Vestimenta y sexualidad. Marcelo Marchese
12.10.2026
La ropa es la piel de la sociedad, por lo que la ropa encubre la piel y a su vez, la delata. La ropa atrae la mirada precisamente porque cubre al cuerpo. Esto lleva a que, cuando nos vestimos, salimos desnudos al mundo.
La gente se ha tragado el cuento de que nuestra época es la época más libre de todas las épocas, incluido el sexo en este concepto de la libertad. Pruebas de una mayor libertad sexual en el pasado tenemos en abundancia, sea en la pintura, la literatura o la vestimenta. Considera, amigo lector, este dato: en el pasado, el sudor excitaba, y considera este otro: en el pasado no había tanta gente que practicara un pertinaz ayuno sexual mientras evangelizaba con la necesidad de castrar gatos.
En las comunidades primitivas vivían semidesnudos. En las Olimpíadas griegas los atletas competían desnudos. En el Renacimiento, donde la culpa ya ha subido unos peldaños, el pene se exhibía socialmente en una funda llamada bragueta. En nuestro tiempo la bragueta oculta el pene, aunque lo insinúa y roqueros como Robert Plant o Bon Scott usaban jeans apretados con ese evidente propósito.
Borges, cuya represión le impedía "conocer mujer", represión que por otra parte nos dio una de las mejores literaturas, no entendía qué cuernos podía significar la corbata. Ese artilugio exclusivamente masculino que además, cuelga, es de tan evidente interpretación que nada diremos, y lo mismo con respecto a esa lapicera que suele clavarse en el bolsillo izquierdo de la camisa. Si la lapicera es Parker, la lengüeta de acero que permite apretar la camisa será una flecha.
Estas reflexiones sobre ropa y sexualidad me las disparó una mujer muy femenina que gustaba de la ropa con volados. Esa mujer conocía el lenguaje secreto de las flores ¿Es necesario que diga a mi amigo lector a qué cosa femenina refieren los volados en los vestidos con que se fascinan las mujeres?
Otras se fascinan con las transparencias, que antes eran los velos y que ahora pueden ser tejidos de punto abierto, pero como sea, obligan a pensar que debajo de la prenda se encuentra la carne que anhela.
Otra forma de la transparencia es la abundancia de detalles, la abundancia de detalles minúsculos, como en la pintura del artista que fascina a las mujeres: Gustav Klimt. El ojo recorre la superficie y se detiene en cada dibujo, como si se demorara antes de llegar al cuerpo desnudo, pues es más hermoso el misterio que la revelación del misterio. No en vano Baudelaire dice que el misterio es la principal característica de la belleza.
La mujer se fascina con Klimt a causa de la complejidad de aquellos símbolos, como si se tratara de un lenguaje secreto que la mujer quiere que sea revelado, como si la mujer amara que el hombre se detuviera en su complejidad, como si midiera al hombre que pueda pasar sus pruebas.
Hay un cuento medieval, o puede que sea de Las mil y una noches, cosa que no importa pues esas literaturas beben de las mismas fuentes, donde, so pena de muerte, se obliga a un padre a presentar a su hija vestida, y a la vez, desnuda. Esta hija, sabia como suelen ser las mujeres de Las mil y una noches y de los Cuentos de Grimm, desafía al poder y vence al presentarse vestida con una red de pesca.
La pollera, esa prenda abierta por debajo, es la prenda femenina por excelencia, mas la retirada del poder femenino ha llevado a las féminas a la adopción del pantalón, mas la sexualidad vuelve por sus fueros, ya que la prenda será de seda o cuero brillante, y siempre ajustada al cuerpo para manifestar las curvas.
El juego de ocultamiento y revelación del sexo por parte de la vestimenta revela que un cuerpo excesivamente cubierto, como el de ciertas comunidades protestantes, revela una fuerte represión y lo mismo sucede con un cuerpo excesivamente descubierto, sólo que se han elegido caminos diferentes para exhibir similar carencia.
Resulta triste esta moda de los jeans rotos, pues el jean roto es la piel rota y sin embargo, el sexo vuelve por sus fueros desde que ese jean revela la carne. Algo parecido sucede con el tatuaje, una agresión a la piel que sin embargo, la exhibe y cosa parecida sucede con el piercing, y aquí es el momento en que hablemos de esa cumbre del arte universal que es La muchacha de la perla de Vermeer.
El lóbulo de la oreja ha sido penetrado para exhibir el símbolo de la femineidad, esa joya que produce una concha por este mecanismo: una basurita entra en la concha y en su protección, sus jugos la convierten en algo valioso. El símbolo se completa desde que la esfera que guarda la concha semeja el sitio más sensible de la mujer. No en vano la perla ha sido asociada al agua, a la luna y a la mujer.
Como podés ver, amigo lector, en esta vida no hay cómo ocultarse ya que cada cosa es un símbolo y aquello que ha nacido para esconder, revela.
En la despedida nos preguntamos ¿qué será de la moda futura? A medida que la represión sexual avance, el cuerpo quedará más oculto y las diferencias de vestimenta (¿no proclama el feminismo la igualdad del hombre y la mujer?) tenderán a desaparecer pero siempre, siempre, en tanto haya vida, el sexo buscará la manera de manifestarse, ya que todo lo prohibido sólo es un desafío para quien dice: "Yo he sido desde el principio y por siempre seré y no hay otro Dios que yo en el Universo".
Marcelo Marchese
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias