Brasil después de la primera vuelta: Bolsonaro a un paso de vencer; Lula necesita un milagro

05.10.2026

SAN PABLO (ANSA/por Marcello Campo) – El candidato derechista tiene todas las de ganar para la segunda vuelta del 25 de octubre. Sus aliados dominarán el Congreso, lo que, de llegar al Planalto, le permitiría indultar a su padre, Jair Bolsonaro, como prometió.

 

En veinte días, Brasil, el país más importante y rico de Sudamérica, probablemente ingresará en la órbita de Trump, consagrando el avance de la llamada Doctrina Monroe en toda la región.

Su triunfo cambiaría las cosas en Brasil, pero también a nivel global.

Flávio ya anunció que indultará a su padre, Jair Bolsonaro, quien actualmente cumple arresto domiciliario tras ser condenado por el intento de golpe de Estado de 2023. También prometió reducir el gasto público y aplicar mano dura contra el crimen.

También habrá novedades en materia ambiental: a su juicio, "las restricciones limitan el desarrollo de la economía" y el calentamiento global es "un fenómeno cíclico". Todas son malas noticias para los defensores de la Amazonía, el pulmón verde del planeta, y para quienes luchan contra el cambio climático, tanto en Brasil como en el resto del mundo.

Con Flávio en la Presidencia, Brasil ingresaría además al Escudo de las Américas, la alianza político-militar regional promovida por Estados Unidos. El acercamiento a Washington podría enfriar las relaciones de Brasilia con Pekín y también con Bruselas, además de dificultar la implementación del acuerdo recientemente firmado entre la Unión Europea y el Mercosur.

La votación decisiva será en la segunda vuelta del 25 de octubre. Lula está unos dos puntos porcentuales por detrás, pero los demás candidatos, que suman en conjunto el 7% de los votos, están mucho más cerca de la derecha que de Lula.

En otras palabras, el veterano líder progresista necesitaría un milagro político para revertir la situación. Será muy difícil, aunque no imposible. Lula buscará el apoyo de quienes no fueron a votar (la abstención fue alta, aunque no extraordinariamente alta) y de quienes votaron en blanco o anularon su voto. También apelará al temor de que un Bolsonaro vuelva a gobernar Brasil.

Pero incluso si lo consiguiera, su cuarto mandato sería un calvario, condicionado por una Cámara de Diputados dominada por la derecha y un Senado con capacidad para designar jueces de la Corte Suprema hostiles a su gobierno.

La probable derrota de Lula marcaría el punto culminante de este "annus horribilis" para la izquierda latinoamericana, que en pocos meses fue arrasada por la internacional reaccionaria: primero Chile, luego Perú y Colombia. Los líderes progresistas fueron cayendo como fichas de dominó, impulsados por representantes de la derecha trumpista.

El gran triunfo del hijo de Jair es consecuencia de un fuerte deseo de cambio. Entre los más de 56 millones de brasileños que lo eligieron, muchos no lo hicieron tanto para respaldar su programa como para castigar a Lula, que perdió terreno en todo el país, tanto entre los sectores más vulnerables, cada vez más endeudados, como entre las clases medias, que en los últimos años se sintieron traicionadas por una política fuertemente asistencialista.

Ese fenómeno fue bautizado como "antipetismo", es decir, la aversión al Partido de los Trabajadores (PT), el partido de Lula. No por casualidad, las primeras palabras de Flávio después de la victoria fueron: "Hoy termina la era del PT".

En definitiva, la impresión es que Lula apareció cansado, quizás demasiado institucional, ya no como el sindicalista surgido del pueblo, sino como un hombre del establishment, incapaz de combatir las profundas desigualdades que existen en el país.

Por eso se convirtió en el blanco del descontento: de quienes tienen mucho y temen perderlo, de quienes tienen miedo a los robos, pese a que la tasa de homicidios disminuyó, pero también de quienes tienen poco o nada y consideran insuficientes los programas sociales del gobierno impulsados por el veterano presidente para mejorar sus condiciones materiales.

En el frente contrario, tuvieron gran éxito algunos candidatos jóvenes, a mitad de camino entre políticos e influencers, poco interesados en los debates, pero muy capaces de utilizar las redes sociales para atraer la atención. Con un lenguaje directo, promueven un activismo digital cargado de indignación y muy eficaz.

Una de ellas, Eduarda Campopiano, de 23 años, fue elegida en San Pablo con 1,95 millones de votos y causó polémica al reivindicar la intervención colonial y minimizar la cultura indígena. Sus declaraciones se volvieron virales y la convirtieron en una figura muy popular.

 

Imagen: ANSA/AFP


 

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2026-10-05T19:35:00

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