Yemanjá: más allá de la fe. Magela Misurraco

03.02.2026

Yemanjá se ha convertido en un espacio simbólico que convoca mucho más que a los seguidores de la religión umbandista. Cómo se fue dando este fenómeno, qué representa y por qué atrae tanto público son algunas de las preguntas que interpelan a esta ya consagrada tradición.

 

Cae la tarde de un 2 de febrero en la costa de la playa Ramírez. Es un espectáculo de danzas, velas y ofrendas al mar. 

Mientras en la religión católica se celebra el día de la virgen de la Candelaria, en la playa del Parque Rodó se repite el mismo movimiento: afluencia masiva, flores envueltas en papel blanco, barcazas de espuma plast pintadas de celeste, personas que caminan hacia el mar ofrendando bolsitas con perfumes, frutas; collares. Algunos saben exactamente qué hacen y por qué. Otros no. Son adherentes, curiosos y turistas que colman la playa.

Hay público visiblemente extranjero y gente registrando el fenómeno. Unos cuantos fotógrafos.

El 2 de febrero ya no es solo una fecha religiosa: es un ritual colectivo que excede la fe. La playa adopta la forma de espacio simbólico donde convergen las plegarias.

Ese día se celebra a Yemanjá, orixá del mar en las religiones de matriz africana, especialmente la Umbanda y el Candomblé traídas a estas tierras por la esclavitud africana. 

Más laico que religioso 

A diferencia de los dioses del monoteísmo occidental, los orixás representan fuerzas de la naturaleza. Yemanjá encarna el mar como origen, maternidad, protección y fecundidad. No se le reza desde la culpa ni desde el mandato: se la honra con ritmos y ofrendas. 

Durante décadas, en Uruguay, sobre todo desde la dictadura, esta celebración estuvo circunscripta a comunidades religiosas afrodescendientes y a casas de Umbanda. Era un rito interno identitario, reconocido pero marginal. Eso empezó a cambiar hacia los años '80 y '90, cuando la ceremonia salió del ámbito privado y tomó el espacio público, especialmente en la playa Ramírez. 

Sin mirar a quién

Desde entonces, la convocatoria no dejó de crecer hasta convertirse en un evento masivo, visible y transversal.

Lo que distingue hoy al 2 de febrero no es solo su magnitud, sino lo variopinto del público. A la orilla del mar convergen  creyentes, personas de otras religiones y muchas que no se reconocen en ninguna. Gente que no pisa un templo, pero deposita ofrendas en el agua y velas en la arena.Que no se define espiritual, pero ofrece su fe en el acto. Que no cree en orixás, pero necesita establecer un lazo, un pedido o un deseo.

Ahí aparece la clave contemporánea de Yemanjá. La masividad no vació el ritual sino que lo resignificó. Para muchos, dejó de ser un acto de devoción religiosa y pasó a funcionar como una espiritualidad laica, sin dogma ni pertenencia institucional. El centro ya no es la creencia, sino la comunión.

La fe como espectáculo 

En una sociedad cada vez más secularizada, el 2 de febrero muestra una paradoja elocuente: la religión retrocede, pero el ritual, devenido en espectáculo, persiste. Cambia de forma, se mezcla con lo cultural, lo turístico y lo urbano. Pero sigue cumpliendo una función básica: ofrecer un espacio simbólico compartido en un tiempo de incertidumbre y soledad.

Magela Misurraco es Licenciada en Comunicación. Opción Publicidad y Relaciones Institucionales. Udelar

Foto: Santiago Mazzarovich / adhocFOTOS

 

 

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2026-02-03T06:27:00

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