamente, evitar vetos en el Consejo de Seguridad, entre cuyas funciones y poderes está recomendar a aquélla la o las candidaturas a dicho cargo. En tal sentido, la de Michelle Bachelet, por ser una candidatura seria, sólida y competitiva, no está exonerada de resistencias, aprensiones y titubeos entre los electores. Actitud previsible en algunos casos, sorprendente en otros, mezquina en todos ellos.
Sin embargo, y sin desmerecer otras candidaturas, la de Michelle Bachelet es la que mejor representa una esperanza cierta ante la complejidad e incertidumbre del escenario global actual así como una alternativa posible para actualizar y revitalizar a un sistema ONU visiblemente anticuado, fatigado y desbordado por la realidad.
Bachelet no es ni pretende ser una figura mesiánica, pero tampoco es una burócrata aséptica. Tiene inteligencia, compromiso y voluntad; tiene experiencia y proyectos; y tiene la capacidad de tender los puentes que tanta falta hacen en el mundo actual. Puentes entre el norte y el sur, entre oriente y occidente, entre la democracia como sistema político y estado de la sociedad, entre el crecimiento económico y la distribución social, entre los derechos y las responsabilidades, entre igualdad de todos y la identidad de cada uno, entre la especie humana y el planeta que habitamos.
Cierto que en esta ocasión hay otras candidaturas latinoamericanas a la Secretaría General de ONU que en conjunto expresan la potencialidad, diversidad y en algún aspecto hasta la fragmentación de nuestra región (una de las causas de su escasa relevancia en el escenario global), pero entre ellas la de Bachelet es la que más posibilidades ofrece para que América Latina y el Caribe tengan una voz común y una mayor incidencia en el sistema ONU y en la imprescindible e inexcusable reforma y actualización del mismo.
Además, y no menos importante que lo anterior, ya es hora de que la inclusión, la igualdad de género y de oportunidades que la ONU promueve desde su creación se exprese en su Secretaría General, responsabilidad que hasta el presente ninguna mujer ha desempeñado. Y si en todo presente anidan varios futuros posibles, el mejor futuro posible en este aspecto también es Michelle Bachelet.
No soy arbitrario ni quiero ser inoportuno, pero tampoco soy indiferente, ni neutral, ni cómodo. Tal la razón de esta nota que, aunque personal, su contenido probablemente compartan algunos de los lectores.
Ariel Bergamino. Asesor del Presidente Tabaré Vázquez (2005/2009), Embajador de Uruguay en Cuba (2009/2014 y 2015/2017) y ex Vice Canciller de la República (2017/2020)
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias