INTERNACIONALES / MEDIO ORIENTE

Acuerdo EEUU-Irán: quién ganó, quién perdió y quién lo cuenta

19.06.2026

MONTEVIDEO (Uypress) – El acuerdo provisional entre Estados Unidos e Irán abrió una tregua de 60 días, permitió reabrir el estrecho de Ormuz y redujo el riesgo inmediato de una crisis energética global. Pero apenas firmado, empezó otra disputa: no por el territorio ni por los barcos, sino por el relato.

¿Quién ganó? ¿Quién perdió? ¿Fue una victoria diplomática de Donald Trump, una supervivencia estratégica de Irán, una derrota de Benjamin Netanyahu o un alivio para la economía mundial?

La respuesta depende del punto desde el que se mire.

El periodista italiano Marco Travaglio, director de Il Fatto Quotidiano, planteó una lectura dura para Occidente. Según su análisis, el gran derrotado es Netanyahu, porque perdió tanto la guerra como la paz. Trump, en cambio, habría perdido la guerra, pero ganó la posibilidad de presentar la paz como una victoria.

La idea es provocadora, pero apunta a una tensión real. Trump llegó al acuerdo después de una campaña militar que no logró derribar al régimen iraní ni imponer una rendición total. Aun así, puede mostrar la reapertura de Ormuz, la baja del riesgo energético y la firma de un memorando como un éxito propio.

Netanyahu queda en una posición más difícil. Su estrategia política se alimentó durante años de la confrontación permanente: Irán, Gaza, Líbano, Hezbolá, seguridad, amenaza existencial. Si la guerra se detiene, también se reduce el terreno sobre el que construyó buena parte de su liderazgo.

Por eso sectores duros del gobierno israelí reaccionaron con rechazo. Para ellos, el acuerdo devuelve legitimidad a Teherán, debilita la presión militar y deja sin resolver puntos clave como el programa misilístico iraní, el uranio enriquecido y el papel regional de Hezbolá.

Travaglio va más lejos: sostiene que Irán aparece como ganador porque el régimen sigue en pie, Ormuz vuelve a abrirse bajo condiciones negociadas, se habilita alivio económico y Washington se compromete a abstenerse de acciones de desestabilización.

Su lectura también incorpora a China y al sur global como beneficiarios indirectos. Si Irán resiste, si Estados Unidos acepta negociar y si el eje occidental no logra imponer sus objetivos máximos, el tablero multipolar sale fortalecido.

Desde América Latina, la analista Natalia Pettinari, de Ámbito Financiero, propone otro matiz. Para ella, el primer ganador es la economía mundial. La reapertura de Ormuz reduce el riesgo de una crisis energética, aleja una suba abrupta del petróleo y da aire a mercados que venían operando bajo amenaza de shock.

También gana, al menos temporalmente, la estabilidad regional. El acuerdo no resuelve las causas profundas de la confrontación, pero evita una escalada mayor en un punto crítico para el comercio mundial de energía.

Ese enfoque es menos ideológico y más sistémico. No pregunta primero quién humilló a quién, sino qué riesgo se redujo. Y en ese plano, el beneficio inmediato es claro: menos presión sobre el petróleo, menos incertidumbre logística y menos temor a una guerra regional abierta.

Pero Pettinari también identifica perdedores. Irán sobrevive, pero llega golpeado: con daños militares, economía deteriorada, sanciones todavía en discusión y una influencia regional menor que la de años anteriores. No obtiene una victoria plena, sino una salida posible.

Israel también pierde margen. Prefería una presión mucho más dura sobre Teherán y ahora mira con recelo la vuelta de las negociaciones. Su capacidad de imponer una agenda militar quedó condicionada por Washington.

Estados Unidos tampoco obtiene una victoria total. Trump había construido su discurso sobre fuerza, presión máxima y rendición iraní. Terminó aceptando una negociación que, para varios críticos, se parece demasiado al tipo de acuerdo nuclear que él mismo abandonó años atrás.

Esa es tal vez la conclusión más incómoda: después de meses de guerra, ninguno de los actores principales consiguió exactamente lo que quería.

Trump no consiguió una rendición iraní. Netanyahu no consiguió un cambio de régimen ni la neutralización definitiva de Teherán. Irán no salió indemne ni fortalecido en todos los planos. Y la región no obtuvo una paz estructural, sino una tregua condicionada.

El acuerdo de 14 puntos funciona más como pausa que como cierre. Extiende el alto el fuego, reabre Ormuz, abre conversaciones sobre el programa nuclear y prevé alivio económico. Pero deja para adelante las definiciones más sensibles.

El fondo de reconstrucción de US$ 300.000 millones es un ejemplo de esa ambigüedad. Para algunos sectores iraníes, puede ser presentado como una reparación indirecta o como prueba de que Teherán arrancó concesiones. Trump, en cambio, negó que Estados Unidos vaya a poner dinero y dijo que Washington no aportará recursos públicos.

La diferencia entre ambas narrativas es central. Irán necesita vender el acuerdo como una victoria de resistencia. Trump necesita venderlo como una victoria de fuerza. Israel necesita explicar por qué no logró impedirlo. Y los mercados solo necesitan que los barcos vuelvan a circular.

Ormuz sintetiza la paradoja. El estrecho estaba abierto antes de la guerra. La novedad no es que vuelva a abrirse, sino que durante el conflicto Irán demostró que podía cerrarlo, encarecerlo o volverlo imprevisible. Esa capacidad de presión quedó instalada.

Por eso la reapertura no elimina el cambio estratégico. El mundo comprobó que una crisis localizada puede afectar una de las arterias centrales del comercio energético global. Y que, llegado el caso, Teherán tiene herramientas para trasladar su conflicto con Occidente al precio del petróleo.

China observa ese escenario con atención. No necesitó disparar un misil ni sentarse en la mesa principal para beneficiarse de un debilitamiento relativo de la autoridad occidental. Cada vez que Washington negocia después de no lograr imponer condiciones militares, Pekín lee una señal sobre los límites del poder estadounidense.

El sur global también puede interpretar el episodio como parte de una transición más amplia. La capacidad de Estados Unidos e Israel para definir unilateralmente el desenlace de una guerra aparece más limitada que en otras etapas. Las mediaciones, los mercados energéticos, los países del Golfo, China y los actores regionales tienen hoy más peso en el resultado.

Pero sería exagerado hablar de una derrota absoluta de Occidente. Estados Unidos logró frenar una escalada que podía dañarlo internamente, contener el precio de la energía y conservar el rol de árbitro principal. Trump puede presentar el acuerdo como una prueba de liderazgo, aunque sus términos sean más modestos que su retórica.

La paz, entonces, no tiene un único ganador. Tiene capas.

Gana la economía mundial porque baja el riesgo energético.

Gana Trump en el relato inmediato, porque puede decir que detuvo la guerra.

Gana Irán porque sigue en pie y vuelve a negociar desde una posición reconocida.

Gana China porque ve erosionarse la capacidad occidental de imponer desenlaces.

Pierde Netanyahu porque la paz reduce el oxígeno político de su estrategia permanente de guerra.

Pierde Israel si el acuerdo limita su margen de acción contra Irán y Hezbolá.

Pierde también la idea de victoria total, porque nadie la consiguió.

Ese es el punto más relevante. El acuerdo no consagra una paz sólida, sino una administración provisoria del fracaso de todos.

Fracaso militar de quienes prometían rendición. Fracaso político de quienes buscaban cambio de régimen. Fracaso diplomático de quienes creían que la presión máxima reemplazaba a la negociación.

Y, al mismo tiempo, éxito práctico de quienes entendieron que una guerra más larga podía incendiar la economía global.

La tregua de 60 días será la prueba. Si se transforma en acuerdo nuclear, alivio sancionatorio verificable y estabilidad en Líbano, Trump podrá decir que ganó la paz. Si se rompe, Netanyahu y los sectores duros volverán a reclamar la guerra. Si Irán gana tiempo y reconstruye poder, sus halcones dirán que resistir fue suficiente.

Por ahora, el acuerdo deja una imagen menos épica y más realista: todos cedieron algo, todos perdieron algo y todos intentan contar que ganaron.

La guerra terminó, al menos por ahora.

La batalla por el relato recién empieza.

Imagen: Donald Trump y Benjamin Netanyahu / archivo.

Internacionales
2026-06-19T14:04:00

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias