Un gran y oscuro desorden. Esteban Valenti
26.08.2026
Hay un rasgo que define al actual gobierno de izquierda: el desorden. Para interpretar, para actuar, para intentar hacer política, hace falta tener en primer lugar en cuenta el desorden. Mucho más que la correlación de fuerzas, la ofensiva de la derecha o la presión imperial.
Lo característico es la combinación, en un mismo momento, de tensiones, de contradicciones internas, de papeles diferentes de los distintos gobernantes y, un poco menos, en el Frente Amplio. Es lo que nos queda de esperanza al pueblo frenteamplista. En realidad, a la mayoría del pueblo uruguayo.
No a todos los uruguayos, no hagamos pantomimas; hay sectores de privilegiados, políticos y sociales, que festejan el desorden del gobierno, lo alientan.
En la Torre Ejecutiva está el origen del desorden. Nadie sabe bien quién manda, si los ministerios coordinan, si prima el grupo venido de Canelones o los que dirigen el MPP.
Hablando del MPP, nadie se anima a vaticinar quiénes dirigen un movimiento que tiene la mayoría de los diputados y senadores del FA, que internamente tiene corrientes que crecen y nos preocupan a todos los frenteamplistas. Así no podemos tener ni pensamiento estratégico ni un gobierno coherente y productivo.
Muchos nos preguntamos: ¿por qué Lucía Topolansky, la líder histórica del MPP, o su compañero "el flaco Agazzi" -a los que todos les reconocemos trayectoria y coherencia frenteamplista- los tienen raleados, no participan de las definiciones fundamentales? Eduardo Bonomi es un grato recuerdo y se le extraña en el orden mínimo exigido.
Para comprender el funcionamiento del Consejo de Ministros hace falta disponer de un mapa muy detallado; cada uno de sus ministros y unos cuantos subsecretarios que corresponden a tribus diversas componen agendas propias. Los comisarios ministeriales del gobierno de José Mujica eran apenas agentes de segunda.
Los casos más desordenados, a nivel del escándalo, ocurren en el Ministerio de Relaciones Exteriores, que tiene sublevada a la mayoría de los frenteamplistas y felices a los sionistas, cada día más feroces a pesar de la paz de Trump en Gaza. Ni en la subsecretaría se puede confiar plenamente y colocarla en la topografía de la izquierda.
A nivel de Economía y sobre todo de Finanzas, el primer ministro designado -por haber sido el primero en asumir el cargo y no por otro motivo- destaca, aunque su capacidad de iniciativa a veces supere al presidente de la República. En un país donde los ricos y los bancos festejan su particular desorden oficialista. En pleno desorden de izquierda.
A nivel nacional, donde no hay ningún desorden ni siquiera competencia comercial, es entre los tres canales privados; se disputan simplemente quién encabeza el pelotón del servicio a la oposición actual y a los que sueñan con volver al gobierno para repletarse los bolsillos en medio de un orden perfecto, al servicio de enriquecer a los ricos y favorecer a los diversos delincuentes. Orden más orden de la derecha, organizándose desde ahora. Sin pausa y con muchas ganas.
En la prensa hay un panorama interesante y se exhibe a la luz del día, aunque brilla en la oscuridad de la noche. Los tres canales privados, el diario El País, Búsqueda -con clase pero ordenados como un batallón-, a otro nivel El Observador, La Diaria (en observación) se mueven de una banda a la otra, pero no están alineados como una legión.
La otra prensa, tradicionalmente de izquierda, cubre un amplio espectro de opiniones, tantas como las que hay en el pueblo frenteamplista. Brecha, Uypress, Voces e incluso Caras y Caretas (lo reitero: haberme peleado con su director no debe ocultarlo y espero que no crea que lo estoy manipulando) Todos nos batimos con mil matices y hasta diferencias contra el desorden y su impacto en el pueblo frenteamplista.
En el Frente Amplio, las apariencias dominan. El presidente hace los máximos esfuerzos por colaborar y ordenar el desorden gubernamental, pero... en su Mesa Política, el desorden es manifiesto y mayúsculo. Y hay que reelegirlo en diciembre, mientras escucha en todo el país las preguntas y algo más de los ciudadanos, pero lleva muy pocas respuestas que la gente reclama.
El mayor desorden está en el mapa topográfico del Frente Amplio: una gran montaña en fase de reasentamiento y con terremotos grado 8; una segunda montaña más baja, que lucha contra el desorden pero tiene pequeñas sacudidas; y después, la llanura.
El desorden no es solo geológico-gubernamental-parlamentario; es también ideológico, cultural y anímico, donde la izquierda carece de mapas, de brújulas y hasta del viejo olfato para orientarse.
Del otro lado de la brecha que nadie quiere reconocer, y que todos mencionan como un invento diabólico, los "socios" -con una cabezota blanca que se quiere tragar a todo el cuerpo- tienen su propio desorden, aunque tengan claro su destino: joder a las mayorías, favorecer a las minorías. Discuten si no convendrá olvidar el pasado y formar un solo animal rosado, con un apéndice en extinción que ha precipitado a su único diputado en el hondo pozo de la derecha.
¿Hay batalla cultural? Voy a citar de memoria a Gramsci, el inventor del concepto. No es precisamente un tiempo donde el viejo mundo se muere o agoniza; el nuevo mundo tarda una enormidad en nacer y en ese entrevero surgen los monstruos. Son solo los conceptos. Monstruos sobran.
El concepto de la batalla cultural es una noción central en la teoría política y sociológica contemporánea, estrechamente emparentada con las ideas de Antonio Gramsci, autor de la célebre frase sobre los monstruos que mencionábamos antes.
El objetivo central de la batalla cultural gramsciana es la hegemonía. La venimos perdiendo a nivel global y nacional con gran entusiasmo.
Gobernamos en el Estado, con la Policía, aunque para las leyes nos falta una enormidad.
En el consenso ideológico estamos siendo arrinconados, tanto a nivel político y cultural como, de la peor manera, en lo moral. Y es precisamente en la batalla moral que nos hemos encontrado con camaradas que defienden junto a nosotros no solo a las FF.AA. sino la identidad de los buenos uruguayos. Y combatimos los primitivismos antimilitaristas.
Ellos robaron a cuatro manos, sus socios civiles a ocho manos, y la sociedad no llega a percibir en amplios sectores ese latrocinio. Esa es una batalla estratégica, no una de crónica policial.
En la guerra de los relatos, concepto tan de moda -incluso en el Partido Nacional y sus publicaciones-, estamos menos que en pañales; nuestra narrativa ha sido arrinconada, deformada, tanto en sus épocas heroicas de la lucha contra la dictadura como en la construcción democrática. Con tres períodos de gobierno y dieciocho meses de administraciones nacionales del Frente Amplio, no logramos construir un relato serio que no sea el desorden actual como resumen.
Y falta lo peor: la conexión ideológica, vista y actuada desde el gobierno, la mayoría del Frente Amplio y la mayoría del MPP como el mayor pecado del que hay que huir como de satanás, que no es por cierto parte del relato progresista.
Es una batalla por la épica, que se ha descolorido en la izquierda y que debemos reconstruir con inteligencia, con historias, con imaginación. Yo me estoy dedicando a ello.
Debería ser una tarea principal, porque el alma también existe.
Esteban Valenti.
Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)