Un país turístico que no siempre se piensa para sus habitantes. Luis J. Camacho
13.08.2026
Un récord de visitantes no basta: el turismo se convierte en desarrollo cuando mejora el empleo, fortalece la economía local y protege el lugar donde vive la comunidad.
Llegadas, habitaciones ocupadas, vuelos, cruceros, divisas. Con cinco cifras puede declararse exitoso un año turístico. Ninguna revela, por sí sola, si el trabajador vive mejor, si el restaurante compra al agricultor de la zona, si una familia conserva acceso a su costa o si un joven encuentra en el sector una carrera y no solamente un empleo temporal. Un país puede batir récords turísticos y dejar sin responder la pregunta más importante: ¿qué parte de ese éxito llega a quienes hacen posible el destino?
Plantearlo no significa estar contra el turismo. Pocas actividades conectan con tanta rapidez transporte, alojamiento, gastronomía, comercio, cultura, agricultura y entretenimiento. Bien gestionado, el turismo atrae inversión, genera divisas, diversifica territorios y crea oportunidades para empresas de todos los tamaños. En islas, zonas rurales y ciudades patrimoniales, puede abrir posibilidades que otras industrias difícilmente ofrecen. Precisamente porque es estratégico, merece una medida de éxito más exigente.
América Latina y el Caribe poseen una extraordinaria riqueza natural y cultural. Según el Banco Interamericano de Desarrollo, la actividad turística regional creció en años recientes más rápido que el promedio mundial, aunque el gasto promedio por turista internacional sigue siendo inferior.[1] La respuesta habitual sería atraer más turistas o lograr que gasten más. Ambas metas pueden ser razonables, pero resultan incompletas. El asunto decisivo es cuánto valor permanece en el territorio, cómo se distribuye y qué capacidades deja cuando termina la temporada.
El turismo no es una fábrica aislada, sino una cadena. Cada hotel, excursión o comida activa compras, servicios y conocimiento. Si esa demanda incorpora alimentos producidos en el país, transporte local, guías capacitados, artesanía auténtica, tecnología nacional y pequeñas empresas formalizadas, el gasto del visitante circula y multiplica sus efectos. Cuando los vínculos son débiles, las cifras de llegada pueden crecer mientras la economía próxima al destino apenas participa. No basta con ocupar habitaciones; importa conectar esa ocupación con el tejido productivo.
El empleo ofrece una prueba todavía más directa. Contar puestos de trabajo sin observar su calidad puede producir una imagen engañosa. La Organización Internacional del Trabajo advierte que el sector continúa enfrentando, con diferencias entre países, informalidad, salarios bajos, estacionalidad, jornadas prolongadas y acceso limitado a la protección social.[2] Un destino verdaderamente competitivo no debería depender de trabajadores que no pueden construir una vida estable en el lugar que promocionan. Formación, formalización, salarios dignos y posibilidades reales de ascenso son parte de la política turística, no asuntos externos a ella.
También hay que mirar el territorio que desaparece detrás de la postal. El visitante y el habitante utilizan las mismas carreteras, el mismo suministro de agua, los mismos espacios públicos y ecosistemas. El crecimiento sin planificación puede intensificar la congestión, residuos, presión inmobiliaria o conflictos por el acceso a bienes comunes. No ocurre inevitablemente; depende de reglas, inversión e instituciones. Una infraestructura creada para comunicar un aeropuerto con una zona hotelera debería mejorar también la movilidad de las comunidades vecinas. El agua potable, el saneamiento, la protección costera y la gestión de residuos no pueden funcionar con un estándar para el visitante y otro para quien vive allí todo el año.
La identidad plantea una tensión menos visible. La cultura local añade valor al destino, pero no debe reducirse a la decoración. Cuando la gastronomía se estandariza, las expresiones culturales se representan sin sus creadores o la historia se simplifica para hacerla vendible, el lugar puede ganar exposición y perder autoría. La autenticidad no consiste en congelar tradiciones. Consiste en permitir que artistas, cocineros, artesanos, guías, historiadores y comunidades decidan cómo compartirlas y participen del valor que generan.
Nada de esto puede gestionarse únicamente desde una oficina nacional. Los efectos aparecen en barrios, playas, centros históricos, áreas rurales y municipios concretos. Por eso, escuchar a los residentes no es una cortesía posterior a la inversión. Es una fuente de información para decidir dónde construir, qué límite respetar, cómo distribuir los flujos y qué actividad promover. El informe conjunto del BID y de ONU Turismo sobre observatorios de turismo sostenible destaca la necesidad de indicadores económicos, sociales y ambientales, participación de múltiples actores y continuidad institucional.[3]
El cambio ya cuenta con una base internacional. En 2024, la Comisión de Estadística de las Naciones Unidas hizo suyo el Marco Estadístico para la Medición de la Sostenibilidad del Turismo, que integra las dimensiones económica, social y ambiental y permite analizar resultados desde la escala nacional hasta el destino local.[4] Su mensaje es sencillo: las llegadas y el gasto siguen siendo importantes, pero ya no bastan para describir lo que el turismo produce ni sus efectos sociales y ambientales.
Un tablero turístico moderno debería informar cuánto compran localmente las empresas, qué proporción del empleo es formal, cómo evolucionan salarios y carreras, qué municipios reciben beneficios, qué ocurre con el agua y los residuos y cómo valoran los habitantes la actividad. También debería mostrar quién participa en las decisiones. Lo que no se mide suele quedar fuera del discurso del éxito.
La experiencia del visitante y la calidad de vida del residente no son objetivos rivales. Un lugar seguro, limpio, accesible, bien conectado y culturalmente vivo es mejor para ambos. El error aparece cuando primero se diseña el país como producto y después se pide a sus habitantes que se adapten a él.
Antes de celebrar un nuevo récord o aprobar un gran proyecto, convendría exigir respuestas concretas: ¿qué empleos de calidad creará?, ¿qué proveedores locales incorporará?, ¿qué infraestructura compartida dejará?, ¿qué patrimonio protegerá? y ¿qué voz tendrá la comunidad? Si esas respuestas no existen, quizá el turismo esté creciendo. Lo que todavía no puede afirmarse es que esté produciendo desarrollo.
Luis J. Camacho es académico, investigador y editor en las áreas de negocios internacionales, comportamiento del consumidor y sostenibilidad. Preside ALBUS y dirige LABSREVIEW.
Referencias
[1] Banco Interamericano de Desarrollo. (2026, 28 de abril). Turismo en América Latina y el Caribe: cinco acciones concretas para pasar del potencial a la acción. Blog del BID. https://www.iadb.org/es/blog/comercio-e-inversion/turismo-en-america-latina-y-el-caribe-cinco-acciones-concretas-para-pasar-del-potencial-la-accion
[2] Organización Internacional del Trabajo. (2025, 26 de septiembre). Empleo en el sector turístico tras la pandemia: escasez de mano de obra cualificada. ILOSTAT. https://ilostat.ilo.org/es/blog/tourism-jobs-in-the-aftermath-of-the-pandemic-skills-and-labour-in-short-supply/
[3] Banco Interamericano de Desarrollo & Organización Mundial del Turismo (ONU Turismo). (2026). Shaping Sustainable Tourism - The Role of Observatories in Latin America and the Caribbean. IDB/UN Tourism. https://doi.org/10.18111/9789284427413
[4] Comisión de Estadística de las Naciones Unidas. (2024). Informe sobre el 55.º período de sesiones (27 de febrero a 1 de marzo de 2024). Decisión 55/115: Estadísticas de turismo. Naciones Unidas. https://unstats.un.org/UNSDWebsite/statcom/session_55/documents/2024-36-FinalReport-S.pdf
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