Un sábado en el pasado. Esteban Valenti
Este sábado salimos a caminar por el barrio con Selva y tuvimos dos encuentros que nos llevaron a nuestro pasado de la mejor manera, con nostalgia, pero también renovando nuestra confianza en el Uruguay y en la izquierda.
Pocitos no es un barrio donde la izquierda sea mayoría, pero esta no es una nota sobre porcentajes, sobre votos, sino sobre experiencias humanas y políticas compartidas.
A la primera persona que encontramos fue a través de sus dos perros, de raza indefinida, padre e hijo. El padre se adoptó, estaba en una estación de ferrocarril de la Patagonia argentina. El dueño era uruguayo. Se nos acercó y nos dijo con orgullo que nos conocíamos, porque él había sido del seccional "Che" de la UJC de Malvín y que se había hecho comunista antes de la caída de la dictadura en el año 1984.
Era de esa época en que lo enviaban con un grupo de compañeros a tratar de organizar a los estudiantes del liceo de Florida para incorporarlos a la Federación de Estudiantes de Secundaria (FES) y el comisario de la ciudad los sacó a la media hora de su llegada. Dictadura mediante.
Conoció detenciones de muchos militantes estudiantes de la UJC. Junto con los de Treinta y Tres, los últimos detenidos políticos de la dictadura y además torturados, cuando el régimen ya se caía a pedazos.
Toda su breve historia, hecha a lo largo de una cuadra que compartimos caminando juntos, fue con orgullo, porque "para ser comunista y de izquierda había que tener coraje". Lo que le daba en esos tiempos épica a la militancia. Algo de lo que actualmente carecemos de manera notoria.
En pocas cuadras también intercambiamos algunas palabras sobre la situación política nacional y coincidimos en todo, incluso en los nombres de los responsables de la mala imagen de la izquierda y su gobierno. Era una persona que sigue sintiéndose totalmente de izquierda. Estaba tan desilusionado que dijo que no sabía si votar a los "troskos". Con Selva le dimos ánimo de que las cosas cambiarían y que nosotros, que éramos igualmente críticos, militábamos para cambiar la situación. Intercambiamos teléfonos y nos despedimos.
Caminamos unos metros y entramos en un restaurante donde se come realmente muy bien; debe ser de los mejores restaurantes de Montevideo y no es caro en absoluto. Es una comida creativa y exquisita. No damos el nombre porque no tenemos derecho. Saldría a gritarlo a los cuatro vientos. En Pocitos no.
Cuando nos habíamos zampado un delicioso almuerzo -como hemos ido muchas veces-, intercambiamos comentarios e incluso críticas. Yo soy muy exigente y creo que con los años me hice más exigente. Además, modestamente, cocino bastante bien; son testigos muchos de mis amigos y mi familia. Selva también es buena cocinera.
Cuando terminaba el almuerzo, el chef -porque no es un cocinero, sin desmerecer a los excelentes cocineros que hay en este país y que han mejorado y crecido numéricamente a ojos vista- nos comentó que él había sido de la UJC de la Facultad de Arquitectura desde el año 1986. Muchas de las opiniones fueron bastante similares a las que intercambiamos con el anterior compañero que conocimos en un frío mediodía en ciento cincuenta metros.
Ambos circunstanciales interlocutores, en pocos minutos, mostraron su trayectoria, su cultura y su sagacidad política desperdiciada. Sin esa gente, o con esa gente desanimada, no hay salida posible, no para ganar futuras elecciones con el Frente Amplio, sino para crear un clima social y político de exigencia y de avance de las ideas progresistas y de izquierda. Otro rasgo de esas conversaciones al paso, fue la nostalgia por aquellos años de la caída y la salida de la dictadura, yan llenos de coraje, de épica, de política y de conquistas la democracia a mordiscones. Una épica de "nos habíamos querido tanto" y hoy estamos tan desconectados.
No hagamos filosofía -que es tan necesaria-; hablemos desde las más terrenales experiencias en un barrio de Montevideo.
No son casualidades, de una u otra forma las vivimos a diario; hace dos días me sucedió con dos taxistas, uno de ellos argentino, pero residente y ciudadano uruguayo, casi con las mismas opiniones sobre el momento político. Los dos de izquierda, los dos agudos observadores desde su experiencia de contacto con la gente.
Todas las campañas electorales que he realizado -y son muchas- tienen un método que utilizo siempre, incluso con la mampara: hacer unos cuantos viajes en taxi. Aquí en Buenos Aires, cuando la campaña por Hermes Binner o Rosario, también por el candidato socialista que resultó electo como el primer gobernador socialista de la historia argentina. Y los resultados los complemento con las encuestas de opinión pública.
Yo estoy en contra de la mampara, pero al primero que tomé esa mañana le pregunté su opinión y me contestó con una pregunta demoledora: ¿usted sacaría las rejas de su casa? No vivo en casa, pero la respuesta me hizo cambiar de opinión.
A veces la política, que siempre tiene que ver con un elemento fundamental (qué piensa la gente), nos brinda esas experiencias que, si las sabemos aprovechar, son de extrema importancia, aunque no sean académicas ni directamente políticas.
Lo reitero: no fueron para evaluar intención de voto, tampoco los viajes en taxi; fueron para evaluar la sensibilidad de ciudadanos que expresan una parte de la sociedad. Una parte que a mí me importa mucho.
Esteban Valenti.
Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)