BOLIVIA / CRISIS POLÍTICA Y BLOQUEOS
Rodrigo Paz remodela el gabinete, pero rechaza renunciar en medio del desabastecimiento y las protestas
22.05.2026
LA PAZ (Uypress) – El presidente de Bolivia, Rodrigo Paz, anunció una remodelación de su gabinete en medio de una crisis política y social que mantiene al país bajo presión, con bloqueos, desabastecimiento y crecientes pedidos de renuncia contra su gobierno.
La decisión fue comunicada este miércoles, cuando el mandatario afirmó que reorganizará su equipo para hacerlo “más ágil”, “más cercano” y con mayor capacidad de escucha frente a los reclamos de la población. Paz también anunció la creación de un Consejo Económico y Social, que funcionará como espacio de diálogo con sectores productivos, sociales y territoriales.
El anuncio llega después de más de dos semanas de protestas y cortes de ruta que afectaron especialmente a La Paz y El Alto. Los bloqueos dificultaron el ingreso de alimentos, combustibles y medicinas, provocaron subas de precios, problemas de transporte, suspensión de servicios y creciente tensión en las principales ciudades.
Paz reconoció que Bolivia atraviesa un “punto de inflexión”, pero descartó renunciar. “No voy a dimitir”, sostuvo ante periodistas, al tiempo que defendió la necesidad de sostener el rumbo de su gobierno después de casi dos décadas de predominio del Movimiento al Socialismo.
La crisis, sin embargo, ya obligó al Ejecutivo a realizar su primer cambio ministerial. El ministro de Trabajo, Edgar Morales, presentó renuncia en medio de fuertes tensiones con la Central Obrera Boliviana y otros sectores sindicales. En su lugar fue designado Williams Bascopé, abogado constitucionalista de origen aimara y crítico tanto del actual gobierno como del MAS.
El cambio intenta mostrar una señal de apertura, pero no alcanza para desactivar el conflicto. La COB y otros sectores movilizados mantienen sus reclamos y, en algunos casos, ya no exigen únicamente respuestas salariales o económicas, sino la salida del propio presidente.
Las protestas comenzaron con demandas laborales y reclamos contra medidas de ajuste, pero rápidamente se transformaron en un movimiento más amplio. Participan sindicatos, mineros, transportistas, campesinos, maestros, organizaciones rurales y juntas vecinales. El malestar se alimenta de la escasez de combustible, el aumento del costo de vida, las reformas económicas y la percepción de que el gobierno prioriza a sectores empresariales por encima de los sectores populares.
Uno de los puntos de mayor tensión fue la reforma agraria impulsada por el Ejecutivo, cuestionada por organizaciones indígenas y campesinas por considerar que favorecía a grandes propietarios. Aunque el gobierno derogó la norma más resistida, las movilizaciones continuaron y el conflicto pasó a un plano más político.
El gobierno sostiene que enfrenta una operación de desestabilización y acusa a sectores vinculados al expresidente Evo Morales de impulsar la crisis. Desde Estados Unidos también se expresó preocupación por la situación boliviana y se habló de un intento de golpe o desestabilización contra el orden democrático.
Ese respaldo internacional, sin embargo, no resuelve el problema interno. En las calles, la discusión ya no gira solamente en torno a la legitimidad formal del gobierno, sino sobre su capacidad real de garantizar abastecimiento, contener la inflación, responder a los sectores populares y sostener la gobernabilidad.
El episodio abrió además un frente diplomático. Bolivia expulsó a la embajadora de Colombia, luego de que el presidente Gustavo Petro calificara las protestas como una “insurrección popular” y ofreciera mediar en la crisis. La decisión mostró hasta qué punto el conflicto boliviano comenzó a adquirir una dimensión regional.
Para Paz, la remodelación del gabinete busca recuperar iniciativa política. El problema es que llega cuando la calle ya instaló una presión más profunda: la demanda de un cambio de rumbo. La promesa de un gobierno moderado, dialoguista y capaz de cerrar la fractura posterior al ciclo del MAS choca ahora con una realidad de bloqueos, escasez y pérdida acelerada de legitimidad.
La pregunta central es si los cambios anunciados alcanzarán para recomponer el vínculo con una sociedad golpeada por la crisis económica. Hasta ahora, el gobierno intenta combinar diálogo, respaldo internacional y firmeza frente a los bloqueos. Pero Bolivia vuelve a mostrar una constante de su historia reciente: cuando los movimientos sociales toman las rutas, la estabilidad presidencial entra en zona de riesgo.
Paz llegó al poder prometiendo orden, reconciliación y un nuevo ciclo económico. Seis meses después, enfrenta su primera gran prueba de gobernabilidad. La remodelación del gabinete puede abrir una vía de negociación, pero también puede ser leída como una señal de debilidad si no viene acompañada de respuestas concretas al desabastecimiento, los salarios, el combustible y el costo de vida.
En Bolivia, el tiempo político suele correr más rápido que el tiempo institucional. Y esta vez, el presidente ya sabe que no alcanza con cambiar ministros: necesita demostrar que todavía puede gobernar.
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias