Solo un hombre. Esteban Valenti
01.01.2026
El martes 30 de diciembre vimos una película. Por la recomendación de una amiga. Empezamos sin expectativas, como casi todas las películas actuales, que son un destello de luz electrónica, rectangular y poco más. Ya nos hemos acostumbrado tanto que casi no lo notamos. Solo cuando la causalidad nos trae una vieja película, incluso en blanco y negro, de esas que nos marcaron la vida para siempre. Como si las hubiéramos vividos nosotros. Nada las borra de nuestra cansada memoria.
Comienza sin expectativas, incluso una narración anuncia que el personaje vivirá 80 años. Te quedás toda la película esperando que pase algo extraordinario, que rompa su ritmo. El rostro del protagonista, del que no conozco ni el nombre del actor, es un retrato de un laburante barbudo, venido de una niñez muy dura. Solitario y trabajador. Recorre los gigantescos bosques de varios estados norteamericanos, con su hacha, que es un emblema de vida, más que una herramienta.
Derriba gigantescos árboles junto a cuadrillas que van cambiando, en algún momento las llama su familia. Caminan juntos detrás de los árboles que todavía siguen en pie. No hay nada de épico, de notable, simplemente esa constancia a prueba de todo, incluso del asesinato de un trabajador chino que lo persigue todo el resto de su vida.
La muerte es una pluma volando en el paisaje que toca a ocho personas diversas, cercanas, lejanas o muy cercanas. Está integrada como un soplo inexorable, que cae o arde desde donde menos se espera.
Incluso el amor, es atrevido para aquel tiempo entre la primera guerra mundial y los duros tiempos posteriores. Una amable mujer que a la salida de una iglesia lo aborda, se presenta y se enamoran. Lentamente, entre los arboles pacientes y los ríos turbulentos. La hija es un cachorro de esa tierra, de esa cabaña solitaria, de ese padre casi siempre ausente para ganarse la comida.
No es un amor tormentoso, de aventuras, es el desafío a su vida encadenada a los árboles a algunos trenes desvencijados y otros que prometen las grandes conquistas y a los reencuentros apasionados pero serenos, porque ellos, los tres son serenos.
Casi no hay armas y el relator recuerda que el personaje nunca compró ni utilizó un arma. En ese tiempo, en ese ambiente y no es religioso, es simplemente humano y no tuvo armas.
La comunidad del trabajo es otro personaje fundamental, con sus sierras gigantescas acariciando troncos hasta su muerte, por las tiendas de campaña donde a veces duermen y que son de los tiempos de la guerra civil, una vez utilizadas por la infantería del norte otra por la caballería del sur. Muchas vidas sin ninguna solemnidad o la más importante de todas, seguir adelante a pesar de todo.
Y cuando ya nos hemos acostumbrado y enamorado del transcurso de la vida, llega la muerte de los dos seres fundamentales que componen su existencia. No se puede describir, ni tampoco su espera y su busca interminable de su esposa y su hija. Hay que verla hay que sufrirla como si fuera nuestra, sin consuelo.
Pasan muchos años y el modelo que llevamos dentro, inoxidable, no hace esperar otro amor, que apenas pasa cerca y luego lo mira de arriba con ternura desde un mirador donde vigila los bosques.
Sobrevive a su dolor y al hambre porque un jefe indígena, dueño del único negocio del pueblo, lo va a buscar a su choza quemada, para llevarle comida y cazar un enorme ciervo, que solo muestra su cornamenta. El sigue aferrado a su espera, hasta reconstruir algo parecido a la cabaña que tenía al borde de un pequeño río. Un curso de agua que se llevó una pequeña ollita arrojada por su hija. Esos detalles no se olvidan, como no nos olvidamos nosotros de tantos detalles nuestros, pequeños y entrañables.
Habría muchas escenas de ese tipo, que en otro relato pasarían desapercibidas, pero que son las gradas de esa vida, única, terrena, sin aparente brillo, pero con el destello maravilloso del amor, del trabajo, de la paciencia y la soledad.
Hay muchos personajes, nítidos, pasajeros, que aportan su condición única a un relato que quisiéramos que no tuviera fin. Imposible.
Y termina. Y nos quedamos pensando, en ellos, en él, en nosotros. Como lo hacíamos antes, a la salida de los cines.
No es nostalgia, es una película del 2025 y es norteamericana.
Tiene un solo defecto, un nombre que no tiene nada que ver: Sueños de trenes.
Esteban Valenti.
Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es) y de Other News (www.other-news.info/noticias).