Un Israel expansionista no dejará de arrastrar a EE. UU. a la guerra en Oriente Medio

24.06.2026

NUEVA YORK (por Jeffrey D. Sachs y Sybil Fares/Al Jazeera) – El 14 de junio, Estados Unidos e Irán acordaron un marco para poner fin a su guerra. Reproducimos el artículo de Jeffrey D. Sachs y Sybil Fares publicado en Al Jazeera.

 

El estrecho de Ormuz volverá a abrirse, cesarán los bombardeos sobre el Líbano y -lo más importante- se detendrán las matanzas. Tras más de cien días de guerra que se cobraron miles de vidas, incluidas las de los líderes iraníes de mayor rango, y que llevaron a la economía mundial al borde del abismo, incluso una tregua frágil se percibe como un nuevo amanecer.

Celebremos este hecho, pero también comprendámoslo. Para entender por qué estalló esta guerra, así como la cadena de conflictos que la precedieron, debemos identificar su causa común. Esa causa es el «Gran Israel»: no el país de Israel en sí, sino una idea sobre él; una idea terrible. La noción del «Gran Israel» ha sido el detonante de guerras en Irak, Gaza, el Líbano, Siria e Irán.

Esta idea sostiene que Israel debería extenderse por toda la Palestina histórica -desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo- y abarcar también partes de los países vecinos. Según Mike Huckabee, embajador de Estados Unidos en Israel -un protestante fundamentalista cuya brújula geopolítica se rige por textos bíblicos del siglo VI a. C.-, el «Gran Israel» se extiende desde el Nilo hasta el Éufrates. El verano pasado, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, manifestó estar «muy» apegado a una visión del «Gran Israel» que, según dijo, incluye los territorios palestinos y las tierras árabes vecinas.

Esta doctrina, absurda y peligrosa, tiene dos progenitores. El primero está formado por los sectores más intransigentes y laicos, como Netanyahu, que afirman que Israel debe controlar toda la tierra «desde el río hasta el mar» para garantizar su seguridad, sin importarles los ocho millones de palestinos que se interponen en el camino.

El segundo es el credo supremacista judío que defienden el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, y el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, según el cual Dios entregó la tierra exclusivamente a los judíos: en palabras de Smotrich, «no existe tal cosa como un palestino». Al ser preguntado recientemente sobre cómo debería responder Israel al deterioro de su imagen internacional, Smotrich juró que el país no renunciaría al control militar de Cisjordania, Gaza ni del territorio libanés o sirio: «No vamos a suicidarnos para complacerlos».

El «Gran Israel» es una amalgama de paranoia, megalomanía y fervor religioso fundidos en un único programa. Esta doctrina debería haber sido repudiada desde el momento en que se planteó por primera vez, hace ya décadas. Por el contrario, esta idea ha guiado la doctrina exterior y militar de Israel durante tres décadas, y ha perdurado hasta hoy porque Netanyahu ha engañado a Estados Unidos.

Lo ha logrado apelando a dos sectores del electorado estadounidense: los sionistas judíos, que aman a Israel y le perdonan cualquier cosa, y los sionistas cristianos, que aman la profecía del Fin de los Tiempos y la Segunda Venida de Cristo más que a cualquier palestino -o, de hecho, a cualquier israelí- vivo.

Una ilusión ha llevado a otra, y el camino ha conducido de una guerra a la siguiente. Ya llevamos 30 años inmersos en este fiasco.

La guerra contra Irán fue simplemente la última fantasía del «Gran Israel». Se pretendía derrocar al gobierno de una nación de 90 millones de habitantes en un solo día glorioso. Por supuesto, eso no sucedió. Las bombas israelíes y estadounidenses acabaron con la vida de los líderes iraníes el 28 de febrero, pero aquello no provocó el colapso prometido; en su lugar, dio lugar a miles de muertos, al bloqueo del estrecho de Ormuz y a una crisis petrolera mundial.

Ya hemos visto esta película antes. El plan de Israel y Estados Unidos para derrocar al presidente Bashar al-Ásad en Siria también pretendía ser rápido: uno o dos años, a lo sumo. En su lugar, sobrevino una docena de años de carnicería, alimentada por una guerra encubierta armada y financiada por la CIA con el firme respaldo de Israel. El resultado fue un país milenario reducido a escombros. Las victorias prometidas para durar un día siempre acaban convirtiéndose en cementerios que perduran décadas.

El presidente estadounidense Donald Trump ha sufrido un gran desgaste por haberse sumado a la quimera del "Gran Israel", y él lo sabe. El nuevo acuerdo con Irán es su válvula de escape, una salida a una guerra absurda que nunca estuvo en sus manos ganar.

Precisamente por eso, los políticos israelíes partidarios del "Gran Israel" intentan abortar el nuevo acuerdo nada más nacer, pues la paz con Irán supone una derrota para el proyecto del "Gran Israel". Incluso después de sellarse el pacto, Israel ha seguido bombardeando el Líbano: el viernes mató a 47 personas en un solo día y el sábado a otras 32, horas después de que entrara en vigor el alto el fuego entre el Líbano e Israel.

He aquí la verdad más profunda: el "Gran Israel" no está salvando a Israel; lo está matando. La fricción que ahora se percibe entre Trump y Netanyahu es solo la superficie. Bajo ella subyace el desplome del prestigio de Israel en todo el mundo. Según una reciente encuesta de opinión del Pew Research Center, la percepción mundial sobre Israel es abrumadoramente negativa. En Estados Unidos, el aliado indispensable de Israel, seis de cada diez adultos tienen una opinión desfavorable del país.

Un Estado que se gana el odio del mundo -y de su único protector- no está buscando la seguridad. Está poniendo en peligro su propia supervivencia para alimentar una ilusión.

Por tanto, el camino hacia la paz en Asia Occidental pasa por frenar el proyecto del "Gran Israel". Hay que poner fin a la guerra contra Irán, detener el genocidio en Gaza y acabar con el asfixiante cerco a Cisjordania. Y lo que es más importante: hay que hacer aquello que la doctrina prohíbe, que es crear el Estado de Palestina -como Estado miembro número 194 de las Naciones Unidas- junto al Estado de Israel, basándose en las fronteras de 1967, garantizando una seguridad real para ambos países y estableciendo un marco regional que la respalde; dicho marco debería incluir la retirada de Israel del Líbano y de Siria.

El alto el fuego con Irán ilustra este caso a pequeña escala: no se logró en el campo de batalla, sino mediante la mediación. Esto fue posible cuando Washington decidió que quería la paz más que la guerra del «Gran Israel».

Israel puede sobrevivir, pero no como el «Gran Israel», una idea desastrosa que lo ha llevado, junto a Estados Unidos, de una guerra a otra.

El rayo de esperanza actual es real. Que se convierta en un verdadero amanecer depende de si Estados Unidos permite finalmente que nazca Palestina y, con ello, que viva Israel. El mundo árabe e Irán deben seguir insistiendo ante Estados Unidos en que romper con el «Gran Israel» es el único camino hacia una paz duradera.

 

Imagen: Jeffrey Sachs

 

Internacionales
2026-06-24T12:27:00

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