HIF y las naranjas: el otro precio de la gran inversión
21.09.2026
PAYSANDÚ (Uypress/José W. Legaspi)- La megaplanta proyectada en Paysandú convivirá con una región citrícola exportadora. Agua, territorio, tránsito y empleo plantean un debate que va mucho más allá del hidrógeno verde.
Uruguay discute desde hace tres años la planta de combustibles sintéticos que HIF Global pretende instalar en Paysandú como una controversia entre quienes ven una inversión extraordinaria capaz de colocar al país en la nueva economía del hidrógeno verde y quienes advierten sobre sus consecuencias ambientales.
Pero existe una tercera dimensión menos visible: antes de HIF había producción. Tierra trabajada, empresas, trabajadores rurales y una economía construida durante décadas alrededor de actividades agropecuarias. Entre ellas, la citricultura.
La pregunta es entonces diferente: ¿qué ocurre cuando una inversión industrial superior a US$ 5.000 millones llega a un territorio productivo que ya existe? No se trata de elegir entre combustibles sintéticos y naranjas, sino de determinar si pueden convivir.
Una inversión fuera de escala
El proyecto reformulado de HIF prevé una inversión de US$ 5.385 millones, una planta capaz de producir hasta 876.000 toneladas anuales de e-metanol y reciclar unas 900.000 toneladas de CO2 por año. Incluye además un electrolizador de 1,1 GW y dos grandes complejos de generación renovable: el parque solar Lucía, de 1.162 MWp, y el eólico Elena, de 1.137,6 MW.
La empresa estima hasta 3.000 puestos en diferentes momentos de la construcción -con unos 1.400 trabajadores en promedio- y aproximadamente 300 empleos directos permanentes cuando la planta esté operativa.
Es difícil encontrar en la historia económica uruguaya un emprendimiento privado comparable. Pero precisamente por su escala no puede analizarse como si aterrizara sobre un territorio vacío.
El propio Estudio de Impacto Ambiental presentado por HIF ante el Ministerio de Ambiente reconoce la importancia de la agricultura en Paysandú y menciona específicamente la citricultura. Identifica a Forbel S.A. como la principal empresa citrícola departamental, con más de 600 hectáreas de mandarinas, pomelos y naranjas, parte de cuya producción se exporta a Estados Unidos.
La zona de Constancia, donde se proyectó originalmente la planta, tampoco es ajena a esa economía. Allí funcionan actividades vinculadas al procesamiento de cítricos, además de otras producciones. Por eso la discusión no es solamente ambiental. Es también productiva.
Una producción que no puede mudarse
Un monte citrícola necesita años para construirse y no puede trasladarse como una fábrica. Detrás de cada hectárea existen inversiones en plantas, genética, riego, manejo sanitario, infraestructura y conocimiento. Alrededor funcionan viveros, cosechadores, transportistas, plantas de empaque, cámaras frigoríficas, técnicos y exportadores.
Además, una parte de la producción uruguaya compite en mercados internacionales con exigentes condiciones sanitarias y de calidad. Eso vuelve especialmente sensible cualquier transformación del territorio.
No significa que una planta de e-combustibles vaya necesariamente a perjudicar los cítricos. No existe hasta ahora evidencia pública que permita afirmar que HIF vaya a dañar la producción naranjera de Paysandú.
Pero tampoco corresponde dar por demostrada su inocuidad antes de concluir la evaluación ambiental. La pregunta correcta no es, entonces, si HIF destruirá la citricultura, sino qué garantías deberán establecerse para que no la afecte.
Agua, emisiones y controles
Probablemente ninguna cuestión resulte tan sensible como el agua. La producción de hidrógeno mediante electrólisis necesita agua. La citricultura también.
El estudio ambiental recoge la preocupación por la demanda hídrica del proyecto. HIF sostiene que el consumo de la planta representará menos del 0,01% del caudal promedio mensual histórico del río Uruguay y que su captación no afectaría la disponibilidad ni las tomas cercanas.
Es un dato relevante, pero los productores no trabajan solamente con promedios históricos: también enfrentan sequías, bajantes y eventos extremos. Una industria concebida para funcionar durante décadas deberá demostrar que su demanda es compatible con el consumo humano, los ecosistemas y las actividades productivas también en situaciones críticas.
Algo similar ocurre con las emisiones. El proyecto producirá e-metanol utilizando hidrógeno verde y CO2 biogénico. Parte del dióxido de carbono procederá de ALUR: HIF ya aseguró unas 150.000 toneladas anuales, mientras el proyecto completo prevé reciclar alrededor de 900.000.
La existencia de instalaciones químicas y procesos industriales no demuestra por sí misma una afectación sobre los cítricos. Lo determinante serán las sustancias emitidas, sus concentraciones, su dispersión y el cumplimiento de las normas ambientales.
Por eso el Estado debería contar con una línea de base previa que determine las actuales condiciones del suelo, agua, aire y cultivos. Sin ella, cualquier controversia futura sobre eventuales daños será mucho más difícil de resolver.
El territorio y el empleo también cambian
La transformación puede ser más inmediata en otros aspectos. La construcción supondrá miles de trabajadores, maquinaria pesada, materiales y circulación logística. El propio estudio ambiental reconoce la interacción con la citricultura: al analizar los accesos, señala que una de las alternativas reduce la presión sobre el acceso norte utilizado actualmente por Sanducitrus y prevé acondicionar otra vía para tránsito pesado.
Compartir territorio significa compartir caminos, infraestructura y servicios. Pero allí también existe una oportunidad. Una inversión de esta magnitud puede mejorar carreteras, comunicaciones, energía y logística que posteriormente beneficien a otras actividades. El desafío consiste en que HIF no solamente utilice la infraestructura existente, sino que contribuya a aumentar la capacidad productiva del territorio.
También habrá efectos sobre el empleo. La citricultura demanda mucha mano de obra, particularmente durante la cosecha, mientras HIF proyecta movilizar miles de trabajadores durante la construcción y estima contratar localmente alrededor del 70% de esa mano de obra.
Eso puede generar competencia por trabajadores, técnicos, transportistas, soldadores y mecánicos. Puede elevar salarios, algo positivo para quienes trabajan, pero también aumentar costos para las empresas instaladas.
La respuesta debería ser formar más trabajadores. UTU, UTEC, Universidad de la República, INEFOP, empresas y gobierno departamental tienen allí un desafío común. El desarrollo no consiste en que una actividad desplace a otra, sino en conseguir que ambas aumenten su productividad.
Las naranjas también enfrentan otras amenazas
Sería equivocado atribuir a HIF todos los problemas de la citricultura. En junio de 2026 el gobierno lanzó en Paysandú una campaña nacional contra el HLB, considerada una de las enfermedades más destructivas de los cítricos y para la cual no existe cura. El intendente Nicolás Olivera advirtió entonces sobre el riesgo que representa para una actividad de la que dependen localidades enteras.
El futuro citrícola estará determinado por múltiples factores: sanidad vegetal, genética, mercados, costos, logística, cambio climático y disponibilidad de agua. HIF será una nueva variable. Importante, pero no la única.
La oportunidad de pensar el territorio
Uruguay suele transformar las grandes inversiones en discusiones binarias: desarrollo o ambiente; inversión extranjera o producción nacional; industria o campo. Es una falsa elección.
Una inversión superior a US$ 5.000 millones vinculada a una nueva tecnología energética representa una oportunidad excepcional. Pero la aparición de algo más grande no vuelve secundario aquello que ya existe.
La citricultura significa inversión acumulada, exportaciones, conocimiento y empleo. HIF ofrece la posibilidad de incorporar una nueva cadena industrial y energética. El desafío consiste en hacer compatibles ambas.
Y existe ahora una oportunidad adicional. Durante 2026 el emplazamiento original volvió a discutirse y el gobierno manejó una eventual relocalización dentro de Paysandú, mientras la empresa ha señalado que la ubicación definitiva todavía debe resolverse.
Si la planta cambia de lugar, la decisión no debería responder únicamente a ingeniería, costos o relaciones diplomáticas. Debería considerar también el mapa productivo: dónde están los montes citrícolas y las fuentes de agua, por dónde circula la cosecha, dónde funcionan las plantas de procesamiento y qué localidades dependen de esas actividades.
Porque la pregunta nunca debió ser solamente si Uruguay quiere a HIF. La pregunta es qué Uruguay quiere construir alrededor de HIF.
Si la mayor inversión privada de la historia del país termina convertida en una isla industrial rodeada de actividades que pierden competitividad, habrá sido una oportunidad parcialmente desperdiciada. Si, en cambio, permite mejorar caminos, energía, capacitación, controles ambientales, logística y planificación territorial, podrá fortalecer también aquello que estaba antes. Incluidas las naranjas.
La transición energética tendrá verdadero sentido para Paysandú si dentro de veinte años es posible mirar la planta de combustibles sintéticos y los montes citrícolas y comprobar que ninguno tuvo que desaparecer para que el otro pudiera crecer.
Foto: Elaborada con IA
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias