Tato Olmos, un año después: la memoria que debería incomodar. José W. Legaspi

22.09.2026

A un año de su muerte, recordar a Gustavo "Tato" Olmos obliga a recuperar al militante y al legislador, pero también a interrogar una forma de hacer política que convirtió una denuncia en condena antes de que hablaran las instituciones.

 

Hace un año murió Gustavo "Tato" Olmos. Y todavía me resulta extraño escribirlo en pasado. Durante mucho tiempo  me enviaba sus columnas publicadas en La Diaria para que también aparecieran en Uypress; alguna vez, las menos, me mandaba "una exclusiva para vos, pibe", fiel a su fina ironía y humor. Era un gesto pequeño, casi rutinario, pero decía bastante de él. Quería discutir. Quería que las ideas circularan. Pertenecía (pertenecemos) a una generación para la cual la política todavía consistía, en buena medida, en hablar con otros, convencer, disentir, escribir, negociar y volver a empezar.

Después de la muerte, su compañera, Ximena Baráibar, (gracias a otro querido amigo de aquellos años, Roberto Elissalde) me hizo llegar dos columnas sobre él y sobre lo ocurrido. Las publicamos, por Tato y por todos aquellos que lo conocimos, es cierto, pero además por una cuestión que debía plantearse sin vueltas: qué sucede cuando una organización política sustituye las garantías por la urgencia de tomar partido y permite que la condena social preceda a las instituciones.

Recordar hoy a Tato exige hablar de eso. Pero exige también algo más difícil: no reducirlo al "caso Olmos". Porque antes de una denuncia hubo una vida.

Tato había pertenecido a la generación que reconstruyó la militancia estudiantil durante el combate y la posterior salida de la dictadura. Participó en la fundación de ASCEEP en 1982, y estuvo vinculado a la seguridad de Líber Seregni cuando el general recuperó la libertad en 1984. En el video donde le pasa el megáfono al General, lo vimos desde abajo, entre la multitud que llenó la esquina de Bulevar Artigas y Bulevar España. Compartí debates, discusiones y las mayores coincidencias en el gremio de aquella Facultad de Humanidades y Ciencias hasta 1987, donde se forjó un vínculo amistoso que sobrevivió hasta casi el final: durante la persecución punitiva del feminismo mal entendido nos juntamos en el boliche de Rivera y Propios y en mi actual casa. Siempre lo admiré, y aún lo sigo admirando.

Fue diputado, dirigente, negociador, articulador. Cuando murió, adversarios políticos recordaron también su inteligencia, su capacidad de diálogo y aquel humor fino que parecía acompañarlo incluso en las discusiones más ásperas.

Ese era Tato antes de convertirse en un expediente.

La condena llegó primero

En diciembre de 2023, Martina Casás, entonces su suplente, presentó una denuncia por acoso sexual y laboral.

Lo que ocurrió después merece ser recordado precisamente porque el tiempo permite mirarlo con menos estridencia. Olmos se apartó durante meses de su banca. El Tribunal de Conducta Política del Frente Amplio investigó el caso y comunicó que no había obtenido pruebas que permitieran alcanzar una conclusión fehaciente de que hubiera existido acoso. La investigación penal continuó y en junio de 2025 la Fiscalía especializada resolvió archivarla por entender que no existían elementos suficientes para configurar un delito.

Tato escribió entonces que se cerraba un capítulo "doloroso e injusto" y que aquello debía llevar a repensar cómo se procesaban estas acusaciones. Murió tres meses después.

Pero la historia judicial tampoco terminó allí. En julio de este año, un Juzgado laboral condenó en primera instancia a Marea Frenteamplista a indemnizar a Casás por despido indirecto y abusivo y, dentro de ese proceso laboral, “consideró suficientemente acreditad"o un comportamiento de Olmos con connotaciones sexuales no deseado por ella.

Ocultar esa sentencia para defender la memoria de Tato sería cometer el mismo error que critico: seleccionar solamente aquellos hechos que confirman una certeza previa.

La resolución laboral y el archivo penal no responden a la misma pregunta jurídica ni utilizan idénticos estándares. Precisamente por eso este caso nunca debió procesarse mediante consignas.

El problema que permanece

En el ensayo que escribí sobre Olmos y Gerardo Núñez para la revista Extramuros sostuve que en sectores de la izquierda uruguaya se había instalado una concepción punitiva de la política: primero se sanciona y después se averigua.

Sigo creyendo que ésa es la discusión pendiente. No se trata de cuestionar el feminismo ni de restar importancia a las denuncias de acoso. Mucho menos de reclamar silencio a las mujeres. Una fuerza de izquierda tiene la obligación de ofrecer garantías para denunciar, investigar seriamente y proteger a quien pueda encontrarse en una situación de vulnerabilidad.

Pero justamente porque hablamos de derechos, las garantías tienen que valer para todos. Escuchar a quien denuncia no equivale a declarar culpable al denunciado. Preservar a una eventual víctima durante una investigación no requiere destruir preventivamente la trayectoria del acusado. Y esperar que funcionen las instituciones no constituye complicidad con el abuso. El garantismo deja de ser garantismo si solamente se aplica a quienes nos resultan simpáticos.

Tato pagó políticamente antes de que esos procesos terminaran. Fuerza Renovadora debilitó su lugar electoral (Tato fue tercer suplente en la tercera fila cuando debió encabezar la lista de diputados) y una trayectoria de décadas comenzó a ser leída casi exclusivamente a través de una acusación. Claro, el sector, posteriormente, le puso su nombre al congreso.

Eso también ocurrió. Y ninguna resolución posterior puede borrar el tiempo vivido.

El ser humano detrás del caso

Quizá por eso, un año después, prefiero recordar otra imagen. No el expediente. No las redes sociales. No las acusaciones apresuradas ni las "defensas" vergonzantes.

Recuerdo al hombre que me mandaba sus columnas. Al militante surgido del combate al fascismo dictatorial y la reconstrucción democrática. Al frenteamplista que atravesó décadas de debates, rupturas y recomposiciones de la izquierda. Al diputado capaz de conversar con quienes pensaban distinto.

No necesito convertirlo en santo para defender su derecho a haber sido tratado como ciudadano. Ximena Baráibar ha escrito desde el lugar más doloroso: el de quien acompañó a Tato y vio las consecuencias personales de aquel proceso. Sus textos no clausuran la discusión ni pretenden sustituir a la Justicia. Hacen algo que la política suele olvidar: devuelven una persona allí donde había quedado solamente un caso.

Y quizá ésa sea la verdadera razón para recordarlo este 22 de setiembre. Porque la democracia no se demuestra únicamente en nuestra capacidad para denunciar injusticias. También se demuestra cuando somos capaces de dudar de nuestras propias certezas, respetar procedimientos y revisar decisiones.

Tato murió sin que esa discusión se produjera plenamente en su fuerza política. Y un año después, la pregunta continúa allí. No consiste en decidir retrospectivamente quiénes fueron los buenos y quiénes los malos.

Es bastante más incómoda: ¿puede una izquierda que hizo de los derechos y las garantías parte de su identidad aceptar que ninguna causa, por justa que sea, autoriza a prescindir de ellos?

Recordar a Gustavo "Tato" Olmos debería servir, al menos, para no dejar esa pregunta también enterrada.

Foto: Javier Calvelo / adhocFOTOS

 

José W. Legaspi
2026-09-22T03:02:00

José W. Legaspi