La democracia necesita adversarios, no enemigos

Derecha libertaria y sectores de izquierda radicalizan la política en América Latina: el rival pasa a ser enemigo

12.09.2026

LATAM (Uypress)- Libertarios y sectores de la izquierda regional se piensan desde trincheras opuestas, pero comparten una lógica: la disputa política entendida menos como competencia y más como combate existencial.

 

Según análisis de diario El País, la política latinoamericana atraviesa una transformación que no se explica solamente por el desplazamiento electoral hacia la derecha o por la crisis de los partidos tradicionales. También está cambiando la manera en que algunos sectores políticos se piensan a sí mismos y representan a quienes tienen enfrente.

En ese nuevo escenario, parte de la derecha libertaria y sectores de la izquierda regional parten de universos ideológicos profundamente distintos, pero coinciden en un mecanismo: construyen su identidad a partir de la existencia de un adversario que deja de ser simplemente un competidor democrático y pasa a convertirse en un enemigo político, cultural o moral.

En el universo libertario, esa lógica aparece de manera especialmente explícita. El adversario puede ser "la casta", el Estado, el socialismo, el progresismo, los sindicatos, los medios tradicionales o cualquiera que sea presentado como parte de una estructura que impide el ejercicio pleno de la libertad individual.

La Libertad Avanza en Uruguay, por ejemplo, publicó este año un texto titulado "Identificando al enemigo, la doctrina de la LLA", en el que presenta al Estado y a los políticos como adversarios centrales del ideario libertario.

La nueva derecha y la construcción del enemigo

La novedad no está solamente en las ideas económicas. Las nuevas derechas regionales han incorporado un lenguaje político más agresivo, una fuerte capacidad de movilización digital y una narrativa basada en la confrontación permanente.

El caso argentino resulta paradigmático. El ecosistema político construido alrededor de Javier Milei convirtió la provocación, la incorrección política y el enfrentamiento con adversarios específicos en elementos centrales de su identidad.

Un análisis reciente sobre el fenómeno destaca que el oficialismo libertario utiliza incluso la identificación pública del "enemigo del día" como instrumento para reafirmar las fronteras de su propia comunidad política.

Ese estilo se proyectó al resto de la región. La derecha contemporánea latinoamericana es heterogénea: incluye libertarios, conservadores, nacionalistas y fuerzas populistas. Pero una parte creciente de ese espacio construye alianzas internacionales alrededor de un adversario compartido.

El Foro Madrid, impulsado por Vox y la Fundación Disenso, constituye un ejemplo. Sus integrantes mantienen diferencias importantes, pero se articulan fundamentalmente alrededor de la denuncia del comunismo, el progresismo y las redes políticas de izquierda latinoamericanas.

La izquierda y su propia frontera moral

La izquierda regional parte de una historia completamente diferente, vinculada con la igualdad, los movimientos sociales, el sindicalismo y distintas tradiciones socialistas, progresistas o nacional-populares.

Pero también allí puede encontrarse una construcción política basada en fronteras rígidas. Durante décadas, sectores de la izquierda latinoamericana organizaron su identidad alrededor de antagonismos como pueblo contra oligarquía, imperialismo contra soberanía o trabajadores contra capital.

El problema aparece cuando esas categorías dejan de funcionar como instrumentos para comprender conflictos sociales y pasan a establecer una división moral absoluta entre quienes pertenecen al campo legítimo y quienes quedan fuera de él.

La consecuencia es una dificultad creciente para aceptar que el adversario pueda representar intereses, valores o demandas legítimas de una parte real de la sociedad.

Dos proyectos distintos, una lógica semejante

Las diferencias entre ambos campos siguen siendo enormes. La derecha libertaria cuestiona al Estado, reivindica mercados más libres y suele presentar al progresismo como responsable de una decadencia económica y cultural.

La izquierda defiende diferentes grados de intervención pública, políticas redistributivas y derechos sociales, y suele interpretar el avance de las nuevas derechas como una amenaza a conquistas democráticas o sociales.

Equipararlas ideológicamente sería un error. Pero observar sus mecanismos de construcción política permite detectar una similitud: ambas pueden reforzar su identidad mediante una imagen cada vez más absoluta del adversario.

Cuando eso ocurre, negociar puede aparecer como traición, reconocer una razón al otro como debilidad y alcanzar compromisos como una renuncia a los principios. La política deja entonces de organizarse alrededor de una pregunta -cómo convivir entre proyectos diferentes- para estructurarse alrededor de otra: quién derrota definitivamente a quién.

El debilitamiento del centro

Ese fenómeno también ayuda a explicar las dificultades que atraviesan los sectores moderados. La polarización genera identidades políticas más intensas porque ofrece certezas sencillas: establece claramente quién pertenece al propio campo, quién es responsable de los problemas y contra quién hay que luchar.

El centro, en cambio, necesita aceptar ambigüedades, negociar y admitir que ninguna fuerza posee por sí sola toda la representación social.

En una época dominada por las redes sociales, esa posición tiene menos capacidad emocional que los mensajes destinados a indignar o movilizar.

El crecimiento regional de fuerzas de derecha muestra precisamente cómo dirigentes disruptivos consiguieron capitalizar el cansancio con gobiernos anteriores, la inseguridad y la crisis de representación, aunque ese espacio incluye desde variantes radicales hasta conservadores más institucionales.

La democracia necesita adversarios, no enemigos

La pregunta de fondo excede la disputa entre izquierda y derecha. Las democracias funcionan porque permiten que proyectos contradictorios compitan sin considerar que la existencia del otro debe desaparecer.

Un adversario puede ser derrotado electoralmente y regresar cuatro años después. Puede tener intereses opuestos, defender valores diferentes y aun así conservar legitimidad dentro del sistema.

El enemigo, en cambio, debe ser neutralizado. Esa diferencia semántica puede parecer menor, pero define dos concepciones completamente distintas de la política.

La paradoja latinoamericana es que fuerzas que se consideran irreconciliables pueden terminar reproduciendo el mismo mecanismo: necesitar un enemigo permanente para explicar quiénes son.

Y cuando una sociedad empieza a organizarse exclusivamente alrededor de enemigos, el mayor riesgo ya no consiste en quién gana la próxima elección, sino en cuánto espacio queda para seguir aceptando que el otro también tiene derecho a existir políticamente.

Política
2026-09-12T16:51:00

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias