Tres días que cambiaron el mundo. Esteban Valenti
04.11.2026
Todo comenzó el 25 de octubre, cuando Luiz Inácio Lula da Silva le ganó por bastante más de lo esperado el balotaje presidencial a Flávio Bolsonaro en Brasil.
El delfín del clan contaba con el apoyo entusiasta de Donald Trump, de Javier Milei y de toda la derecha regional y mundial. Y, naturalmente, de los más brutos y sumisos derechistas uruguayos, siempre listos para aplaudir cualquier disparate que huela a regresión con tal de que venga envuelto en retórica de mano dura y odio de clase.
Siguió el 27 de octubre, cuando se realizaron las elecciones en Israel para renovar los 120 escaños de la 26.ª Knéset. Como se sabe, para investir a un primer ministro y formar coalición se requiere una mayoría mínima de 61 bancas. En 2022, el bloque ultranacionalista y teocrático alcanzó una mayoría clara de 64 escaños, lo que le permitió gobernar a sus anchas, demoliendo consensos y arrastrando a Medio Oriente al abismo.
En 2026, esa misma coalición retrocedió a 53 escaños, perdiendo de forma estrepitosa la mayoría parlamentaria. Fue la consecuencia inexorable del repudio cívico y moral tras la guerra de exterminio en Gaza, desatada por un primer ministro israelí que pasará a la historia no por sus dotes de estadista, sino por haber sido el primero formalmente requerido como criminal de guerra por la Corte Penal Internacional. Ni el terror sembrado ni la apelación constante al miedo lograron salvarlo del veredicto implacable de las urnas.
Y la tercera jornada -el remate de esta seguidilla demoledora- ocurrió el pasado martes 3 de noviembre, cuando el electorado de los Estados Unidos le propinó una de las palizas más sonoras y humillantes al Partido Republicano de Donald Trump.
En Estados Unidos el poder legislativo es bicameral: está compuesto por el Senado (100 bancas) y la Cámara de Representantes (435 bancas). En cada elección de medio término (midterms) -como la celebrada este 3 de noviembre de 2026- las reglas de renovación son distintas para cada cuerpo:
Cámara de Representantes: se renovó la totalidad de sus 435 escaños, dado que su mandato dura apenas dos años.
Senado: se renovó aproximadamente un tercio de la cámara; en este caso concreto, 35 de los 100 escaños (33 correspondientes a la rotación regular más dos elecciones especiales), dado que los senadores tienen mandatos de seis años.
¿Cómo estaba configurado el Capitolio tras las elecciones presidenciales de noviembre de 2024? En aquella ocasión, el Partido Republicano se había alzado con el control absoluto de ambas cámaras: en la Cámara de Representantes ostentaba 220 escaños frente a 215 demócratas, y en el Senado gozaba de una cómoda mayoría de 53 bancas contra 47.
Ese cheque en blanco duró exactamente dos años. Tras las elecciones legislativas de 2026, el Partido Demócrata recuperó el control indiscutido tanto de la Cámara de Representantes como del Senado, configurando un escenario de gobierno dividido que le ata las manos al Poder Ejecutivo y deja a Trump ante un laberinto de comisiones investigadoras y bloqueo institucional. El recuento definitivo afinará los números al milímetro, pero el dato político de fondo es inapelable: el mapa del poder cambió de raíz. Y todo por mérito exclusivo de la soberbia destructiva de Donald Trump.
No se trata de tres episodios aislados, fruto de la casualidad o de alineaciones astrológicas. Quien lea estos tres resultados en compartimentos estancos no entiende nada de la dinámica histórica contemporánea. Asistimos a una sincronía política de alcance global: en apenas una semana y media, se desmoronó el andamiaje ideológico y electoral de la reacción conservadora en tres de sus trincheras más peligrosas.
En Brasilia, la maquinaria aceitada de las iglesias neopentecostales, el dinero ilimitado del agronegocio depredador y la prepotencia de los cuarteles no pudieron contra la dignidad de un viejo dirigente obrero y la memoria de un pueblo que se negó a volver a las cavernas del insulto y la entrega. Flávio Bolsonaro, a quien pretendieron vestir con ropajes de moderación mientras en los debates se le escapaba el veneno hereditario contra los trabajadores mutilados por el capital, terminó reducido a lo que es: un heredero sin estatura política, derrotado por una marea democrática que defendió su soberanía y su plato de comida y huyendo del país.
En Jerusalén, la implosión de Benjamín Netanyahu no es solo la caída de un autócrata sitiado por sus propios procesos de corrupción judicial; es el fin de la impunidad con la que pretendió tapar sus crímenes de lesa humanidad detrás de banderas belicistas. Los pueblos tienen un límite, y la sociedad israelí -sometida a la paranoia bélica, a la fractura interna y al aislamiento ético frente al resto del planeta- le retiró el piso a una coalición mesiánica que creyó que la masacre podía sustituir a la política exterior. E interior.
Y en Washington, el bofetón de las midterms confirmó la ley más implacable de la política: el voluntarismo autoritario, la demagogia de los aranceles histéricos y la provocación permanente terminan estrellándose de frente contra la realidad económica y el sentido común de la gente común. El trumpismo gobernó como si el mundo y las instituciones norteamericanas fueran un casino privado de Mar-a-Lago, y los ciudadanos comunes -los que pagan el alquiler, compran el combustible y llenan el carrito del supermercado- le pasaron la factura en las urnas sin pedir permiso ni contemplación.
¿Qué nos enseña todo esto a los uruguayos y a los latinoamericanos? Nos enseña, en primer lugar, que los monstruos que gritan por las redes y amenazan con incendiarlo todo no son invencibles. Que cuando la política democrática, popular y sensata se planta con convicción, desenmascara la farsa de los salvadores de la patria con cuentas en paraísos fiscales.
Los profetas del odio, los que pretendieron alinearnos de rodillas ante Washington, ante Tel Aviv y ante los fanáticos de Brasilia, se acaban de quedar sin jefes y sin libreto. En solo tres días, la prepotencia sufrió una herida de muerte. La historia, que muchos daban por clausurada a manos del algoritmo y la barbarie, volvió a demostrar que son los pueblos los que escriben la última palabra.
Podrán tener los algoritmos, el dinero sucio y la soberbia del poder, pero cuando la dignidad de los pueblos despierta, no hay farsa autoritaria que resista. En apenas tres días, el mundo no solo cambió de rumbo: recuperó la decencia.
Esteban Valenti.
Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)