Somos diferentes (en cadena nacional). Fernando Gil Díaz
10.08.2026
El Partido Nacional se puso en la agenda mediática y no por su longeva trayectoria. Tampoco por el tan esperado discurso del expresidente Lacalle Pou -que no tuvo la profundidad ni la calidad de un discurso de alta política, realizado el pasado domingo 9 de agosto en la Plaza Matriz.
Lo que lo puso en el radar noticioso fue la concesión de la cadena nacional de radio y televisión, (tras el pedido del presidente del Honorable Directorio, Álvaro Delgado), otorgada por el gobierno de Yamandú Orsi al partido de Oribe. Una medida que el gobierno multicolor de Luis Lacalle Pou, le negó a organizaciones prestigiosas y de larga trayectoria nacional que fueron impedidas de utilizar ese instrumento para difundir sus mensajes. Lejos de condenar la cesión, la aplaudo porque es la prueba irrefutable que demuestra que somos diferentes...
Ser y parecer
De eso se trata cuando uno apela a que lo respeten en la vida; ser lo que se parece y no construir una falsa imagen que no se condice con los actos en los que se desenvuelva luego. Ningún valor tiene emitir un mensaje si luego no se confirma en los hechos; es decir, que la palabra deje su inmaterialidad para volverse algo tangible.
Eso es lo que convierte a un político en un ser creíble, según demuestre que sus dichos no son palabras al vuelo sino verdaderas intenciones que una vez llegado al poder hacen parte de su accionar.
Esta cesión de la cadena nacional al Partido Nacional no hace otra cosa que ratificar las diferencias que llevaron al Frente Amplio a ganar el gobierno, sin resignar en ningún punto su convicción democrática. Llegar al poder no implica avasallar ni gobernar solo para los que los votaron, implica asumir que hay que ejercer el poder con equidad sin desmerecer a las minorías. Porque el país se compone de TODOS y no solo de los que acompañan con su voto para otorgar un mandato perentorio.
Así las cosas, esto no es ninguna debilidad sino todo lo contrario, es la demostración más genuina de la inmensa diferencia que tenemos con la coalición multicolor y particularmente con el Partido Nacional actual dominado por el Herrerismo. Ese que gobernó sin respetar a las minorías, imponiendo su voluntad sin contemplar que debía gobernar para todos sin excepciones. Ese que gobernó para "los malla oro", y que por momentos lo hizo preso de una alta dosis de soberbia.
Esta cesión de la cadena nacional es una simple pero contundente muestra de la impronta democrática del gobierno de Orsi que no se detiene a cobrar viejas cuentas y da una señal que solo un estadista puede dar. Porque ganar una elección no otorga superpoderes ni eleva a un nivel superior al elegido, tan solo asume un mandato otorgado por el soberano que es quien le da ese poder de forma transitoria. Una delegación otorgada por la voluntad colectiva (electorado) para que cumpla lo que prometió sin dejar a nadie atrás y respetando su representatividad, por pequeña que sea.
De eso se trata, también, la democracia.
Memoria y coherencia
Reconocernos diferentes es una muy buena idea que no podemos dejar de resaltar porque es lo que nos llevó a ser gobierno. Esas diferencias que permitieron a la mayoría de los uruguayos creer en un cambio. A pesar de los ruidos internos y discutibles decisiones asumidas, es notorio que este gobierno es diametralmente distinto.
Claro que tampoco es cuestión de olvidar lo que hicieron cuando tuvieron el poder, porque eso también nos permite afirmar nuestra identidad y marcar una clara diferencia. Por el contrario, tenemos la obligación de recordarlo para que no nos gane el derrotismo cuando se cometen errores y nos enfrascamos en duras críticas internas.
Este gobierno es infinitamente mejor que el multicolor, a pesar de los varios errores que acumula, es por lejos mucho mejor. Basta con repasar algunos hitos para darnos cuenta que no se gobierna para los más privilegiados sino que hay una mirada social que impregna sus acciones en procura de recuperar a los más afectados.
No nos olvidamos del pasaporte a Marset, ni de los beneficios a una tabacalera que no era ninguna "fábrica de chicles"; no nos olvidamos de la corrupción que hizo caer la cúpula política y policial; no nos olvidamos de las mentiras al Parlamento, las entradas por el garage de la Torre Ejecutiva; de la asociación para delinquir del 4º piso de la sede presidencial; no nos olvidamos que "solo pasó a saludar" mientras decidían la destrucción de documentos públicos; no nos olvidamos del pescado congelado, del espionaje a senadores de la República; de la entrega del puerto por 12 períodos de gobierno, entre muchas más. Claro que no nos olvidamos.
Tampoco podemos negar que en momentos que se decide otorgar la cadena nacional a los mismos que la negaron a Familiares o al PIT-CNT se genera cierto resquemor, pero no puede ganarnos el afán de revancha sino que por el contrario tenemos que demostrar, simplemente, que somos más demócratas.
No podemos entrar en una dialéctica interminable y responder de la misma forma porque no haría otra cosa que echar por tierra nuestras propias convicciones. Si se tomara la misma decisión de negar una cadena a uno de los partidos fundacionales del país, como lo es sin duda el Partido Nacional, no sería sino la confirmación de una práctica que criticamos antes. Si negarla en su momento estuvo mal, otorgarla ahora es lo que siempre creímos era lo correcto y es lo que hace el gobierno de Yamandú accediendo al pedido.
Algunos creen que este recurso debería reservarse para casos de emergencia o catástrofes; incluso afirman que es un recurso pasado de moda que muy poca gente ve por más obligatoria que sea. Algo de razón tienen, porque en realidad si se midiera verdaderamente quien mira una cadena nacional los datos confirmarían bajos números de rating. Más aún en tiempos de redes y aplicaciones sustitutivas que permiten eludir la medida y aprovechar ese tiempo mirando otras plataformas.
Pero lo esencial de todo esto está en el talante de la decisión de otorgar o no la cadena a quien la solicita. Mucho más cuando quien la pide no tuvo la misma vara.
Sirve y mucho para demostrar - una vez más - que somos diferentes.
el hombre apagó la tele,
el perro ni ladró...
Fernando Gil Díaz