Una pared contra la miseria. Jorge Ángel Pérez (desde Cuba)
27.03.2026
"No más miseria", así reclamó alguien en la noche para que lo viéramos en un amanecer que no sería, en nada, apacible.
El tiempo siempre fluye, y tanto es así que hasta supongo que siempre habrá, y quizá hasta el fin de los días, un antes y también un después, un antes que se apresura, que se adelanta a ese después. Y es que el tiempo es el movimiento que se hace seguir por una continuación. Y de eso Platón no tuvo ni la más mínima duda, y eso lo prueban muchísimas certezas. Platón nunca vacilaría a la hora de advertirnos que el tiempo era una imagen móvil de la eternidad.
Y el tiempo fluye también sobre las cosas inanimadas, esas que no tienen conciencia alguna del tiempo. ¿No la tienen? Un grafiti puede aparecer de repente en estos días, y en cualquier sitio, sin que se le esté esperando, incluso sin que sospechemos su pronta aparición en alguna mañana del mundo, en esa mañana que estuvo siguiendo a la noche más oscura; y quizá fue por eso que Platón vio en el tiempo una imagen móvil de la eternidad.
Y yo también estuve mirando una imagen nueva, una que no vi, ni siquiera en un brevísimo instante de la noche anterior.
Y yo miré en la mañana una imagen que alguien fijara en una pared del barrio. Y esa imagen nueva debió fijarse durante la noche, sin dudas para evitar los peligros que acarrea la exposición de un grafiti en alguna pared visible de esta Cuba, en alguna pared del barrio, en cualquier sitio de la ciudad. La imagen debió fijarse en la pared en la más profunda noche para sorprender luego a la mañana del barrio y conseguir el asombro que sin dudas se logró.
"No más miseria", así reclamó alguien en la noche para que lo viéramos en un amanecer que no sería, en nada, apacible, un amanecer que fue complicado, sobre todo para el poder comunista. Primero apareció el murmullo que luego iría creciendo, y creciendo. Primero fue solo un bisbiseo que se hizo rumor grande, casi a gritos, tanto que hizo advertencia a los vecinos. Y más tarde vendría un clamor que despertó, poco a poco, a los vecinos. Más tarde llegó ese clamor, y mucho más.
Y fue entonces cuando aparecieron los chivatos, esos que siempre aparecen camuflados. Todo el barrio quería mirar lo que estaba expuesto. Todos querían ver lo que alguien estuvo fijando en la pared de una casa del barrio. En esa mañana se hicieron mucho los curiosos que pretendieran mirar aquel grafiti que no consiguió unos trazos equilibrados, quizá denotando el nerviosismo del hacedor.
Los rasgos de la escritura dejaban entrever una muy desordenada caligrafía, esa que pareció reconocer el peligro, y la convicción de que podría ser descubierto el "malhechor", y castigado, y encerrado en una cárcel por muchos años, muchísimos más años que el número de letras con las que se trazara aquel grafiti.
"No más miseria", así escribieron. Era breve el mensaje, más bien brevísimo, tanto que hasta era menor el número de grafías usadas en el mensaje que los años de cárcel a cumplir por tal atrevimiento, incluso si se escribía ese tan acostumbrado "Abajo quien tú sabes", que tiene muchos menos caracteres que los años de prisión que cumpliría el "malhechor", algún "gusano imprudente".
Los trazos de letras que armaron el mensaje eran más que esas letras con las que se construyera ese grafiti. "Abajo quien tú sabes", y de verdad se sabe.
"Abajo el PCC", escribieron, con una caligrafía que advertía el susto, el miedo ante la posible aparición del policía y el soldado, ese policía, ese soldado que deberían hacer lo mismo que tú y que yo, ambos exigiendo la pintada, alguien que se enrolara en la pintada, en el trazo de cada letra, porque, a fin de cuentas, como diría Nicolás Guillén, aquel poeta comunista: "Si somos la misma cosa tú y yo".
Y llegó la Policía, sí señor, o quizá solo un chivato, alguno de esos jenízaros que está siempre presto a hacer denuncias para esconder sus propias tropelías. Y llegó el chivato con un cubo de pintura, después que el dueño de la casa pintada se negara a deshacer lo que otros hicieran. "Yo no voy a quitarlo", dijo el vecino, y aseguró que no tenía dinero para "subsanar" lo que otros hicieran.
Y así se siguió mirando eso a lo que los comunistas suelen tildar de afrentas. Y finalmente apareció la pintura que escondería los "agravios", esa pintura apareció para que no fueran visibles los muchos descontentos de los cubanos, las tantas miserias que nos acosan. La pared fue pintada, se escondió el disentimiento, que es para ellos lo más importante, eso a lo que mi madre llamara el "figura'o".
Publicado en Cubanet, el 26 de marzo de 2026
Jorge Ángel Pérez nació en Cuba (1963), donde vive, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas.
Foto : "No más miseria", grafiti que apareció en el barrio del autor
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias