2026, un primero de mayo diferente. Esteban Valenti

01.05.2026

MONTEVIDEO (Uypress/Esteban Valenti) - El calendario es un artefacto caprichoso, pero la memoria obrera es un cincel obstinado. Este primero de mayo no es simplemente una fecha roja en el almanaque de las reivindicaciones; es un espejo donde se miran, con cierta extrañeza y mucha carga acumulada, dos siglos que se muerden la cola. El XX y el XXI.

Uruguay tiene esa particularidad casi arqueológica: nuestras movilizaciones no son fotos fijas, son sedimentos. Si uno raspa un poquito la superficie de la proclama de hoy, encuentra el eco de los mártires de Chicago, por supuesto, pero sobre todo encuentra el sudor de las huelgas del 50, el silencio atronador de la resistencia a la dictadura y esa épica del "pan y la libertad" que definió nuestra identidad nacional.

Lo que hace a este día diferente es que los desafíos del siglo XXI han dejado de ser "el futuro" para convertirse en un presente que nos quema los papeles.

El siglo XX nos dejó la estructura, el sindicato como columna vertebral, la negociación colectiva y esa idea -tan nuestra- de que el Estado es el "escudo de los débiles".

El siglo XXI, con su frialdad algorítmica, nos trajo la fragmentación. Hoy el trabajador ya no siempre tiene un overol; a veces tiene una mochila de reparto o una computadora en el living de su casa, desconectado de su par, navegando en la incertidumbre de la "uberización".

Casi se funden. La historia nacional no es una línea recta, es un tejido. Y hoy, en la Avenida del Libertador, conviven los que pelean por el salario básico con los que intentan entender cómo no ser devorados por la Inteligencia Artificial y quieren una respuesta adecuada de la inteligencia humana. Es la vieja lucha por el tiempo humano, pero con relojes digitales que no perdonan.

No nos engañemos. En este país, el primero de mayo es también un termómetro político de máxima precisión. Se siente en la piel de la calle. No es solo la plataforma reivindicativa; es la disputa por el sentido de la justicia social en un mundo que parece haber perdido la brújula.

Los que creen que el movimiento sindical es un anacronismo del siglo pasado no entienden nada de la raíz uruguaya. Lo que estamos viendo es una mutación. Una transición dolorosa, a veces lenta, pero inevitable.

El movimiento sindical el PIT CNT es la dignidad del que vive de su esfuerzo. Es la lucha por la distribución de la riqueza (esa eterna olvidada). El derecho a soñar con un mañana que no sea solo supervivencia.

Es el encuentro de los que trabajan con sus manos, con su inteligencia, con su magisterio, con las herramientas fundamentales de la construcción de la patria.

Fue entre los trabajadores que se fraguó la lucha contra la discriminación de todo tipo, de un feminismo avanzado sin por ello rebajar las consignas históricas de las luchas obreras y sus reivindicaciones históricas. Todavía estamos lejos de la igualdad de derechos y salarios entre hombres y mujeres, no solo para hacer justicia con nuestras compañeras maravillosas, con todas las mujeres, sino por el avance y el bien de toda la sociedad.

Este primero de mayo es distinto porque nos obliga a mirar hacia atrás para no tropezar hacia adelante. No se puede construir el porvenir del siglo XXI desde el rencor, pero mucho menos desde la desmemoria.

Uruguay sigue siendo ese laboratorio social donde lo viejo y lo nuevo se dan la mano, a veces con fuerza, a veces con desconfianza. Pero mientras haya alguien que levante una bandera pidiendo respeto, la historia -esa que escribimos todos los días- seguirá estando viva, latiendo en el asfalto.

Los primeros de mayo fueron, a lo largo de la década infame, las puertas por las que volvió a entrar la democracia. Mientras el país languidecía bajo la bota, allí, en el tejido celular de la resistencia, se cocía la libertad. Y cuando llegó el momento, con la puntualidad de los grandes hitos históricos, expulsamos a la dictadura. Hace 41 años que el calendario nos marca esa cita con la memoria y la audacia.

Esas tribunas no fueron solo tablones y micrófonos. Fueron la gran escuela de la unidad. Una unidad que no fue un regalo del cielo, sino un parto doloroso. Allí se construyó la síntesis, no solo sindical, sino la unidad política de la izquierda y el progresismo.

Supieron entender que el adversario era el privilegio, no el compañero de al lado, porque la democracia interna arde, y de ese fuego salió la solidez de una central única que es envidia en el mundo.

Por esas tablas subieron líderes sindicales curtidos en la fábrica, en el campo, en las grandes empresas, en las escuelas, liceos y en las universidades y en la calle, pero también los grandes constructores de la República. Porque en Uruguay, el destino del trabajador y el destino de la democracia son la misma costura.

Hoy casi olvidada, pero durante muchos años flameó la maravillosa bandera de" Obreros y Estudiantes Unidos y Adelante". Una lección de táctica y estrategia

Pero este primero de mayo es diferente. El mundo hoy está sometido a los peores vientos que hayamos respirado desde la Segunda Guerra Mundial. Asistimos a la prepotencia de las mayores arbitrariedades del imperio y a la tragedia que desgarra la humanidad en manos de la política de Israel, que ignora el clamor de los pueblos.

Nuestras tribunas siempre fueron, por definición, tribunas de solidaridad internacional. El dolor de un obrero de una madre, de un niño en cualquier rincón del mapa siempre tuvo un eco en nuestra nuestras plazas. Hoy, ese internacionalismo es un imperativo moral frente a la barbarie.

Estamos en un momento bisagra. Mientras en otras latitudes la ultraderecha avanza con su discurso de odio y exclusión, Uruguay se mantiene como un reducto de progreso. Pero cuidado: es un reducto lleno de dudas.

Nos asaltan preguntas sin respuestas, malestares que no terminan de canalizarse y, lo que es más grave, una falta notoria de épica. Parece que nos hubiéramos acostumbrado a la gestión de lo posible, olvidando que la política, la de verdad, es el arte de hacer posible lo necesario.

El primero de mayo es, ante todo, épica, es la épica del trabajo que dignifica. Es la épica de la justicia social que no mendiga, sino que se conquista. Es la épica de la libertad y, sobre todo, de la audacia.

Si perdemos la audacia, nos convertimos en administradores de la decadencia. Y este pueblo, que supo enfrentar dictaduras y construir utopías a fuerza de unidad, no se merece un futuro de grises. Hoy es un día para recuperar el fuego. Para entender que la historia no está escrita, y que el lápiz, como siempre, lo tiene la mano que trabaja.

 

Política
2026-05-01T21:30:00

Esteban Valenti.

Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)