Claudio Rama realiza un recorrido por las máscaras indígenas de América Latina
01.10.2026
MONTEVIDEO (Uypress) - En el marco de las actividades previstas por el Día del Patrimonio, Rama llevará adelante dos actividades abiertas al público.
La primera es la inauguración de la muestra "Máscaras indígenas de América Latina", con una selección de 30 piezas de su colección etnográfica, el sábado 3 de octubre a las 17.00 horas en la Alianza Francesa de Melo (Calle de la Rosa 689), en Cerro Largo. La segunda es un conversatorio y visita guiada junto al propio Rama, el domingo 4 de octubre a las 16.00 horas en el MAPI, Museo de Arte Precolombino e Indígena (25 de Mayo 279, Montevideo), institución que resguarda una colección de más de 500 máscaras de origen indígena aportadas por él. Ambas actividades, organizadas junto a la Fundación de Máscaras Latinoamericanas, son de entrada libre.
Objetos que no decoran: transforman
Rama plantea una idea que atraviesa todo su trabajo: la máscara indígena latinoamericana no fue pensada como adorno, sino como herramienta ritual. Servía para danzar, curar, proteger las cosechas, acompañar los tránsitos vitales, honrar a los muertos o convocar presencias espirituales y animales. Su función, explica, "no es ocultar, sino transformar": quien la porta cubre su rostro cotidiano para asumir temporalmente otra identidad -animal, espíritu, ancestro o héroe- dentro de un código compartido por toda la comunidad.
El recorrido que propone Rama atraviesa el continente de norte a sur. En la Amazonia, el Warime de los Piaroa apela al anonimato para encarnar espíritus y animales protectores, mientras que entre los Tukano-Cubeo las máscaras táwü despedían al difunto en la ceremonia Óyne y luego eran quemadas, completando así su función al enviar el espíritu al río de los muertos. Los Tikuna, por su parte, recurren a la máscara en la Pelazón, rito de paso femenino hacia la adultez.
El Gran Chaco, territorio que desborda las fronteras de Argentina, Bolivia y Paraguay, conserva un fuerte sustrato animista: las máscaras de Aña de los Chané-Chiriguano participan del Areté Guasú, ligado tanto a las cosechas como a los ancestros, y la Chiquitanía boliviana suma la veneración a los Yarituses y al dios Piyo. En los Andes, la máscara se articula con la comunidad, la agricultura y la autoridad: la Huaconada peruana encarna el poder moral de los ancianos, Bolivia aporta danzas como el Tinku y el Awki Awki, y en Ecuador el Diablo Huma del Inti Raymi agradece a la Pachamama y al Sol.
En Mesoamérica, las máscaras mayas otorgaban identidades divinas o animales y fuerza guerrera, incluso para transitar al inframundo mediante las máscaras funerarias de jaguar. Esa centralidad del felino persiste hoy en celebraciones como la Tigrada de Zitlala o la Danza de los Tlacololeros, en el estado mexicano de Guerrero, donde el jaguar sigue asociado a la lluvia y la protección agrícola.
Un patrimonio vivo
Lejos de presentar estas tradiciones como vestigios de culturas extinguidas, Rama insiste en su vigencia: "este patrimonio es una realidad viva y no el residuo de culturas desaparecidas". Cada máscara, sostiene, amalgama memoria, territorio y acción colectiva, y refleja la continuidad de pueblos que atravesaron procesos de conquista y colonización sin perder sus propios modos de interpretar el mundo. Comprenderlas exige, en sus palabras, reconocer que el patrimonio indígena latinoamericano "sigue siendo contemporáneo, diverso y profundamente creador".
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias