Uruguayo, izquierdista, frenteamplista y partidario de este gobierno (2). Esteban Valenti

01.06.2026

Todos los lectores que me enviaron comentarios, que fueron más que de costumbre, entendieron perfectamente que, en la primera nota, no se trataba de la suma de mi identidad, sino del orden de las prioridades de mis definiciones personales. Y de un análisis político bien actual.

Además de comprender de qué se trata de una visión crítica, en ninguno de esos niveles de definición soy, ni seré más, un seguidor ciego, sordo y mudo. Apoyo sus valores, pero siempre estoy pronto a discutir sus problemas y defectos.

Cuando los seres humanos hicieron de la crítica su herramienta fundamental, cambió la cultura del mundo en todos los terrenos. No hace falta golpearse el pecho; hace falta ser capaces de analizar críticamente todos los fenómenos posibles: la ciencia, la cultura, la política, la nacionalidad, el arte, la moral, la ética, la épica, la estética y, seguramente, muchas cosas más.

Todos los que hicieron grandes aportes a las civilizaciones los hicieron desde la crítica y no desde la contemplación, y menos aún desde el fanatismo.

Por eso, como en la primera parte de esta reflexión sobre las tres condiciones del título, voy a referirme, como lo prometí, a los aspectos críticos de todas.

No soy un uruguayo acrítico y, sin embargo, soy un propagandista tenaz de este país que adopté hace mucho como mi patria. A veces, soy un poco excesivamente optimista sobre el Uruguay.

De todos los países que conozco, y son bastantes por mi labor en IPS, el mejor de todos para vivir es este, por muchos aspectos, pero uno fundamental: el espacio. La proporción entre habitantes y superficie de un país, es algo que no se puede cambiar, al menos en algunas décadas, en Uruguay gozamos de una posibilidad, aún con los millones de turistas, de tener un espacio vital incomparable, maravilloso y nuestro.

Es un pequeño gran país; ya me referí a muchas de sus virtudes y sus diversidades en la nota anterior, hoy me voy a referir a sus defectos y sus problemas estructurales.

Somos -porque asumo que soy parte de esos problemas- un país lento y temeroso de los cambios; incluso en la izquierda, y ni qué hablar en este gobierno, lo está demostrando. A nosotros mismos, en nuestra mentalidad, en nuestro ADN, nos cuesta mucho asumir que la velocidad de los cambios y su oportunidad son fundamentales hoy en día, y lo serán cada día más.

Hemos retrocedido de manera alarmante en algunos valores ciudadanos; por ejemplo, en la importancia que le damos a las inmoralidades y amoralidades del gobierno anterior, a veces igualando todas las circunstancias. Este rasgo ha sido un retroceso notorio.

Aceptamos -todos- que hay estructuras políticas, instituciones que son privilegiadas, por encima de cualquier mérito y dedicación, con sus viajes, con sus viáticos, con muchas cosas y nos parece absolutamente normal y aceptable. Ahora comienzan a aparecer iniciativas legislativas para disminuirlas. Lo malo, lo estructural es que lo aceptamos y creciendo durante décadas. No es corrupción, es liviandad.

Hay un crecimiento evidente de la violencia en la calle, en el deporte y en el tráfico. Nos quejamos, desplegamos más policías y controles, pero no logramos detenerla.

Nos hemos acostumbrado a que la burocracia y la lentitud en el Estado -y a veces también en la actividad privada (bancos, servicios médicos, editores, etc.)- sean un dato geológico, sin solución posible. Un presidente se atrevió a decir que la reforma del Estado era la madre de todas las reformas, y seguimos huérfanos y resignados.

Somos de los peores choferes que he visto en mi vida -y, calculando, manejé en 21 países diferentes-. El crecimiento explosivo de los vehículos personales en los últimos 30 años nos precipitó, y me incluyo en primer lugar, al peor nivel de errores y horrores en el tránsito, ayudado sin duda porque en Montevideo hay cosas inexplicables en el diseño del tránsito. En un solo aspecto somos mejores que otros: en la mayoría de los casos respetamos las cebras. Los semáforos, a veces, son una opinión.

En todos estos casos, se puede decir que no vale compararnos con otros peores y encontrarnos justificativos; eso hace a los países decadentes y sin nervio.

«Izquierdista», hoy en el Uruguay, es una condición de un tercio de la ciudadanía -esperemos-, pero no siempre tiene expresiones que deberían ser obligatorias, como la cultura, la solidaridad, el compañerismo y el respeto por los otros, excepto por los despreciables, que también los hay. Ser de izquierda no es solo una autodefinición ideológica, es una actitud de vida que hemos ido descuidando en la medida en que crecimos. Somos menos cultos, menos estudiosos, menos exigentes con nosotros mismos.

Le prestamos mucha menos atención a los temas internacionales, cuando antes era una condición casi inexorable. La lucha contra las guerras y contra las dictaduras de todo tipo no forma parte del arsenal de todos los izquierdistas en Uruguay.

Hay varias izquierdas, pero ese no es un justificativo para admitir actos que no son en absoluto aceptables para alguien que se sienta y piense ser de izquierda.

Soy frenteamplista, he vuelto a serlo y no me arrepiento de lo que hice. Cuando el FA aceptó defender, justificar y proteger actos inmorales y políticas -incluso sobre los derechos humanos y nuestras relaciones con los militares que se ocultaban bajo un silencio opaco-, no sentí que el Frente Amplio siguiera siendo la izquierda que yo defendí desde los 14 años.

No voté a nadie de la derecha y nunca lo hubiera hecho; no dejé de escribir y opinar contra la derecha y el centro derecha. Nunca. Creíamos que se ponía en peligro la posibilidad del Frente Amplio siguiera gobernando por muchos años y no quisimos resignarnos, luego de varios años de combatir dentro del FA las profundas deformaciones vividas, no creo que tengamos que arrepentirnos.

No fue por nosotros que se perdieron las elecciones del 2019, ni tampoco ayudamos a que el Partido Independiente fuera una fuerza de refuerzo del centro derecha. Allí están sus resultados electorales, los del 2019 y los del 2024.

Los serios errores cometidos por el FA durante el tercer gobierno, y algunos durante el segundo, fueron muy importantes -en particular hacia la familia militar y policial- y se pagaron muy caro.

Cada vez que nos fueron a buscar para las más diversas batallas, a pesar de tener que soportar actos de linchamiento público y ridiculeces como los «diamantes», allí estuvimos: desde el plebiscito contra la venta de Antel en 1992, o el final de la campaña electoral de 2014, la elección de Tabaré, el plebiscito contra la LUC... siempre estuvimos prontos y gratuitos. Nunca nos pagaron nada de nada. ¿Hay muchos que pueden decir eso?

Ahora vemos con preocupación el esfuerzo que está haciendo una parte importante del Frente Amplio por seguir avanzando, construyendo los vínculos imprescindibles con las mayorías nacionales, pero con serios problemas de comunicación e ideas innovadoras. Aunque la actual presidencia del FA es, sin duda, un avance muy importante.

El FA debe asumir con toda su gravedad que, si perdemos las elecciones nacionales y de Montevideo en 2029, además de perder tres años importantes en la vida de la gente y sobre todo de los más necesitados, ponemos en peligro la existencia misma del FA. Aunque suene muy duro. Seguramente yo no lo veré.

Y aquí entro en el último aspecto: el apoyo al gobierno. Creo que es difícil poner en duda el apoyo que le dimos (pongo en plural porque fuimos varios muy cercanos entre nosotros) a la elección en la interna de Yamandú Orsi, el único que podía ganarle a los blancos y colorados. En las elecciones de octubre y el balotaje lo hicimos combatiendo contra serios errores de la propia campaña, que nunca se discutieron ni se discutirán; los triunfos aplacan todo.

Desde que asumió el gobierno hemos trabajado en diversos frentes y lo seguiremos haciendo, lo que no nos nubla la vista: si seguimos por este camino, con este ritmo, con la falta de profundidad de ciertas reformas y creyendo que es solo un problema de comunicación, vamos mal y vamos a terminar peor.

Mejor decirlo ahora con claridad que llorarlo en todos estos años. No se trata de realizar algunos pequeños ajustes en los discursos y la comunicación, sino de asumir que la gente está realmente desconforme, y en especial los izquierdistas y los frenteamplistas. Y que cada uno deberíamos ponernos el sayo.

No voy a lavarme las manos. No alcanza con escribir desde la comodidad de una computadora, eso no alcanza para un militante de 64 años de actividad ininterrumpida; pero tampoco asumo que no he hecho nada, he tratado de ayudar por las más diversas vías y, en la mayoría de los casos, no lo he logrado. Debe ser mi responsabilidad.

Como yo asumo la mía, las fuerzas políticas y los altos cargos de gobierno nacional y departamental deberían asumir las suyas. No alcanza con conmoverse con las encuestas; hay que demostrarlo, no para ganar puntos y votos, sino para ganar la confianza de la gente, de la nuestra en primer lugar.

¿Se puede? ¿Hay tiempo? Sí, todavía es posible, pero hay que hacer cosas importantes y aceptar que las ideas, los empujes no vendrán solo desde el gobierno. 16 meses son suficientes para darnos cuenta.

Lo que está claro es que nuestro gobierno, en 16 meses de ejercicio del poder y en la Intendencia de Montevideo, no han tenido escándalos y no podemos afirmar que los errores hayan sido horrores morales. Antes eso podía ser suficiente; ahora no.

Falta profundidad, falta ejecutividad, falta sentido de oportunidad. Hay que dejarse de insistir con la «unidad nacional» cuando la derecha nos dispara con todas sus armas todos los días y les da resultado; es un grave error político. Hay que tener una mirada mucho más estratégica en nuestra política militar. Hay cosas que no se dicen, pero se hacen.

Al asumir un gobierno, departamental o nacional, que es absolutamente obligatorio, no es obligatorio que los cargos se transformen en una prioridad creciente, en las personas y en las fuerzas políticas. Tiene remedios, pero no los hemos aplicado, nos dejamos llevar alegremente. Será una batalla dura, no de moralina, sino de cultura política.

El peor error político que podemos cometer es no asumir la situación de disconformidad de la gente. No somos infalibles y vaya si lo sufrimos, pero esa condición humana no puede ocultar o justificar la persistencia en los errores.

Insistir en que somos «levemente ondulados» está bien para nuestro territorio bendecido, pero no para los cambios necesarios, en la mentalidad nacional, en el FA, en la política, y en el gobierno que necesitamos.

Esteban Valenti
2026-06-01T06:38:00

Esteban Valenti.

Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)