113 años de Rodney Arismendi: su vigencia y cuando recordar es incómodo
21.03.2026
MONTEVIDEO (Uypress/JWL)- A 113 años del nacimiento de Rodney Arismendi, su figura sigue proyectando una sombra incómoda y, a la vez, imprescindible sobre la izquierda uruguaya. No por nostalgia, ni por culto a la personalidad —prácticas que él mismo habría mirado con recelo—, sino porque encarna una forma de pensar la política que hoy parece en retirada: la de la estrategia, la densidad teórica y la vocación de poder.
Arismendi no fue simplemente un dirigente del Partido Comunista del Uruguay. Fue, ante todo, un intelectual orgánico en el sentido más exigente del término: alguien que no se limitó a traducir dogmas importados, sino que se propuso comprender la especificidad del Uruguay, sus clases sociales, su estructura productiva y sus tradiciones políticas. En esa tarea, dialogó -no sin tensiones- con el legado de Karl Marx, Vladimir Lenin y también con las particularidades del batllismo, el sindicalismo local y la historia nacional.
Hay, en su obra, una obsesión que hoy resulta casi extraña: la necesidad de una estrategia de acumulación de fuerzas. Arismendi pensaba en términos de etapas, alianzas, correlaciones concretas. Su apuesta por un "frente democrático de liberación nacional" no era una consigna vacía, sino una hipótesis de poder: la construcción de un bloque histórico capaz de disputar la dirección del país. En ese sentido, su papel en la gestación del Frente Amplio no fue accesorio ni meramente acompañante: fue uno de los arquitectos de su posibilidad histórica.
La unidad de la izquierda uruguaya -tan naturalizada hoy en su existencia institucional- fue, en su momento, una conquista política de enorme dificultad. Arismendi comprendió antes que muchos que ninguna fuerza aislada podía aspirar a transformar el país. Su insistencia en la convergencia entre comunistas, socialistas, sectores provenientes de los partidos tradicionales, el movimiento sindical y corrientes cristianas progresistas fue decisiva para romper décadas de fragmentación. No se trataba solo de sumar siglas, sino de construir una síntesis política capaz de sostenerse en el tiempo. En ese proceso, figuras como Liber Seregni encontraron en Arismendi a un interlocutor estratégico indispensable.
Pero esa vocación unitaria no era meramente táctica: estaba anclada en una concepción más profunda sobre la democracia. Arismendi no pensaba la democracia como un límite a la transformación, sino como su terreno de despliegue. Su caracterización histórica del Uruguay lo llevaba a sostener que el camino no era el atajo insurreccional -a diferencia de otras experiencias influenciadas por la Revolución Cubana- sino la profundización democrática. Es decir, avanzar desde las conquistas existentes hacia formas superiores de participación, justicia social y soberanía.
En esa clave, la democracia dejaba de ser un mero procedimiento electoral para convertirse en un proceso histórico en expansión. Ampliar derechos, democratizar la economía, fortalecer las organizaciones populares: todo ello formaba parte de una misma estrategia. La revolución, en su pensamiento, no era la negación de la democracia, sino su radicalización.
Y sin embargo, hacia el final de su vida, hay un desplazamiento sutil pero significativo en su reflexión. El diálogo con Antonio Gramsci le permitió profundizar su comprensión del poder más allá de la dimensión estrictamente estatal. La noción de hegemonía, la centralidad de la cultura, el papel de la sociedad civil: todos estos elementos complejizan su pensamiento estratégico.
Si en sus etapas anteriores predominaba una lectura más estructural de las correlaciones de fuerza, en este último Arismendi aparece una preocupación mayor por las formas en que el consenso se construye, se disputa y se sedimenta. Ya no se trata solo de acumular fuerzas en el plano político-organizativo, sino de disputar sentidos, valores, visiones de mundo. En otras palabras: de comprender que sin hegemonía cultural, no hay transformación duradera.
Ese giro no implica una ruptura, sino una profundización. Arismendi no abandona su apuesta por la unidad, ni su estrategia de acumulación, ni su confianza en la democracia como terreno de avance. Pero introduce una dimensión que hoy resulta ineludible: la de la batalla cultural como parte constitutiva de la política.
El problema, quizás, no es Arismendi, sino lo que se ha hecho con su legado. Convertido en figura de homenaje ritual, su pensamiento ha sido, en gran medida, desactivado. Se lo cita, pero no se lo discute. Se lo recuerda, pero no se lo usa. Y en ese gesto -aparentemente respetuoso- hay una forma de traición: la de vaciar de contenido a quien dedicó su vida a pensar cómo transformar la realidad.
En un presente donde buena parte de la izquierda parece oscilar entre la gestión pragmática y la consigna moral, la ausencia de una estrategia de largo plazo resulta evidente. La política se vuelve administración o testimonio, pero rara vez proyecto. Y también, en no pocos casos, la unidad se transforma en inercia: una estructura que existe, pero que ya no se interroga a sí misma sobre su sentido histórico.
En ese vacío, Arismendi reaparece, no como solución automática, sino como problema: ¿qué significa hoy construir poder? ¿Qué tipo de unidad necesita la izquierda en el siglo XXI? ¿Cómo se profundiza la democracia en sociedades atravesadas por nuevas desigualdades y formas de fragmentación?
Recordarlo a 113 años de su nacimiento no debería ser un ejercicio de melancolía, sino un acto de incomodidad. Porque Arismendi obliga a preguntarse si la izquierda uruguaya aún está dispuesta a pensar en grande, a arriesgar hipótesis estratégicas, a asumir que la política no es solo gestión del presente, sino disputa por el futuro.
Tal vez, en esa incomodidad, resida su vigencia más profunda.
Foto: Nelson Wainstein
José W. Legaspi