El evangelio del ombligo
17.09.2026
MONTEVIDEO (Uypress/Esteban Valenti) Un cambio radical en la política nacional uruguaya, que influye como un tren que nos embiste a toda máquina en nuestra vida cotidiana, en las cosas más básicas, una prioridad que domina en el gobierno y en la oposición: primero yo. Un choque frontal contra nuestra historia nacional en primer lugar contra el pensamiento artiguista.
Hay momentos en la historia política de la izquierda de este país donde las prioridades eran otras, tanto en el Frente Amplio como en sus grupos: primero estaba la nación, luego el partido y por último los intereses personales. Los partidos tradicionales no pueden decir lo mismo, no creo necesario explicarlo. En sus muchos años de intercambiarse el poder, con notoria prioridad de los colorados, hubo períodos en que primaban evidentemente los intereses personales. En otros las prioridades eran justas y sus líderes se jugaban hasta la vida por sus ideales, como Aparicio Saravia, Timoteo Aparicio, Leandro Gómez o el Toba Gutiérrez Ruiz, o la libertad como Ferreira Aldunate.
Pero no solo eran blancos, también hubieron colorados, como José Batlle y Ordóñez, Baltasar Brum o Julio César Grauert, todos ellos firmemente batllistas y ninguno riverista.
El cambio de prioridades, es una mutación cultural y política que infectó por igual al gobierno y a la oposición. El nuevo lema nacional, recitado con fervor de catecismo moderno, es lapidario: primero yo.
Ya no importa el colectivo, ni la solidaridad de trinchera, ni siquiera las grandes banderas que sirvieron para llenar plazas durante décadas. El país real quedó reducido a una suma de apetitos individuales, de salvatajes personales donde el vecino de al lado es, a lo sumo, un obstáculo temporal en la fila del supermercado o un contrincante al que hay que pasar por arriba. Nos hemos vuelto expertos en mirar el ombligo propio con binoculares, mientras el país institucional se desangra entre eslóganes vacíos y marketing electoral.
La patria como botín y espejo
Lo grave no es que aparezca el egoísmo humano -ese viejo compañero de ruta de la especie-, sino su legitimación ideológica. Hoy se premia al vivo, al que saca ventaja, al que hace de la viveza criolla una doctrina de Estado. Lo vemos en las pequeñas transacciones cotidianas y en las grandes decisiones presupuestales donde cada sector, corporación o?cial o facción política discute su quintita como si la República fuera una herencia yacente a repartir entre parientes pobres.
El resultado está a la vista: una sociedad fragmentada en miles de monarquías de una sola persona, donde la empatía cotiza a la baja y la mezquindad se disfraza de pragmatismo. Los partidos políticos, en lugar de actuar como poleas de transmisión para los grandes proyectos colectivos, se han transformado en agencias de colocación de vanidades y refugios corporativos. El debate público se empobreció tanto que ya no se discute hacia dónde vamos, sino a quién le toca el turno de acomodarse.
Si seguimos anestesiados en esta lógica del "acomódese quien pueda", el tren que nos embiste a toda máquina no va a dejar ni el boleto picado. Porque un país no se sostiene únicamente con contabilidades fiscales prolijas o discursos encendidos sobre la libertad; se sostiene sobre la arcilla invisible de la decencia común y el destino compartido. Cuando el "primero yo" se vuelve norma constitucional de facto, lo que se derrumba no es solo un gobierno, sino la posibilidad misma de llamarnos sociedad.
Es hora de sacudirse esta modorra cívica y decirlo sin eufemismos, nos duela a quien nos duela. O recuperamos la noción elemental de que nadie se salva solo-una verdad tan vieja como la política misma-, o terminaremos inaugurando el monumento al egoísmo más grande de América Latina, con placa dorada y corte de cinta incluido. Y para entonces, claro está, el último vagón ya habrá pagado el pasaje.
Lo más trágico de esta mutación hacia el "primero yo" no es que habite en el anonimato de la calle -donde la sobrevivencia diaria a veces obliga a buscar refugio en la trinchera individual-, sino que se instaló con alfombra roja en los despachos donde se toman las decisiones. La política, esa noble herramienta para organizar la convivencia y torcerle el brazo al destino, fue reducida a una contabilidad de favores y a la defensa atroz de chacras corporativas.
Da igual si se mira hacia el oficialismo o hacia la vereda de enfrente. El reflejo condicionado es idéntico: ante cualquier debate estructural, la primera pregunta nunca es qué le servirá al país de aquí a veinte años, sino qué me deja esto para la próxima elección o cómo protejo mi metro cuadrado. El país real, el que sufre las urgencias cotidianas, se convirtió en un decorado de cartón piedra para uso exclusivo de los malos discursos partidarios.
Asistimos así a un patético espectáculo de fuegos artificiales donde las grandes causas nacionales y sociales fueron dejadas en último lugar por discusiones y luchas por los apetitos personales a todos los niveles del banquete y luego los intereses de cada partido y sector.
Es el contraste feroz con la definición de Liber Seregni, el fundador y primer presidente del Frente Amplio, que en su discurso político bregó de forma permanente y obsesiva por la subordinación de las ambiciones personales y sectoriales a los grandes objetivos nacionales y a la unidad colectiva.
A lo largo de sus intervenciones públicas -desde el histórico discurso fundacional del 26 de marzo de 1971 hasta sus reflexiones tras salir de la cárcel y en su retirada de la vida activa-, Seregni machacaba constantemente sobre conceptos rectores.
Es la frase de Rodney Arismendi para definir las prioridades de su partido: uruguayos, frenteamplistas y comunistas. Y ni siquiera mencionaba el "primero yo", y el PCU lo sacrificó desde la designación de Seregni como candidato a Presidente por el FA en 1971, y en particular en 1989, cuando además colocó en los dos primeros lugares de su lista al senado a Danilo Astori y Germán Araujo. Todos los grupos del FA también tenían de una u otra manera esas prioridades.
El propio MPP que ingresó en el año 1989 al FA, tenía definiciones muy claras, José Mujica, su símbolo y máximo líder, dijo: «Primero está el país, la gente y su destino; después viene el programa y la unidad del Frente Amplio; y recién al fondo, bien lejos, los intereses de nuestro sector o las aspiraciones personales de cada uno. Si no se entiende eso, no entendimos nada de lo que significa militar».
Paradójicamente en un gobierno presidido por un integrante del MPP, Yamandú Orsi, donde la mayoría de sus ministros y principales figuras de gobierno son de ese sector, la prioridad más clara y evidente ante el conjunto de la opinión pública es implacable. "primero yo y mis aspiraciones a un cargo, incluso el de futuro presidente de la república, o ministro o legislador o lo que sea, basta que esté en la estructura del Estado; después el interés del propio MPP, subordinado a esos intereses personales, y luego mucho más atrás los intereses del gobierno nacional - del propio MPP y ni que hablar que el Frente Amplio -, y después el país relegado al fin de este tren trágico.
Se pelean con ferocidad implacable por cuotas de poder, por cargos, por apariciones de prensa o por minúsculas ventajas reglamentarias, mientras los problemas de fondo -la educación, la seguridad, la redistribución de la riqueza nacional a favor de los más pobres y desfavorecidos, la lentitud de crecimiento - , quedan archivados en el fondo del cajón de la desidia. Han privatizado la esperanza colectiva para convertirla en el botín de guerra de camarillas que se miran el ombligo con devoción religiosa.
Lo voy a decir por segunda vez, una cosa es analizar críticamente una política económica y otra cosa muy diferente es no reconocer que al frente de ella hay un hombre honesto, defensor de sus ideas, que transmite confianza y que ha demostrado tener claras sus prioridades personales y políticas del país, en primer lugar.
Es tan entreverada y compleja la situación, la que se ve reflejada en las encuestas de opinión pública - la de todos los uruguayos y en particular los de la izquierda -, que demuestra que está muy por encima de sus dirigentes.
Para José Artigas, el más avanzado de los libertadores de toda América, hay fases emblemáticas y que definen su pensamiento: «Que los más infelices sean los más privilegiados». La célebre premisa forma parte del Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental de 1815 (la primera reforma agraria de la región). Para Artigas, los más "infelices" eran su prioridad en la construcción de la patria.
Pero no solo lo proclamó, combatió por esos principios y prioridades y a pesar de ser el "Protector de los Pueblos Libres" y detentar un enorme poder político y militar en la región del Río de la Plata, Artigas vivió siempre con absoluta austeridad. Mientras ejercía su gobierno desde el campamento de Purificación, rechazaba los lujos y vivía en un simple rancho, compartiendo las penurias materiales de su tropa y de los sectores populares.
Asimismo, su desinterés por los privilegios personales se coronó en la pobreza con la que vivió sus largos años de exilio en Paraguay, negándose siempre a transigir sus ideales políticos a cambio de bienes personales, riquezas u honores que le ofrecieron en distintas etapas de su vida. Frases como "Yo no soy vendible, ni quiero más premio por mi empeño que ver libre mi nación" reafirman coherencia absoluta con esta conducta.
Los uruguayos somos, y por eso me siento profundamente y cada día más uruguayo, un pueblo con el privilegio de haber nacido con un conductor y con muchos hombres a lo largo de su historia, de los más diversos sectores, blancos, colorados y frenteamplistas que rechazamos con absoluto vigor el "primero yo" y levantamos colectivamente la bandera de una patria libre y justa.
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias