Usar el celular y saber apagarlo. La batalla por la libertad y la atención. François Graña
18.07.2026
Hasta hace poco tiempo nuestra mente era un santuario impenetrable. Ni el inquisidor más brutal ni el torturador más persistente podían saber qué pensaba realmente su víctima.
Esa frontera ya no existe, la externalización de nuestra mente ya comenzó. El «teléfono» que llevamos en el bolsillo es en realidad una piqueta virtual que está demoliendo poco a poco nuestra soberanía individual. Le hemos abierto con alegría las puertas de nuestra mente al caballo de Troya más exitoso de la historia.
La vigilancia en términos de cámaras callejeras, imágenes satelitales, espías automatizados leyendo nuestro correo electrónico y algoritmos procesando los datos de nuestras tarjetas de crédito es una modalidad que pertenece al siglo pasado. En la actualidad, se trata de vigilar lo que sentimos. Y el dispositivo que llevamos a todos lados es un sensor que mapea nuestro interior biológico con eficacia creciente.
A comienzos del siglo usábamos el celular para hablar por teléfono e intercambiar mensajes; después, para buscar información, para que nos guiara por las calles o para consultar el pronóstico meteorológico. Y ahora lo autorizamos a contar nuestros pasos, a monitorear nuestro sueño, a registrar nuestro ritmo cardíaco. Todo esto se presenta como un maravilloso regalo del progreso tecnológico. Pero los datos biométricos no se quedan en el celular, sino que viajan a servidores gigantescos donde una inteligencia artificial (IA) traduce nuestras reacciones emocionales a algoritmos bioquímicos y a patrones de datos. El celular sabe si te estás enamorando, qué noticias te provocan rabia o tristeza, a dónde vas, con quién hablás, qué comprás, qué mirás en la pantallita, qué deseás, qué cosas disparan tu indignación o tu aprobación.
Hace apenas 20 años teníamos que recordar números de teléfono, direcciones y datos básicos. Hoy, si perdemos el celular, quedamos literalmente aislados de nuestros seres queridos y muy a menudo perdemos información valiosa que no habíamos respaldado. Cada clic, cada segundo en que nos detenemos en una imagen, cada reacción emocional captada por la cámara o por el ritmo cardíaco, es un dato aportado a una IA que tiene un solo objetivo: descifrar nuestro algoritmo biológico para apoderarse de nuestra voluntad. ¿Quién es en realidad el dueño de tus decisiones: vos o ese algoritmo que sabe exactamente qué cosa mostrarte para que se dispare tu dopamina o tu indignación?
La tecnología no es una herramienta neutra. Un cuchillo puede servir para cortar pan o para matar, pero no tiene inteligencia propia ni objetivos, no te observa cómo lo usás para aprender a manipularte. Mientras nuestro objetivo es comunicar o informarnos, el de las aplicaciones es mantenernos pegados a la pantalla el mayor tiempo posible para extraer datos y vender nuestra atención al mejor postor. Al decir de Yuval Harari, entramos en «la era de la minería cognitiva».
Hace 100 mil años, la dopamina era vital para sobrevivir: cuando nuestros ancestros encontraban un árbol frutal o un pozo de agua, sus cerebros liberaban dopamina para que se concentraran en ese objetivo hasta conseguirlo. Los ingenieros de software -gracias a los fieles servicios de una legión de psicólogos, psicólogos sociales, comunicadores, sociólogos, antropólogos y semióticos- descubrieron que se puede disparar ese mecanismo biológico mediante un refuerzo intermitente variable: las recompensas a cierta conducta se entregan de forma impredecible.
Cada vez que miramos el celular, estamos tirando de la palanca de una máquina tragamonedas digital: a veces hay premio y a veces no. Y esa incertidumbre enloquece a nuestro cerebro de primate. Si supiéramos exactamente qué vamos a encontrar, pronto nos aburriríamos y dejaríamos el celular; en cambio, la incertidumbre nos vuelve adictos a la búsqueda. El algoritmo sabe exactamente cuándo darnos la recompensa para que sigamos pendientes de la pantalla. Detecta los momentos en los que nuestra resistencia crítica es mínima para así manipular nuestros deseos y emociones con gran precisión.
La plasticidad de nuestro cerebro es maravillosa, se va moldeando según lo que hace. Cuando pasamos horas saltando de un estímulo a otro en ráfagas de unos pocos segundos, estamos entrenando las neuronas para la distracción permanente. Esta práctica va atrofiando la capacidad de concentración profunda, de lectura pausada y de pensamiento crítico. Estamos cambiando nuestra inteligencia compleja por una reactividad animal instantánea; esto representa una enorme involución cognitiva.
Las empresas tecnológicas han aprendido que las emociones negativas son mucho más rentables que las positivas; el odio, la indignación y el miedo capturan nuestra atención diez veces más rápido que la paz y la comprensión. En el pasado, esto tenía un claro sentido evolutivo: si nuestros ancestros ignoraban una flor, no pasaba nada, pero, si ignoraban a un depredador, se ponían en peligro mortal. Así, el algoritmo está programado para mostrar lo que más irrita o asusta y encerrarnos en una burbuja de indignación constante. Tu rabia es el combustible que hace girar la rueda de los datos.
Vos podrías decir: «Yo elijo qué aplicación abrir», pero, si un sistema externo puede inducirte un deseo o una emoción, entonces, la palabra elección pierde sentido. Te volviste adicto a la dopamina. Pero eso no es lo peor: al perder el control de tu atención, perdés el control de tu propia realidad.
La desaparición del silencio está matando la verdad. En el ómnibus, cuando hacemos cola por algo o cuando esperamos a alguien, llevamos la mano al celu. Nuestro mundo moderno ha declarado la guerra a los tiempos muertos; cada grieta de nuestra vida cotidiana debe rellenarse con un flujo de datos, imágenes y ruido. Pero lo que llamamos aburrimiento no es un error de la naturaleza, sino que cumple una función vital: es el espacio en el que el cerebro deja de recibir información externa y empieza a procesar la realidad interna. Es en el silencio que el ser humano integra sus experiencias, construye su identidad, desarrolla la capacidad de pensar a largo plazo. Matando el aburrimiento, matamos la capacidad de ser humanos y nos transformamos en un sistema que acepta entradas y produce reacciones, pero que ha delegado la capacidad de procesarlas.
Si no somos dueños de nuestra atención, no lo somos de nuestra vida; si un algoritmo decide qué pensamientos pasan por nuestra mente cada 30 segundos, nuestras libertades son meramente teóricas. Hace 2.500 años, el templo griego de Apolo estaba coronado por la inscripción «gnóthi seautón»: conócete a ti mismo. Ese llamado al autoconocimiento era una invitación a experimentar una vida plena y libre. Hoy estamos compitiendo con Google, con Facebook y con demás «redes sociales», así como con los gobiernos, por el conocimiento de nuestras emociones. Si «ellos» entienden tus miedos, tus sesgos y tus vulnerabilidades bioquímicas mejor que vos mismo, habrás perdido el control de tu destino.
¿Es todo esto inevitable? ¿No hay manera alguna de recuperar el control de nosotros mismos? El simple acto de apagar el celular puede ser el primer paso de una resistencia que se valga de la atención y del silencio. La batalla por nuestra libertad ya no tiene lugar en las calles, sino en las fracciones de segundo que separan el aviso de una notificación con nuestra decisión consciente de no mirar. Necesitamos entrenar nuestra atención con la misma disciplina con la que un atleta entrena su cuerpo.
Cada vez que decidimos no mirar el celular, cada vez que elegimos una conversación cara a cara en lugar del mensaje de texto, estamos recuperando un fragmento de nuestro territorio mental. Cada vez que apagamos nuestro celular estamos ganando una batalla en la próxima guerra mundial: la guerra por nuestra mente. No permitas que el ritmo de los algoritmos anestesie tu capacidad reflexiva.
Publicado en Semanario Brecha el 17 julio de 2026
François Graña es Doctor en Ciencias Sociales
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias