La isla de los condenados “blancos”

18.03.2026

EN EL AMPLIO MAR (Uypress-Esteban Valenti) — En medio de un mar de escándalos, emerge una isla cada día más solitaria, poblada por náufragos salpicados de barro y miedo. No logran dormir por su pasado, pero, sobre todo, por su presente: grandes peligros los acechan y se renuevan cada día. Sin embargo, en esa empalagosa soledad, todos parecen estar muy bien alimentados.

 

Para consolarse de sus frustraciones, construyeron la historia de un enorme peligro que llegaría del Viejo Continente: un juicio internacional que amenazaba con arrasarlo todo. En realidad, ellos mismos lo promovían, lo deseaban y lo agitaban como una bandera salvadora. Pero un día la historia se esfumó; el pobre marino, frustrado y fundido en Vigo, desistió. Ya no había amenaza de juicio. Quedaron solos y mudos.

Los "blancos" desolados se encomendaron a todos los santos: ¿quién los protegería de una nueva gran vergüenza? Ahora estaban solos, cada día más enterrados en una arena oscura y pastosa. Los certificados los rodeaban, los acusaban y los señalaban con dedos tan largos que llegaban desde Vigo a Montevideo por rutas inexplicables. No lejos de allí, un fiscal acumulaba pruebas y más pruebas; algún día los llamaría a todos, como en el Juicio Final, y tendrían que rendir cuentas -muchas cuentas acumuladas-.

Todos los náufragos  en la isla temblaba ante la posibilidad de que finalmente se compraran los barcos necesarios y prometidos y veloces, pero esta vez sin comisiones, sin papeles falsos, sin escribanos enojados y sin aseguradoras "truchas". Qué necesidad tenían de una buena "trucha" en aquella isla. Comer veneno todos los días no hace bien, aunque lo puedan escupir a toda hora frente a generosos micrófonos y tibias cámaras de televisión. Siempre es veneno...

Como si esa tormenta no fuera suficiente, negros nubarrones volvieron a amontonarse sobre la isla, cada día más seca, más pobre y más entregada. Un amigo al que le habían otorgado un favor muy especial -el cual le permitió estar libre y expandir su imperio durante 1.461 días, contando el bisiesto de 2024- había sido detenido en el tercer anillo de una ciudad santa.

El amigo les debía un enorme favor: un pasaporte que había batido todos los récords de velocidad de entrega en la historia nacional. Ese triste episodio ya había depositado en la "isla de los desesperados" a varios capitostes -siempre blancos- y a una colorada arrastrada a fuerza de correos electrónicos y órdenes de dudosa transparencia, envueltas en una sarta de falsedades digitales. Ese amigo ahora estaba encerrado en una prisión en la lejana y helada Virginia. Lo estaban "apretando", y eso generaba un temor atroz a que empezara a "dar jugo".

Ni el calorcito de las fogatas hechas con certificados notariales que pertenecieron a la Cancillería podía ocultar el frío helado que les corría por la sangre azul. Todos, o casi todos, temblaban al unísono mientras un dúo infaltable rompía la monotonía de la isla. La pareja cantora ya no sabía qué himnos inventar para levantar polvareda. De noche, cuando el frío abrazaba la isla, donde antes algunos roncaban ahora se escuchaban lamentos y gemidos provocados por el desvelo. ¿Y si el amigo documentado hablaba?

Aún les quedaba un hilo de esperanza, pues existía la posibilidad de que la justicia -y sobre todo el poder supremo en el albergue del amigo- los protegiera de aquel "juguito" envenenado. De todas maneras, por las pocas redes a las que estaban conectados ya circulaban cifras preocupantes: cinco millones, diez millones... y una pregunta fácil de responder: ¿quiénes habrían sido los acreedores de tan "magnánimo" gesto? Bueno, no tan magnánimo, considerando que el amigo poseía decenas de vehículos blindados, avionetas y un búnker digno de un bombardeo feroz por parte de EE. UU. e Israel, su especialidad.

En la ya famosa isla, "blanca como el carbón", los viejos vientos del pasado seguían soplando en forma de otros pasaportes emitidos en el piso 4 del poder supremo, espionajes y otras hermosuras malolientes. Pero los habitantes de la isla no estaban solos: habían conservado a sus fieles "felpudos tricolores", dispuestos a sacrificarse para llevarles consuelo. Siempre encabezados por los resignados aliados colorados y el resto del aliado independiente, pacientes de que, en algún momento, vuelvan de la isla y le tiren algún "carguito".

Esta es una historia tan larga que requiere paciencia. Sus capítulos se alimentan del apetito voraz de los negocios portuarios, ganaderos, navales, aéreos y sanitarios. Por lo tanto, deberemos seguirlos con atención. Capítulo a capítulo.

Política
2026-03-18T02:37:00

Esteban Valenti.

Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)