Tocó emprender. Federico Rodríguez Aguiar

17.09.2026

Empezar un negocio, asumir una nueva responsabilidad profesional, cambiar de trabajo, desarrollar una idea, competir en un deporte o tomar una decisión personal importante tienen algo en común: en algún momento hay que animarse.

No se trata solamente de tener una buena idea. Tampoco de contar con todos los recursos o de conocer de antemano el resultado. Muchas veces se comienza con más preguntas que respuestas. Y ahí aparece uno de los principales desafíos: vencer el temor a equivocarse.

El miedo forma parte de cualquier comienzo. Está presente cuando se arriesga dinero, cuando se expone una propuesta, cuando se acepta una competencia o cuando se abandona un lugar conocido para buscar algo diferente. También aparece una pregunta inevitable: ¿y si no funciona?

Pero existe otra pregunta que muchas veces pesa todavía más: ¿qué habría pasado si lo hubiera intentado?

En el ámbito profesional, avanzar implica asumir riesgos. Una carrera no se construye solamente acumulando conocimientos o esperando oportunidades; también requiere generarlas. A veces significa salir de lo conocido, aceptar una responsabilidad mayor, aprender algo nuevo o apostar por una idea que todavía no tiene todas las respuestas.

En el deporte ocurre algo parecido. Detrás de cada competencia hay horas de entrenamiento, disciplina, planificación y esfuerzo. Pero llega el momento en que todo eso debe ponerse a prueba. El deportista entra a la cancha, se para en la línea de largada o se mete en el agua. En ese instante ya no alcanza con prepararse: hay que competir.

Y competir significa también aceptar que no siempre se gana.

Una derrota puede doler, pero también puede enseñar. Un proyecto que no prospera, una decisión equivocada o una oportunidad que se escapa pueden convertirse en experiencia. La diferencia muchas veces está en qué hacemos después.

Por eso, pedir consejo también forma parte de la aventura. Escuchar a quienes tienen experiencia, consultar a un especialista, buscar un mentor o rodearse de personas capaces de aportar una mirada diferente no disminuye el mérito. Al contrario, demuestra que se entiende algo fundamental: nadie conoce todas las respuestas.

El asesor puede advertir un riesgo. El entrenador puede corregir una técnica. Un colega puede aportar una idea. Un socio puede ver una oportunidad que otros no habían advertido. Pero ninguno puede dar el salto por nosotros.

Hay un momento en el que la decisión es personal.

Con el paso de los años, además, uno comprende que el capital más importante no siempre está en una cuenta bancaria. Está en lo aprendido, en las relaciones construidas, en las experiencias acumuladas y en la capacidad de adaptarse cuando las circunstancias cambian.

Por eso, lanzarse no significa actuar de manera improvisada. Significa prepararse todo lo posible y entender que, aun así, nunca habrá certezas absolutas.

La piscina puede estar más profunda de lo que imaginábamos. Podemos nadar mejor o peor de lo esperado. Pero también podemos descubrir que sabíamos mucho más de lo que creíamos.

Tal vez esa sea una de las grandes enseñanzas de emprender: no esperar a que desaparezcan todos los riesgos para comenzar.

Porque en los negocios, en la profesión, en el deporte y en la vida, llega siempre un momento en que hay que dejar de mirar desde la orilla.

Porque hay decisiones que pueden cambiar un negocio. Otras pueden cambiar una profesión. Algunas pueden cambiar una carrera deportiva. Y hay otras que, simplemente, pueden cambiar una vida.

 

Federico Rodríguez Aguiar. Analista en Marketing, egresado de la Universidad ORT-Uruguay, con sólida formación en estrategias comerciales y desarrollo económico. Su trayectoria académica está complementada por diversas certificaciones y cursos internacionales en áreas clave como la gestión pública, cooperación internacional, y liderazgo.

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2026-09-17T12:53:00

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