Valenti en el portal meer.com: "Brasil en la encrucijada del siglo"
22.10.2026
MONTEVIDEO (Uypress) - Meer, medio digital editado en seis idiomas con un flujo incesante de noticias, artículos y reportajes, publica una nueva columna de nuestro director Esteban Valenti. Es material inédito, especial para ese sitio web. "Brasil en la encrucijada del siglo" https://www.meer.com/es/113402-brasil-en-la-encrucijada-del-siglo
Democracia, ultraderecha y crisis ambiental: una decisión que marcará el rumbo de América Latina
Un ciudadano brasileño, portando su bandera como capa, en el centro de mira, rodeado de más ciudadanos de su país
Columna de Esteban Valenti, publicada el 22 de octubre del 2026 en la revista digital, meer.com/es que se edita en seis idiomas diferentes y fue una publicación del Wall Street Journal
No hace falta ser un analista de gabinete ni un académico encerrado en sus estadísticas para ver lo que está pasando. Alcanza con abrir los ojos y mirar la realidad de frente, sin consignas gastadas ni anteojeras ideológicas. Lo que se define en el balotaje de Brasil no es simplemente un cambio de inquilino en el Palacio del Planalto; lo que está sobre la mesa el 25 de octubre es el rumbo de un continente entero y una sacudida inevitable en el tablero mundial.
Son 220 millones de seres humanos, un territorio continental y la mayor economía de la región. Pero la magnitud no es solo física: es política, ambiental y civilizatoria.
El enfrentamiento entre Lula y el bolsonarismo condensa, en un solo acto electoral, las dos visiones del mundo que hoy se disputan la hegemonía en Occidente. De un lado, la democracia representativa con sentido social, la defensa irrestricta de las instituciones, la integración latinoamericana y el compromiso impostergable con la preservación del Amazonas frente al abismo climático. Del otro, la reacción autoritaria, el desprecio por la ciencia, la polarización como método permanente de dominación y el alineamiento servil con las corrientes de ultraderecha global.
La izquierda y las fuerzas progresistas suelen cometer un error recurrente: creer que el electorado vota por agradecimiento retrospectivo o por pureza moral. La gente no vota por el pasado; vota por sus certezas cotidianas, por la seguridad de sus familias en el barrio, por el precio del plato de comida hoy y por la expectativa de futuro de sus hijos. Cuando la política se encierra en aparatos burocráticos y en campañas de salón, la derecha más salvaje captura el descontento, la rabia y la incertidumbre popular.
Para América Latina, la cuenta es rápida y brutal. Un Brasil ensimismado o entregado al delirio retrógrado dinamita el Mercosur, sepulta cualquier intento serio de integración regional y deja a los países vecinos a la intemperie frente a los grandes bloques de poder. Por el contrario, un Brasil democrático, previsible y con vocación multilateral es la única ancla real que tiene el Cono Sur para no ser un mero espectador pasivo en las disputas entre Washington y Pekín.
En el plano global, el pulmón del planeta y la transición ecológica no resisten cuatro años más de motosierra, agronegocio descontrolado y desidia institucional. El mundo no puede darse el lujo de mirar para otro lado como si se tratara de una anécdota local.
La partida no está cerrada para nadie. En estas horas decisivas, la disyuntiva no admite ambigüedades ni posturas tibias: o se defiende la convivencia democrática con audacia política y capacidad de hablarle al ciudadano de a pie, o se le entrega la llave del gigante sudamericano al oscurantismo. En Brasil no votan solo los brasileños; en ese balotaje nos jugamos el pellejo todos.
La encrucijada brasileña: cuando el futuro de todos se juega en una sola urna
Hay momentos en la historia donde la cautela analítica deja de ser prudencia para convertirse en cobardía o ceguera. Momentos en que las palabras tibias no sirven ni para envolver el pescado del día siguiente. Lo que está sucediendo en Brasil de cara al balotaje no admite eufemismos de seminario académico ni balances burocráticos de comité. No hay que ser un sabio de biblioteca, ni un investigador financiado por una fundación europea, ni un encuestador obsesionado con los decimales: basta con mirar la calle, con afinar el oído en los barrios populares de San Pablo, en las periferias de Río o en el nordeste profundo, para entender la dimensión exacta de la tormenta.
Son 220 millones de habitantes. Un territorio de escala continental. La octava o novena economía del planeta, según cómo sople el viento de los commodities. Pero, por encima de los números fríos, Brasil es la bisagra sobre la que pivota el destino de América Latina y un actor insustituible en el tablero geopolítico y ambiental del siglo XXI. Cuando Brasil estornuda, la región se engripa; cuando Brasil entra en delirio o convoca a sus peores fantasmas, el temblor se siente en Washington, en Bruselas y en Pekín.
La trampa de la nostalgia y la ceguera progresista
Empecemos por casa, sin complacencias. La izquierda y las fuerzas progresistas latinoamericanas arrastran un vicio recurrente y casi fatal: creer que los pueblos votan por gratitud histórica, que la memoria colectiva es un cheque en blanco o que la superioridad moral basta para frenar a la fiera. Es falso. Rotundamente falso.
A la gente no se le gana el voto recordándole lo que se hizo hace quince o veinte años. El ciudadano común -el trabajador precarizado que pasa tres horas arriba de un ómnibus desvencijado, la madre sola de las favelas que no sabe si mañana el arroz va a costar el doble, el pequeño cuentapropista que sobrevive a fuerza de ingenio- no vive de discursos nostálgicos ni de homenajes al pasado. Vota con el estómago, con el miedo y con la necesidad inmediata de orden, certidumbre y respeto.
Cuando la política tradicional se encierra en aparatos sordos, en la rosca infinita de los despachos y en un lenguaje pasteurizado que no conecta con las angustias reales del hombre común, deja la puerta abierta de par en par. Y por esa puerta no entra un adversario conservador clásico con el que se pueda negociar una ley de presupuesto: entra el resentimiento organizado, la mística violenta, el fundamentalismo religioso manipulado como maquinaria electoral y la antipolítica armada hasta los dientes.
El bolsonarismo no fue un accidente meteorológico ni una anomalía pasajera. Fue, y sigue siendo, la respuesta brutal, visceral y eficaz a un sistema político que se desconectó de las mayorías. Creer que se lo derrota únicamente blandiendo títulos universitarios, corrección política o consignas abstractas sobre el republicanismo es no haber entendido nada de los últimos diez años de historia universal.
Dos proyectos de civilización frente a frente
El choque entre Lula y Bolsonaro trasciende largamente la puja habitual entre izquierda y derecha. Lo que colisiona el día del balotaje son dos matrices de convivencia humana:
Con todas las contradicciones que se le quieran señalar -y que hay que señalarlas sin miedo-, la candidatura de Lula encarna la preservación del pacto democrático de 1988, la defensa de los derechos laborales mínimos, la recuperación del papel del Estado como escudo de los más débiles y la restitución del diálogo institucional frente a la barbarie. Significa volver a sentar a la mesa a los diferentes para construir mayorías de convivencia.
Bolsonaro representa el experimento más radical de la ultraderecha en el sur del planeta. No gobierna para gestionar; gobierna para demoler. Utiliza la mentira a escala industrial, el desprecio por la ciencia y la cultura, el militarismo rampante en la administración civil y un relato mesiánico que convierte al adversario político en un enemigo moral al que hay que exterminar.
No estamos ante una discusión sobre si el déficit fiscal debe ser del 2% o del 3%. Estamos discutiendo si la discrepancia política se dirime con votos o con balas; si las instituciones de la República tienen valor o son un estorbo para el caudillismo de gatillo fácil; si la verdad tiene algún peso frente a las fábricas de patrañas digitales financiadas desde las sombras.
El tablero regional: entre la integración y el sálvese quien pueda
Miremos las fronteras. Para América Latina, el resultado del balotaje es una línea divisoria tajante.
Durante los últimos años, con un Brasil aislado, prepotente y ausente de los foros internacionales, la integración sudamericana fue reducida a escombros. El Mercosur se transformó en un cascarón vacío donde cada socio tira para su lado en un sálvese quien pueda patético e inútil. Ningún país de la región, ni siquiera los que se creen más prósperos o autosuficientes, tiene peso específico por sí solo para negociar condiciones dignas frente a los gigantes del comercio global o ante la reconfiguración descarnada entre Estados Unidos y China.
Sin un Brasil democrático, previsible, con músculo diplomático y vocación de liderazgo constructivo, América Latina vuelve a ser lo que las grandes potencias siempre prefirieron: un patio trasero atomizado, exportador de materias primas baratas, condenado a la irrelevancia estratégica y a la dependencia perpetua.
Lula demostró en el pasado que sabe cómo sentar en la misma mesa a gobiernos de signos opuestos sin imponer tutelas asfixiantes. Bolsonaro, en cambio, dinamitó puentes, insultó a mandatarios vecinos por Twitter y convirtió la política exterior brasileña en una tragicomedia ideológica subordinada a los caprichos del trumpismo más rancio.
El pulmón del planeta y la urgencia global
Si el impacto regional es dramático, la repercusión planetaria es de vida o muerte. Y aquí no caben las metáforas: estamos hablando literalmente del oxígeno y del equilibrio climático de la Tierra.
La Amazonia no es un recurso privado del agronegocio depredador ni un trofeo para los buscadores ilegales de oro y las mafias de la madera. Es el mayor regulador hídrico y térmico del continente y una barrera indispensable contra el colapso ambiental que ya estamos padeciendo en forma de sequías históricas, inundaciones feroces e incendios descomunales.
Cuatro años más de desmantelamiento de los organismos de control ambiental, de impunidad para los invasores de reservas indígenas y de complicidad estatal con la quema indiscriminada pondrán a la selva amazónica en un punto de no retorno. Los científicos lo vienen advirtiendo sin descanso: si la deforestación cruza el umbral crítico, el bosque tropical se convertirá en sabana degradada, liberando miles de millones de toneladas de carbono a la atmósfera.
¿Se puede ser neutral ante eso? ¿Puede la comunidad internacional lavarse las manos y pretender que se trata de un simple asunto doméstico brasileño? El mundo civilizado sabe muy bien lo que significa la reelección de Bolsonaro para la crisis climática: la renuncia definitiva a los compromisos de París y un golpe directo al futuro de las próximas generaciones.
El veredicto de la historia
No hay margen para la ingenuidad ni para los triunfalismos anticipados. La elección se define voto a voto, casa a casa, en el barro de una campaña despiadada donde la infamia corre más rápido que los desmentidos. La ultraderecha ha demostrado una capacidad asombrosa para movilizar pasiones oscuras, capitalizar temores legítimos y mantener un núcleo duro fanatizado.
A quienes les toque votar no solo estarán eligiendo quién duerme en el Palacio de la Alvorada. Estarán decidiendo si el gigante del sur retoma el camino de la sensatez, la justicia social y la reconstrucción republicana, o si se hunde en un fango de oscurantismo, violencia y aislamiento del que costará décadas salir.
En este balotaje se juega la dignidad de 220 millones de brasileños, pero también el pulso democrático de todo el continente y el destino ecológico del planeta. Los pueblos a veces tropiezan, se extravían y pagan precios carísimos por sus errores; pero también tienen momentos de lucidez colectiva en los que eligen no arrojarse al abismo.
Ojalá Brasil elija respirar. Nos va una gran porción de nuestras vidas a todos.
Es por ello que en Uruguay, hace 10 días, lanzamos una iniciativa para participar de esa campaña electoral. Es un nuevo estilo: cuando se juegan cosas de esta importancia, no podemos quedarnos a tejer lágrimas, así que constituimos el www.comiteporlula.net.
Todo está allí; utilicen los tres últimos días para sumarse.
https://www.meer.com/es/113402-brasil-en-la-encrucijada-del-siglo
Esteban Valenti. Trabajador de la industria del vidrio (cooperativista), periodista, escritor, responsable de campañas electorales, en Uruguay, Argentina y Paraguay. Exjefe de redacción de Inter Press Service, exdirector general de PRESSUR y, actualmente, director de UYPRESS (Agencia Uruguaya de Noticias) y de Bitácora.
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