China y la guerra contra Irán: los cálculos de Pekín van más allá de simples ganancias y pérdidas
28.08.2026
CHINA (Uypress/Abdel Salam Farid*) - Al cumplirse el sexto mes de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, la atención se centra en China y su papel en el conflicto. Sin embargo, los cálculos de Pekín no se limitan a determinar quién gana y quién pierde, sino que se centran más en las repercusiones de la guerra para la energía, el comercio, la estabilidad y el equilibrio de poder en Oriente Medio.
Mientras la campaña militar estadounidense-israelí contra Irán entra en su sexto mes, una pregunta aparentemente sencilla sigue surgiendo en Washington: ¿saldrá China victoriosa o derrotada de esta guerra?Algunos creen que esta guerra es un regalo estratégico para Pekín, ya que agota a Estados Unidos en Oriente Medio, debilita su imagen ante algunos países de la región y otorga a China mayor influencia diplomática y económica. Por el contrario, otros argumentan que debilitar a Irán, un socio clave de China, debilita inevitablemente la posición regional de Pekín.
Pero analizar la política china únicamente desde la perspectiva de "ganancias y pérdidas" corre el riesgo de ocultar la cuestión más importante.Pekín no considera esta guerra principalmente como una lucha de poder con Washington. Su mayor preocupación es si la guerra generará inestabilidad que pueda amenazar sus intereses económicos, la seguridad de sus suministros, sus rutas comerciales y su capacidad para maniobrar entre potencias rivales.
Por lo tanto, la estrategia china parece centrarse más en gestionar las repercusiones de la guerra que en sacar provecho de ella: contener la propagación del conflicto, reducir los riesgos, diversificar las fuentes de apoyo, evitar cualquier implicación militar y buscar áreas donde los intereses chinos y estadounidenses puedan coincidir.Por lo que la cuestión para Pekín no es solo quién ganará la guerra, sino qué tipo de Oriente Medio surgirá y qué grado de inestabilidad tendrá que soportar China.
Primero, Hormuz: el peligro va más allá del petróleo.
China tiene razones de peso para querer poner fin a la guerra lo antes posible.Es el mayor importador mundial de petróleo crudo, con aproximadamente 11,6 millones de barriles diarios importados en 2025. Por lo tanto, cualquier interrupción prolongada en el estrecho de Ormuz supone un problema directo para la segunda economía más grande del mundo.
Los efectos ya se hacían sentir. En junio de 2026, las importaciones chinas de petróleo crudo cayeron a 7,12 millones de barriles diarios, su nivel más bajo en casi una década. Sin embargo, este impacto no derivó en una crisis energética inmediata. Las reservas, los ajustes en los hábitos de compra y la dependencia de proveedores alternativos, en particular Rusia, dieron a Pekín suficiente margen de maniobra para absorber la perturbación.
Pero el verdadero peligro para China no se limita al número de barriles que transitan por el estrecho de Ormuz.
La continuación de la guerra implica precios de la energía más altos, interrupciones en el transporte marítimo, mayores costos de los seguros, daños potenciales a la infraestructura regional y la propagación del impacto a las cadenas de suministro globales.Por eso, Pekín considera el estrecho de Ormuz como mucho más que una simple ruta de tránsito de petróleo; es una parte integral de la infraestructura económica mundial.Por este motivo, el interés de China en poner fin a la guerra no reside solo en defender a Irán como en defender la estabilidad que necesita la propia economía china.
China no es una alternativa a Estados Unidos en materia de seguridad.Desde que Pekín ayudó a facilitar el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Arabia Saudí e Irán en 2023, ha surgido en algunos círculos estadounidenses la hipótesis de que China, tras haber establecido relaciones diplomáticas en Oriente Medio, debería ahora ser capaz de "restablecer la paz" en la región.
Pero esta hipótesis sobreestima las capacidades de China, y quizás también sus ambiciones.China se esfuerza por aliviar las tensiones, pero lo hace a través de la diplomacia, no mediante la intervención militar ni la presión directa en materia de seguridad. La razón es clara: Pekín carece de la red de alianzas, bases, infraestructura militar y sistemas de mando regional que Estados Unidos ha desarrollado durante décadas. Más importante aún, no parece dispuesta a heredar el papel de Washington como principal garante de la seguridad en la región.
En realidad, el panorama de la seguridad en sí mismo está cambiando.
El 7 de agosto, Arabia Saudita, Turquía y Pakistán firmaron un acuerdo de defensa conjunto. Algunos no tardaron en hablar de una posible «OTAN de Oriente Medio». Si bien esta descripción puede ser prematura, refleja una tendencia más amplia entre los países de la región a diversificar sus alianzas de seguridad en lugar de depender exclusivamente de un único organismo externo.
Por su parte, China no parece dispuesta a llenar ningún "vacío de seguridad". Prefiere mantener sus canales de comunicación con Irán, los Estados del Golfo, Pakistán, las organizaciones árabes y otras potencias internacionales, y apoyar las iniciativas diplomáticas que los países de la región puedan emprender.
En este contexto, Pekín ha apoyado los esfuerzos de mediación de Pakistán entre Washington y Teherán, y ha alentado a Islamabad a continuar sus esfuerzos para ayudar a resolver la crisis del estrecho de Ormuz.Este enfoque es algo similar a la postura de China sobre la guerra en Ucrania: cuando Pekín está fuera del conflicto, sin ser ni la causa ni parte directa del mismo, no se ve necesariamente obligado a convertirse en el principal mediador, especialmente mientras los beligerantes crean que pueden mejorar su posición negociadora por la fuerza.En este sentido, China no pretende desempeñar el papel de "policía de Oriente Medio", sino que aspira a ser una fuerza disuasoria.
La lección china: no te fíes de un solo camino.
Quizás la lección más importante que Pekín puede aprender de esta guerra es que la flexibilidad estratégica comienza por reducir la dependencia excesiva de un solo país, ruta o punto estratégico.Esto no solo concierne a la energía, sino también al transporte, el comercio, las finanzas y las cadenas de suministro.
Por ello, proyectos como el ferrocarril China-Kirguistán-Uzbekistán, el Corredor Transcaspiano y las rutas marítimas del Ártico están adquiriendo una importancia que trasciende las consideraciones económicas directas. Estas rutas ofrecen a China alternativas adicionales cuando las rutas marítimas tradicionales se vuelven vulnerables a crisis o presiones geopolíticas.
La misma lógica se aplica a las relaciones con Rusia.
Las interrupciones en el suministro procedente del Golfo Pérsico aumentan, naturalmente, el valor estratégico de Rusia como fuente de energía, y la vulnerabilidad de las rutas marítimas incrementa la importancia de las redes energéticas terrestres, incluido el proyecto del gasoducto "Fuerza de Siberia 2".Pero esto no significa que China quiera sustituir su dependencia de los países del Golfo por una nueva dependencia de Rusia.
La estrategia de China se basa en diversificar la dependencia, no en transferirla de una parte a otra.Incluso cuando los intereses políticos de Pekín y Moscú convergen, China sigue muy atenta a los precios, las condiciones de inversión, la viabilidad comercial y las condiciones del mercado. En última instancia, el objetivo no es encontrar un único proveedor más seguro, sino minimizar el riesgo de que cualquier proveedor o ruta de tránsito se convierta en una vulnerabilidad estratégica.
Una alianza con Irán... sin verse involucrado en su guerra.
La guerra también pone de manifiesto las limitaciones de las relaciones sino-iraníes.Pekín desea alianzas que sirvan a sus prioridades estratégicas y de desarrollo, pero no quiere alianzas que lo conviertan automáticamente en parte de guerras ajenas.Por eso, la "cooperación estratégica integral" con Irán no se ha transformado en una alianza militar vinculante.
China e Irán ya han cooperado militarmente, sobre todo mediante contratos de armas y ejercicios conjuntos, pero Pekín se ha mostrado reacio a avanzar hacia una relación de seguridad que lo responsabilizara de defender a Irán frente a Estados Unidos o Israel.Aquí es donde radica una de las diferencias más importantes entre China y algunas de las otras grandes potencias de la región.
Pekín desea ejercer influencia, pero se esfuerza al máximo por desvincular esta influencia de cualquier implicación.Cuanto más se prolongue la guerra, más importante se vuelve este aspecto. Los costos económicos, de seguridad y geopolíticos no se limitarán a Irán ni a los países del Golfo. La propia China estará entre las principales economías que pagarán las consecuencias.Por lo tanto, no le conviene prolongar la guerra simplemente porque le impone costos a Estados Unidos. Tampoco desea que el conflicto llegue a un punto en el que sus intereses de seguridad queden directamente vinculados al enfrentamiento entre Irán y Estados Unidos.
¿Dónde se encuentran Pekín y Washington?
A pesar de la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, la guerra en Irán revela un campo de intereses comunes más amplio de lo que sugiere la retórica política de ambas capitales.En materia nuclear, China se adhiere a tres principios: la prevención de la proliferación nuclear, el derecho de Irán al uso pacífico de la energía nuclear en virtud del Tratado de No Proliferación Nuclear y una solución negociada en lugar de una solución militar.En el estrecho de Ormuz, Pekín está haciendo hincapié en la libertad y la seguridad de la navegación, reabriendo el paso por medios políticos en lugar de militares, y abordando las preocupaciones de seguridad y económicas que subyacen a la crisis.
Estos principios no están necesariamente reñidos con los intereses fundamentales de Estados Unidos: prevenir la proliferación nuclear, proteger el comercio mundial y evitar que el Golfo Pérsico caiga en un estado de caos permanente.El propio estrecho de Ormuz podría ofrecer la prueba más reveladora.
Las ideas relativas al control unilateral del estrecho, la imposición de derechos de tránsito con motivaciones políticas o su transformación en un paso que requiera escolta militar permanente, contradicen su naturaleza de bien público para la economía global.China no quiere esto, y es difícil imaginar que este sea también el resultado final que desea Estados Unidos.
Irán después de la guerra
La pregunta más acuciante surgirá cuando cesen las operaciones militares: ¿qué sucederá con la economía iraní?Si Washington ha renunciado realmente al cambio de régimen como objetivo de guerra, entonces cualquier acuerdo viable tendrá que ofrecer, en algún momento, a Irán un camino realista hacia la supervivencia económica.Esto significa que el tema de las sanciones volverá a estar sobre la mesa.
Es probable que China también desempeñe un papel importante en la reconstrucción de Irán y su reintegración a los mercados regionales e internacionales. Precisamente en este ámbito podría surgir un margen de maniobra para la cooperación sino-estadounidense, actualmente eclipsada por la guerra en curso.
Washington no quiere ni un Irán nuclear ni un Golfo Pérsico permanentemente inestable. Pekín no quiere ni el colapso de Irán ni una guerra abierta que interrumpa el suministro de energía y el comercio.Esto no convierte a Estados Unidos y China en socios estratégicos en Oriente Medio. Pero sí significa que el fin de la guerra podría revelar intereses comunes que ninguna de las partes está dispuesta a reconocer públicamente en la actualidad.Por supuesto, este espacio tiene sus límites. Si Washington reanudara sus esfuerzos por derrocar al régimen iraní o expandiera sus operaciones militares de manera que amenazaran el colapso del Estado, los cálculos de China cambiarían radicalmente.
El Oriente Medio que China quiere
El Oriente Medio de la posguerra no será más sencillo que antes.La guerra ha sacudido una premisa clave en la que se basaban muchas estrategias económicas en el Golfo: que los países de la región pueden seguir siendo refugios seguros para el capital, el talento, la infraestructura energética y el comercio mundial, incluso cuando las guerras hacen estragos a su alrededor.Hoy en día, incluso los países que no participaron directamente en los combates se ven obligados a reevaluar el "coste de seguridad" de su ubicación geográfica.
En Oriente Medio, China parece estar priorizando un papel económico y diplomático sobre uno militar: ayudando a reintegrar a Irán en la economía regional, participando en la reconstrucción, fomentando el diálogo político y colaborando con otras potencias para reducir el riesgo de una nueva guerra.En la estrategia china, la crisis del estrecho de Ormuz no está aislada de las crisis del mar Rojo y el mar Negro, ni de las preocupaciones relacionadas con el canal de Panamá. El denominador común es la creciente vulnerabilidad de los puntos críticos por donde transitan los flujos comerciales mundiales.
Para Pekín, el valor de una ruta marítima no reside en controlarla, sino en mantenerla abierta, segura y con movimientos predecibles.Aquí radica la paradoja en la posición de China con respecto a Estados Unidos.Pekín está preocupado por el uso descontrolado del poder estadounidense, así como por el despliegue de fuerzas militares, recursos estratégicos y el control de puntos estratégicos clave en conflictos geopolíticos. Al mismo tiempo, no desea una retirada total de Estados Unidos que dejaría un vacío de seguridad y caos, cuyo coste tendría que asumir la propia China.
En otras palabras, China no necesariamente quiere expulsar a Estados Unidos de Oriente Medio. Lo que busca es una América más disciplinada y menos impulsiva, que siga aportando ciertos beneficios en materia de seguridad pública sin convertirse en una fuente frecuente de crisis.Esto probablemente explica la postura de China sobre la guerra en Irán, mucho más que la pregunta: "¿Quién gana y quién pierde?".
China considera esta guerra peligrosa: si bien ha brindado algunas oportunidades estratégicas, también ha generado importantes riesgos económicos y de seguridad. Por lo tanto, sus prioridades son contener estos riesgos, diversificar sus fuentes de energía, mantener abiertos los canales diplomáticos y evitar verse involucrada en otro conflicto entre grandes potencias.
El papel que Pekín decide desempeñar es más modesto, pero podría resultar más duradero: aliviar el conflicto, mantener abiertos los canales de comunicación, evitar que la guerra se extienda, proteger la accesibilidad de las rutas marítimas vitales y estar dispuesto a prestar ayuda cuando los propios beligerantes estén preparados para la paz.Esto no significa necesariamente que China sea la "ganadora" de una guerra contra Irán.Pero esta es quizás la descripción más precisa de lo que Pekín cree que una gran potencia responsable debería hacer cuando el coste de la guerra supera con creces los límites del campo de batalla.
Abdel Salam Farid- The Intel Drop
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias