ENERGÍA / PETRÓLEO Y ORMUZ

La guerra contra Irán drena las reservas de petróleo y deja al mercado global sin margen

11.05.2026

LONDRES (Uypress) – La guerra contra Irán y el cierre parcial del estrecho de Ormuz están consumiendo a velocidad récord las reservas mundiales de crudo y combustibles. El colchón energético que permitió moderar el impacto inicial empieza a agotarse y aumenta el riesgo de escasez, inflación y nuevos saltos del petróleo.

El mercado petrolero global entró en una carrera contra el tiempo. Según estimaciones de Morgan Stanley, los inventarios mundiales de petróleo y combustibles cayeron a un ritmo cercano a 4,8 millones de barriles diarios entre el 1° de marzo y el 25 de abril, una velocidad superior a los mayores drenajes trimestrales registrados en series de la Agencia Internacional de Energía.

El dato es crítico porque muestra que el shock ya no se limita a precios o expectativas financieras. El problema empieza a ser físico: menos barriles disponibles, menos combustibles almacenados y más presión sobre países importadores, refinerías, aerolíneas, transporte marítimo e industria.

El estrecho de Ormuz es el centro de la crisis. En condiciones normales, por esa vía circulan unos 20 millones de barriles diarios de crudo y derivados, alrededor de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo. También transitan volúmenes relevantes de gas natural licuado y productos vinculados a fertilizantes. Su cierre parcial o interrupción prolongada afecta de inmediato a Asia, Europa y al conjunto del sistema energético global.

La Agencia Internacional de Energía ya había advertido en abril que los inventarios observados de petróleo cayeron 85 millones de barriles en marzo, mientras los stocks fuera del Golfo Pérsico se redujeron de forma mucho más severa. La explicación es que parte del crudo quedó atrapado en la región, sin salida normal por Ormuz, mientras el resto del mundo empezó a consumir reservas comerciales y estratégicas para compensar la interrupción.

Hasta ahora, el impacto fue amortiguado por tres factores: mayores exportaciones desde Estados Unidos, uso de reservas estratégicas y caída de importaciones netas de China, que recurrió a sus propios inventarios. Pero ese equilibrio es cada vez más frágil. Si Ormuz no recupera fluidez, los países que están usando reservas deberán elegir entre seguir drenándolas o aceptar precios más altos y menor disponibilidad.

El propio mercado ya refleja esa tensión. El Brent se mantiene por encima de los 100 dólares por barril y analistas advierten que, si el cierre o las restricciones se prolongan hacia junio, el precio podría saltar hacia una zona de 130 a 150 dólares. No sería solo una reacción especulativa: sería la señal de que el sistema perdió capacidad de absorción.

Saudi Aramco elevó aún más la alarma. Su director ejecutivo, Amin Nasser, advirtió que si el estrecho permanece cerrado el mercado puede perder alrededor de 100 millones de barriles por semana. También señaló que, si la situación no se normaliza pronto, la recomposición completa de flujos podría demorarse hasta 2027.

El problema no afecta por igual a todos. Los países con reservas estratégicas amplias, producción propia o capacidad de exportación alternativa tienen más margen. En cambio, las economías importadoras netas, especialmente en Asia, África y América Latina, quedan expuestas a escasez de combustibles, mayores costos de transporte y presión sobre balanzas comerciales.

Los combustibles refinados son uno de los puntos más sensibles. Gasolina, diésel y jet fuel están bajo presión porque no alcanza con tener crudo: hace falta capacidad de refinación, rutas de distribución y stocks comerciales. Morgan Stanley ya había advertido que los inventarios de gasolina en Estados Unidos podrían caer hacia mínimos históricos para esta época del año si continúa el shock global.

La aviación también siente el impacto. El jet fuel se volvió más caro y más difícil de conseguir en algunas rutas, empujando a aerolíneas a revisar capacidad, cancelar frecuencias y aplicar recargos. El transporte aéreo es uno de los primeros sectores donde la escasez de derivados se transforma en decisiones operativas visibles.

El agro y la industria aparecen como los siguientes frentes. El petróleo caro encarece combustibles, fletes, fertilizantes, plásticos, químicos y energía. Eso puede trasladarse a alimentos, manufacturas, logística y costos de producción. Por eso, la crisis de Ormuz no es solo petrolera: puede convertirse en una fuente de inflación global persistente.

OPEP tampoco logra compensar plenamente. Una encuesta de Reuters mostró que la producción del grupo cayó en abril a mínimos de más de dos décadas, golpeada por las dificultades de exportación a través de Ormuz. Aunque algunos países intentan aumentar producción o usar rutas alternativas, la capacidad real de sustituir el flujo del Golfo es limitada.

Los Emiratos Árabes Unidos cuentan con cierta ventaja porque pueden exportar parte de su crudo por rutas que evitan Ormuz. Arabia Saudita también dispone de infraestructura hacia el mar Rojo. Pero esas alternativas no alcanzan para reemplazar el volumen total que normalmente sale por el estrecho. La geografía energética sigue imponiendo límites.

El riesgo mayor es que el mercado entre en una fase de racionamiento. Eso no significa necesariamente falta inmediata de combustible en todas partes, sino precios más altos para desalentar demanda, prioridad para sectores estratégicos y competencia entre países por cargamentos disponibles. En ese escenario, las economías con menor poder de compra quedan más vulnerables.

La incertidumbre también golpea al transporte marítimo. Aseguradoras elevan primas de riesgo, navieras evitan rutas peligrosas y algunos buques esperan definiciones antes de ingresar al Golfo. Cada día de demora agrega costos, reduce eficiencia logística y amplifica el impacto sobre cadenas globales.

Si las negociaciones entre Estados Unidos e Irán logran reabrir gradualmente Ormuz, el mercado podría respirar. Pero aun en ese escenario, la normalización no sería inmediata. Los inventarios ya fueron drenados, la logística quedó alterada y muchos países necesitarán reconstruir reservas durante meses.

Si fracasan las conversaciones, el escenario se vuelve mucho más severo. Una interrupción prolongada podría llevar el petróleo a nuevos máximos, obligar a liberar más reservas estratégicas, aumentar inflación y forzar a bancos centrales a mantener tasas altas por más tiempo. El costo sería económico, político y social.

La vulnerabilidad del mercado quedó expuesta con crudeza. Durante años, el mundo confió en que reservas estratégicas, producción estadounidense y flexibilidad comercial podían absorber crisis regionales. Ormuz demuestra que hay puntos de estrangulamiento que siguen siendo insustituibles.

La guerra contra Irán no solo elevó el precio del petróleo. Está consumiendo el seguro energético del planeta. Y cuando ese seguro se agota, cada incidente militar, cada demora diplomática y cada barco que no cruza Ormuz se convierte en presión directa sobre combustibles, inflación y crecimiento global.

Internacionales
2026-05-11T12:20:00

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias