Venezuela ante el vigía de la humanidad. Marcelo Marchese
06.01.2026
Cuando uno observa que casi la mitad de nuestra clase política festeja que EEUU secuestre a un presidente sudamericano para llevarlo a un tribunal amañado, tiene sobrados motivos para preguntarse en qué dudosas manos se encuentra el destino de nuestro País.
La preocupación aumenta cuando uno observa que casi la mitad del País festeja lo mismo, cosa que debe ocurrir en todo el continente, así que hay tres asuntos que preocupan aquí: que EEUU, por sí y ante sí, se convierta en juez y gendarme, tratando de recuperar el espacio perdido con China; que casi la mitad de la población del continente no sepa distinguir lo primordial de lo secundario; y que de la unión de estos dos elementos vengan consecuencias nefastas.
Cuando en la década del 30 del siglo pasado se criminalizó el tráfico de drogas, generándonos un problema mayúsculo al fortalecer a los grupos mafiosos y al encarecer el costo del Estado llevando a cabo una tarea destinada al fracaso, nadie imaginó que, además, esa medida sería un día la excusa esgrimida para invadir un País.
Sólo un idiota en estado avanzado de idiotez puede creer en tamaña excusa, y menos aún puede creerla cuando Trump, esta vez de corbata azul, añade en su conferencia que se encargará del petróleo venezolano. Trump es tan original que ha logrado que roguemos por la hipocresía imperial de antaño, y esto es un fenómeno nuevo y otra prueba de la decadencia de nuestra alabada civilización.
¿El lector se imagina al Pepe Batlle y a Herrera, que enfrentó con hechos el primero la injerencia británica, y que se opuso el segundo a la instalación de bases militares norteamericanas, festejando una descarada violación a la soberanía nacional? Festejar algo así es pegarse un tiro en el pie, pues es un abrir la puerta para que cualquiera venga, por los métodos que fuere, por nuestro petróleo, que no es otro que nuestra agua.
El lector pensará que acá no sucederá eso, pues primero se necesita que la gente se muera de hambre mientras la nomenklatura lo pasa chévere, como sucede en Cuba y Venezuela. El problema radica en creer que hay un sólo método para apoderarse de los recursos naturales de un País. Allá están dadas las condiciones para una invasión armada, ya que miles de venezolanos la festejan. Acá están dadas las condiciones para una invasión silenciosa vía contratos secretos, ya que miles de uruguayos duermen la siesta del beneficio del capital extranjero.
Esto nos lleva al segundo asunto, a un rasgo principal de la inteligencia: distinguir lo principal de lo secundario.
Este asunto de no distinguir lo principal de lo secundario responde en parte al fanatismo. El fanático, dominado por el odio, no puede pensar. Así tenemos el caso extremo de una vedette que dice: "te regalo el petróleo a cambio de la libertad". No, nena, si entregás el petróleo porque te lo roban, no tenés libertad, la tiene el chorro. Si un presidente convertido en Joker saluda la invasión con un "La libertad avanza ¡Viva la libertad, carajo!", tenemos otro ejemplo de oligofrenia extrema, ya que si un Estado invade a otro, sea Alemania a Polonia, sea EEUU a Venezuela, Panamá, Guatemala, o, por interpósita persona o ejército, a Chile, no avanza ninguna libertad, sino el Estado invasor.
Así como en la política nacional las dos grandes fuerzas acuerdan en lo esencial, administrar las políticas que vienen de afuera, para discrepar en pequeñas cosas cotidianas siempre relativas a la corrupción, en la política global sucede lo mismo: el capital financiero empuña la batuta para que unos y otros, sea Trump, Xi Jinping o Maduro, bailen a su son mientras los espectadores, se desgarran las vestiduras proclamando a uno u otro como campeón del baile, sin preguntarse de dónde viene la música y quién instaló el decorado.
Atender a quién baila mejor en vez de preguntarse por qué bailan, condenar cuando los otros invaden pero saludar cuando invaden los nuestros, aceptar divisiones ilusorias cuando el que dirige la batuta destina fortunas para dividir a la humanidad, es atender a cosas secundarias obviando lo principal.
La pregunta que debemos hacernos es ¿este estado actual de la humanidad y su grado de inteligencia, podría existir si la educación, el arte, la filosofía, la política, la familia, el sexo y en suma, la civilización, no estuvieran en bancarrota? No, no podría existir. Este estado actual de la humanidad deviene de nuestra bancarrota, así que aquellos polvos trajeron estos lodos y vendrán todavía lodos más abundantes.
Aquí arribamos a los penosos resultados de todo esto: la decadencia de la civilización y los planes del Vigía que ha decidido romper el sello para liberar a Los cuatro Jinetes del Apocalipsis, que traen pestes, conquistas, guerras, hambruna y muerte.
Se trata de crear el Orden Mundial anunciado por Kissinger en su libro, donde se dé término a la era inaugurada por La paz de Westfalia que estableció un orden global basado en el respeto a las soberanías nacionales. Eso ya fue, o está dejando de ser, desde que se crea un gobierno global y tecnócrata en Gaza, se manipula abiertamente la elección argentina condicionando un préstamo, o se abduce al presidente venezolano y se le anuncia a los que quedan, que si no hacen los deberes, los van a sopapear.
El lector argumentará que las soberanías no existen desde que las calificadoras de riesgo, el BANCO MUNDIAL, el FMI o la OMS, definen las políticas de los Estados, y aunque en cierto sentido tendría razón, hay un detalle que hace la diferencia: deben hacerlo pasando por el filtro de los gobiernos nacionales elegidos por la gente, lo que implica que esos gobiernos nacionales elegidos por la gente, deben aplicar las órdenes recibidas, pero deben filtrar esas órdenes no sea cosa que liquiden el respaldo de su propia gente.
Esto significa que es menos peor una dictadura global que deba aplicarse a través de gobiernos elegidos por la gente, que una dictadura global que se maneje mediante administradores verticalmente digitados por la dictadura global. La clave entonces está en que la gente aún elije a sus representantes y autoridades, y eso es una barrera para la dictadura global.
Ahora bien, para arribar a esa dictadura global, no sólo se deben desprestigiar a los presidentes disfrazándolos de Mickey Mouse, como puede verse en la foto de Maduro en los pasillos de la DEA, o mostrar su corrupción mediante Panamá, Paradise y Pandora Papers, sino que es necesario que algunas maquinarias estatales lleven a cabo genocidios e invasiones para que la gente reclame por un poder global que evite los genocidios, las invasiones, y también, las guerras, las hambrunas y las pestes.
Se trata de desesperar a la humanidad para que clame por una solución global, una mano fuerte que limite de una vez por todas "la maldad humana". EEUU se ha convertido en el vigía circunstancial. Trump, y su amañado atentado en la oreja, trabaja para el verdadero vigía ¿Dónde está situado ese vigía? Por un lado, está situado en cada cámara de seguridad, cada celular, cada ordenador y cada tarjeta de crédito. Por el otro, está situado en el lugar donde se reúnen todos los hilos que emanan de cada cámara de seguridad, cada celular, cada ordenador y cada tarjeta de crédito.
¿Mete miedo, verdad? Jamás hubo otro imperio con un control similar ¿Podemos evitarlo? ¿Podemos, al menos, retrasar el proceso inevitable? Creo, amigo lector, que todo es posible siempre y cuando enviemos al fuego purificador, todas y cada una de las verdades que nos están llevando a las fauces de El Gran Vigía. Detectar al enemigo que está allá fuera puede llegar a ser fácil. Ahora, detectar al enemigo que duerme en uno mismo, esa sí que es tarea complicada, y esa es la tarea que define.
Marcelo Marchese
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias