ECONOMÍA / MERCADOS INTERNACIONALES

Por qué Estados Unidos intervino para frenar la caída del yen japonés

19.08.2026

WASHINGTON (Uypress) – Estados Unidos y Japón realizaron una inusual intervención coordinada en el mercado cambiario para frenar la depreciación del yen, que había alcanzado su cotización más baja frente al dólar en cuatro décadas.

La operación se produjo el 31 de julio, cuando las autoridades de ambos países compraron yenes. Japón habría utilizado aproximadamente US$ 36.600 millones, según estimaciones elaboradas a partir de datos de su banco central, mientras el Tesoro estadounidense vendió euros pertenecientes a sus reservas para adquirir la moneda japonesa.

El presidente Donald Trump presentó la asistencia como un gesto de amistad hacia Japón y sostuvo que contribuiría al funcionamiento de la economía mundial. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, afirmó posteriormente que Washington haría “lo que sea necesario” para respaldar la estabilización del yen de una manera beneficiosa para la economía y los contribuyentes estadounidenses.

No era la primera operación cambiaria coordinada entre ambos países desde 1998. En 2011, Estados Unidos, Japón y otros integrantes del Grupo de los Siete intervinieron después del terremoto y el desastre nuclear de Fukushima.

La diferencia es que aquella operación buscaba debilitar un yen que se estaba apreciando rápidamente. La actual es la primera intervención bilateral desde 1998 destinada a comprar yenes y detener su caída.

La participación estadounidense responde a intereses que trascienden la relación diplomática con Tokio.

Un yen extremadamente débil abarata los productos japoneses expresados en dólares y encarece las exportaciones estadounidenses para los consumidores de Japón.

Ese efecto reduce parcialmente la protección que la administración Trump procura ofrecer a la industria nacional mediante sus aranceles. Aunque los bienes japoneses deban pagar impuestos adicionales al ingresar a Estados Unidos, la depreciación de su moneda puede compensar parte del costo.

La debilidad del yen también ejerce presión sobre otras monedas asiáticas. Los países que compiten con Japón pueden verse incentivados a tolerar o promover depreciaciones para evitar que sus exportaciones pierdan competitividad.

Washington teme que una sucesión de devaluaciones en Asia termine fortaleciendo todavía más al dólar y perjudicando los objetivos de reindustrialización estadounidense.

La segunda preocupación se relaciona con el mercado de deuda pública de Estados Unidos.

Japón es uno de los mayores tenedores extranjeros de bonos del Tesoro estadounidense y administra una de las reservas internacionales más grandes del mundo. Una parte considerable de esas reservas se encuentra invertida en títulos de deuda de Washington.

Para defender el yen, las autoridades japonesas necesitan vender activos denominados en monedas extranjeras, obtener dólares y utilizarlos para comprar su propia moneda. En determinadas circunstancias, Tokio podría desprenderse de bonos estadounidenses.

Una venta importante o reiterada agregaría oferta al mercado. Si no existiera suficiente demanda para absorberla, los precios de los títulos bajarían y sus rendimientos subirían.

Eso podría encarecer el financiamiento del Gobierno estadounidense en un momento en que la deuda pública y los pagos de intereses ya representan una preocupación creciente.

El vínculo, sin embargo, no es automático. Japón no tiene que vender necesariamente bonos del Tesoro cada vez que interviene. Puede utilizar depósitos, otros activos líquidos o mecanismos de financiación garantizados.

Estados Unidos ofreció facilitar el acceso japonés a la Foreign and International Monetary Authorities Repo Facility, conocida como FIMA. Este instrumento de la Reserva Federal permite que bancos centrales extranjeros entreguen temporalmente bonos del Tesoro como garantía y obtengan dólares sin vender definitivamente los títulos.

Bessent sugirió ampliar el límite de la facilidad, actualmente situado en torno a US$ 60.000 millones para Japón. La medida permitiría a Tokio disponer de liquidez para nuevas intervenciones y, al mismo tiempo, evitar ventas que puedan desestabilizar el mercado de deuda estadounidense.

Por eso, la actuación de Washington puede interpretarse también como una operación preventiva: ayudar a Japón a estabilizar su moneda antes de que Tokio necesite liquidar una porción mayor de sus reservas.

La intervención llevó al yen desde niveles próximos a 164 unidades por dólar hasta la zona de 155. Posteriormente perdió parte de esa recuperación, lo que demostró que las operaciones cambiarias pueden alterar el mercado, pero no siempre modifican su tendencia permanente.

La debilidad de la moneda japonesa responde en buena medida a la diferencia entre las tasas de interés de ambos países. Durante años, el Banco de Japón mantuvo una política monetaria extraordinariamente expansiva mientras la Reserva Federal elevaba el costo del dinero.

Esa brecha estimuló el denominado carry trade: los inversores toman préstamos en yenes, donde el financiamiento es más barato, y colocan los fondos en activos denominados en dólares u otras monedas con mayores rendimientos.

El Banco de Japón comenzó a normalizar su política y elevó su tasa hasta el 1%, pero los tipos de interés reales continúan siendo bajos debido a la inflación. Las dudas sobre la política fiscal del Gobierno japonés también pesan sobre la moneda.

Las intervenciones no están necesariamente condenadas al fracaso. Pueden frenar movimientos especulativos, obligar a los inversores a cerrar posiciones y otorgar tiempo a las autoridades para modificar sus políticas.

La coordinación estadounidense aumenta además la credibilidad de la amenaza de nuevas operaciones.

Su efecto será probablemente transitorio si no existe un cambio en las condiciones fundamentales. Para sostener la recuperación del yen, el Banco de Japón tendría que continuar elevando las tasas, mientras la Reserva Federal mantiene o reduce las estadounidenses, cerrando gradualmente la diferencia entre ambos países.

La intervención no resolvió, por tanto, el problema estructural. Funcionó como un puente destinado a impedir una depreciación desordenada y a ganar tiempo.

Estados Unidos participó porque la caída del yen dejó de ser exclusivamente un problema japonés. Una moneda excesivamente débil amenaza la competitividad estadounidense, puede desencadenar devaluaciones en Asia y eleva el riesgo de que el principal acreedor extranjero de Washington venda parte de sus bonos en un momento particularmente delicado para las finanzas públicas de Estados Unidos.

Internacionales
2026-08-19T11:33:00

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias