Caetano: Uruguay no tiene "relato de futuro" ni voluntad política para impulsar la innovación
01.08.2026
MONTEVIDEO (Uypress)- El historiador y politólogo Gerardo Caetano, entrevistado por la colega Lucía Barrios para el Cuestionario Futuria de La Diaria advirtió que si el país adopta una actitud prescindente frente a la revolución tecnológica, "la corriente terminará llevándolo hacia un lugar decidido por otros"
Historiador, politólogo e investigador nivel III del Sistema Nacional de Investigadores, Gerardo Caetano es una de las principales referencias del país en historia política. Doctor en Historia por la Universidad Nacional de La Plata, fue director del Instituto de Ciencia Política de la Universidad de la República. En 2022 recibió el Premio Latinoamericano y Caribeño de Ciencias Sociales del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) y en 2024 el Premio Bartolomé Hidalgo a la trayectoria.
Caetano analizó los desafíos que enfrenta Uruguay para insertarse en la nueva economía del conocimiento y advirtió que el país carece de un relato de futuro y de una voluntad política sostenida para impulsar la ciencia, la tecnología y la innovación.
Si hoy tuviera que explicarle al mundo en qué punto está Uruguay en materia de agregación de conocimiento, innovación y agregación de valor, ¿cómo definiría la situación del país? ¿Qué indicadores serían claves para describir ese escenario?
Diría que la situación de Uruguay es preocupante. El país no exhibe un alto nivel de agregación de valor, y transformar esa realidad debería convertirse en uno de los ejes de políticas de Estado sobre los que, si no todos, al menos buena parte de los actores políticos uruguayos podrían converger.
Un indicador muy claro es la inversión pública en ciencia, tecnología e innovación. Integro la Academia Nacional de Ciencias del Uruguay, además de la de Letras. Recuerdo que ya en la campaña electoral de 2014 logramos que todos los candidatos presidenciales asumieran el compromiso de avanzar hacia el objetivo planteado por Naciones Unidas: destinar al menos el 1% del producto interno bruto (PIB) a investigación en ciencia, tecnología e innovación. Hay países, especialmente pequeños, que invierten bastante más, pero ese 1% representa un piso básico.
Sin embargo, Uruguay no ha avanzado. Se habla de nuevos sistemas de medición según los cuales se habría pasado de invertir 0,4% a 0,6% del PIB, pero eso depende mucho de cómo se mide el indicador. En realidad, la inversión pública en ciencia y tecnología sigue siendo baja en comparación con otros países.
¿Y por qué hago énfasis en la inversión pública? Porque la inversión privada ha sido casi siempre muy reducida. Si observamos los indicadores comerciales, tanto en la venta de bienes como de servicios, encontramos diferencias. El sector servicios presenta una situación mucho mejor y constituye uno de los principales factores de punta. En cambio, en la comercialización de nuestros productos básicos no estamos bien. Es cierto que el sector agropecuario ha incorporado mejoras y hasta "revoluciones" en las últimas décadas, pero todavía estamos muy lejos de lo que se podría.
Los principales productos que exporta Uruguay -como la soja, la carne, el arroz, los granos o la madera- podrían incorporar mucho más valor. Basta con mirar a los países vecinos para comprobarlo.
También enfrentamos otro desafío: adaptar la producción a los cambios en la demanda mundial. Estamos viviendo transformaciones muy grandes en las pautas de consumo, y lo que ofrecemos en nuestra canasta exportadora muchas veces no está a la par de esos cambios. El sector servicios, en cambio, está mejor y allí existen fenómenos muy virtuosos en términos de procesos de implementación de valor.
Ahora bien, la inteligencia artificial representa un gran cambio, revolucionario. En este terreno todo el mundo va atrás, pero Uruguay, particularmente, viene muy rezagado. Ese es un desafío que el país no puede eludir.
Además, no solo es necesario fortalecer la investigación vinculada a la producción o la llamada "ciencia aplicada". También es indispensable respaldar la investigación en ciencia básica, porque constituye un sustento clave, diría que imprescindible, para tener un espacio general de ciencia y tecnología potente.
Durante mucho tiempo se creyó que la mejor política de innovación consistía en atraer inversión extranjera directa, bajo la idea de que esa inversión traería también conocimiento y tecnología. Creo que la experiencia ha demostrado que con eso no alcanza. Incluso para "copiar bien", que no es el mejor camino para mí, primero hay que contar con una buena comunidad científica y tecnológica. En ese sentido, los porcentajes siguen siendo bajos y la incorporación del conocimiento a los procesos productivos continúa siendo insuficiente.
Es una pena, porque Uruguay, por muchas razones -por lo que produce, por su tamaño y por su ubicación geopolítica-, podría convertirse en un verdadero hub de incorporación de ciencia y tecnología en América del Sur, una región que hoy es uno de los emporios de mayor exportación de bienes primarios y minerales pero sin procesamiento.
Usted mencionaba que uno de los indicadores que muestran una situación preocupante es la baja inversión pública en investigación. ¿Qué está pasando? ¿Hay falta de decisión política? ¿Qué explica esa situación?
Vengo siguiendo este tema de manera comprometida desde hace varios gobiernos, de distintos signos políticos, y creo que lo que falta es una voluntad política consistente. Esto se observa en administraciones de diferentes orientaciones, aunque por motivos distintos.
Todavía no existe una conciencia efectiva dentro del sistema político de que una apuesta fuerte por la innovación, la ciencia y la tecnología, acompañada de un fortalecimiento de los circuitos de investigación realmente existentes, constituye una apuesta a factores cuyos resultados tendrán un impacto profundo en el desarrollo del país. Eso depende, fundamentalmente, del peso de la voluntad política. Y aunque nadie se manifiesta públicamente en contra de la ciencia, la tecnología o la innovación, en los hechos esa voluntad no se traduce en acciones concretas.
Lo mismo ocurre en el sector empresarial. Sin caer en generalizaciones y reconociendo que existen ejemplos virtuosos, los empresarios uruguayos, en términos generales, no han transformado su visión hacia una perspectiva de apertura profunda en estos temas. Algo similar sucede con los clústeres regionales y las cadenas regionales de valor. Durante mucho tiempo se planteó que podían ser herramientas fundamentales para el desarrollo, pero no se han terminado de consolidar, entre otras razones, porque la integración regional tampoco ha funcionado como se esperaba.
Además, Uruguay no está aprovechando plenamente los circuitos internacionales de cooperación para fortalecer el desarrollo científico. Hay que identificar con claridad dónde están esas oportunidades. Aunque siempre es debatible, tengo la impresión de que Uruguay está desaprovechando muchas oportunidades, principalmente porque falta conciencia sobre la necesidad de desarrollar una "diplomacia científica" mucho más consistente. Hoy hacer ciencia también significa construir competitividad de manera diversa, y los escenarios de la política exterior y de la cooperación internacional son muy trascendentes para eso.
Necesitamos fortalecer la formación, por ejemplo, en inteligencia artificial. Existen oportunidades de aprendizaje que distintos países están ofreciendo y que Uruguay no está aprovechando plenamente, salvo por esfuerzos individuales o algunos proyectos colectivos puntuales. A mi juicio, no aprovechar esas oportunidades, constituye un error importante.
¿Qué incide para que Uruguay no aproveche esas oportunidades? ¿Tiene que ver con que estamos demasiado concentrados en la coyuntura?
Comparto ese diagnóstico. Es cierto que atravesamos una coyuntura marcada por una enorme incertidumbre y por dificultades muy importantes. También es cierto que resulta difícil apartarse de esa coyuntura cuando el país enfrenta situaciones como un aumento irracional de los aranceles o las tensiones entre Argentina y Brasil, los dos principales socios del Mercosur.
Pero, aun así, falta una mirada de largo plazo. Cuando la coyuntura es compleja no se trata de establecer dilemas binarios, en los que atender una cosa implique abandonar la otra. Siempre es necesario combinar la gestión del presente con una estrategia de futuro, y creo que esa visión de largo plazo no existe o es insuficiente.
No hemos desarrollado en profundidad la convicción de que no todo es corto plazo. En medio de esta revolución científico-tecnológica, es imprescindible anticiparse.
Usted mencionaba la importancia de la diplomacia científica. ¿Cómo cree que Uruguay debería mostrarse ante el mundo? ¿Cuál debería ser la imagen que proyecte el país?
Durante mucho tiempo Uruguay ofreció al mundo patrimonios importantes. Algunos todavía los conserva y otros los ha ido perdiendo. Entre los que mantiene están la solidez democrática, una tradición de estabilidad política, una actitud favorable a la negociación y una disposición a trabajar con otros sin exigir que piensen igual. Todo eso sigue siendo un patrimonio muy valioso, siempre que exista un rumbo claro.
Sin embargo, Uruguay ha dejado de proyectar algo que en otros momentos fue una de sus principales fortalezas: la idea de ser un país laboratorio. Uruguay reúne condiciones inmejorables para desempeñar ese papel. Tiene ventajas geopolíticas relevantes y, por su escala demográfica, puede adaptarse con mayor facilidad a las nuevas demandas en materia de formación de recursos humanos. Pero para eso el sistema educativo necesita mucho más apoyo y transformación.
El país puede y debe desplegar una política intensa de aprendizaje en áreas estratégicas vinculadas a la inteligencia artificial. Hoy existen iniciativas, pero todavía son muy moderadas. Son esfuerzos que no terminan de cuajar.
Un ejemplo particularmente virtuoso para mí es el programa Ceibal. Ha sido sostenido por gobiernos de distintos signos políticos, pese a haber surgido durante la llamada "era progresista". Para mí, el Ceibal ha demostrado una enorme capacidad de innovación.
No es el único caso. Existen otros espacios de innovación en Uruguay. El problema es que no cuentan con el respaldo suficiente para que las transformaciones que ya están proponiendo puedan desarrollarse con la intensidad que exige el momento actual.
Lo que sostengo es que Uruguay tiene condiciones para presentarse ante el mundo como un país atractivo para iniciativas innovadoras. Sin embargo, debe recuperar algunas fortalezas que perdió en las últimas décadas.
¿Cómo cuáles?
La idea de ser un país laboratorio, innovador, de avanzada; un país que no le teme a asumir los riesgos que implican las transformaciones de esta época y que puede implementar, con mayor facilidad que los países grandes, procesos de innovación que en otras escalas resultarían mucho más complejos.
Uruguay ya lo hizo en el pasado. Aprovechó su tamaño no como una limitación, sino como una ventaja para ofrecer experiencias innovadoras que otros países más grandes no podían desarrollar con la misma facilidad. Puede volver a hacerlo. Pero hace varias décadas que le cuesta recuperar esa condición.
¿Qué desigualdades que hoy estamos subestimando van a ser determinantes para el futuro?
La principal tiene que ver con la situación de la niñez y la adolescencia. La desigualdad social, que duplica los promedios generales de pobreza y desigualdad entre niñas, niños y adolescentes, es un escándalo también desde la perspectiva del desarrollo innovador de Uruguay. Lo que estamos diciendo es que, justamente cuando las generaciones más jóvenes deben incorporarse a un mundo que atraviesa una transformación de enorme intensidad, una parte muy importante de ellas, más del 20%, permanece marginada por condiciones muy penosas.
Además de ser un factor de desigualdad radical, esto ocurre en un contexto en el que las posibilidades laborales están cambiando en apenas unos pocos años. Entonces, ¿cómo vamos a integrar a esos niños, niñas y adolescentes excluidos al mundo del trabajo del futuro si permanecen marginados social y económicamente?
Creo que la desigualdad del conocimiento topea la posibilidad de los niños y adolescentes para que puedan incorporarse plenamente a las transformaciones tecnológicas, a las nuevas formas de comunicación y a los nuevos procesos de aprendizaje.
Esas dos dimensiones -la desigualdad económica y la del conocimiento- se potencian mutuamente. Uruguay, además, es un país envejecido. El protagonismo de la innovación no puede recaer sobre las generaciones de mayor edad, sino que debe tener una vez más su motor fundamental en los niños, niñas y adolescentes. Si justamente en ese grupo duplicamos los niveles de pobreza y desigualdad social y económica, estamos comprometiendo seriamente los desarrollos del futuro. A mi juicio, esa desigualdad no solo compromete el desarrollo científico y tecnológico del país, sino también la integración social.
¿Qué relatos de futuro dominan hoy en Uruguay?
Lamentablemente, no veo muchos relatos de futuro. Hace alrededor de una década escribí, junto con otros colegas, un libro titulado La provocación del futuro, que buscaba precisamente instalar esa discusión.
En aquel momento Uruguay había crecido al amparo de un contexto internacional favorable y parecía tener condiciones para dar un salto hacia el desarrollo. Ese salto finalmente no ocurrió. Hay muchos factores que lo explican, pero uno de ellos, a mi entender, es la ausencia de un relato de futuro.
Una sociedad necesita proyectarse hacia adelante. Para desarrollarse requiere autopercibirse como parte de una aventura cuyo eje principal está en el futuro.
En buena parte de la sociedad uruguaya predomina la idea de que el futuro es absolutamente impredecible, que ya no depende de nosotros y que está cada vez más dominado por grandes centros económicos, científicos y tecnológicos absolutamente revolucionarios pero radicalmente externos. Entonces aparece la idea de dejarse llevar por la corriente y encontrar, si acaso, un lugar en el futuro.
Yo no comparto esa visión. Está demostrado que si un país asume esa actitud pasiva en materia de inserción internacional y de desarrollo, la corriente termina llevándolo hacia un lugar decidido por otros y que a menudo no corresponde con nuestros deseos y necesidades. Por supuesto que Uruguay no va a liderar las grandes transformaciones científico-tecnológicas del mundo de hoy. Pero si no construimos un relato propio frente a esos cambios, si creemos que la tecnología es el único motor del futuro y que esa tecnología siempre vendrá desde afuera, estaremos generando una profecía autocumplida de segregación o de asociación subordinada.
La ciencia y la tecnología importadas, simplemente copiadas, nunca alcanzarán para producir una transformación profunda en términos de desarrollo. Por eso creo que ese no es un auténtico relato de futuro para el país. Es un relato pasivo, sin voluntad transformadora, que inevitablemente termina llegando tarde y mal a los procesos de innovación que más nos importan.
Para pensar el futuro: las recomendaciones de Gerardo Caetano
El historiador y politólogo propone una selección de libros para reflexionar sobre los desafíos de la democracia, los cambios del capitalismo, el papel de Uruguay en un mundo en transformación y el impacto de la inteligencia artificial.
- Cruce de épocas. Brújulas perdidas y futuros desafiantes (1992-2025), de Enrique Rubio (Tres Huellas, 2026).
- Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, de Yanis Varoufakis (Deusto, 2024).
- Aspirantes a fascistas. Una guía para entender la principal amenaza a la democracia, de Federico Finchelstein (Taurus, 2025).
- Magnifica Humanitas. Encíclica. Sobre la custodia de la persona humana en tiempos de la inteligencia artificial, de León XIV.
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias