Cuentos apolíticos en Uypress

10.08.2026

MONTEVIDEO (Uypress) - Hay demasiada política en UYPRESS. Lo venía masticando y decidí que era hora de reiniciar una sección de cuentos, que fue muy exitosa, con una característica nueva, deben ser cuentos que no incluyen temas políticos. Está abiertos a todos los lectores que quieran participar. Enviarlos a: diego.uypress@gmail.com

 

El perro que habla

El aire de la madrugada en Montevideo, o en cualquier otro lugar donde el tiempo se detiene a reflexionar sobre los huesos enterrados, olía a humedad estancada y a promesas eléctricas; aún se dejaban oír, a lo lejos, los ecos del gran temporal. Nacho entró en casa con Thor que respiraba con la precisión rítmica de un metrónomo antiguo.

Un setenta por ciento del perro le pertenece al muchacho de un metro noventa y cinco, estudiante de economía y el treinta por ciento restante le pertenece a mi hijo Diego, quien nos visitaba ese mediodía.

Thor se detuvo. Sus orejas, dos puntiagudas antenas de fieltro negro, giraron hacia la nada. O hacia algo que los hombres aún no habían inventado.

¿Qué ves, viejo dios de hielo?, murmuré, aunque conocía la respuesta antes de que el aire vibrara.

El perro no ladró. Los perros vulgares ladraban a la luna o a cualquier visitante desconocido como autómatas de hojalata. Thor hablaba en el idioma único, el del movimiento de sus ojos y de las pupilas dilatadas que absorbían la luz de estrellas muertas para devolverla en destellos de ámbar puro. En sus ojos flotaban constelaciones enteras, advertencias sobre tormentas magnéticas que sacudirían las líneas de alta tensión antes del amanecer, y memorias de praderas antiguas donde ningún hombre había dejado huella.

Nacho, mi nieto, flaco y alto, sintió un escalofrío recorrerle la columna. Él, que navegaba con soltura entre las cifras de la economía global, compensaba la rigidez de las teorías de mercado con una mirada canina. No temblaba por el frío, sino por la certeza aplastante de que aquel animal conocía el final exacto de la tarde, mucho antes de que el sol terminara de bostezar en el horizonte.

Entonces, llegó la segunda lengua. Un sonido bajo, un aullido comprimido en la garganta, una modulación perfecta que imitaba el crujir de una puerta de roble abriéndose hacia un pasillo olvidado.

No podemos quedarnos aquí para siempre, Thor, dijo Nacho. Su voz sonaba frágil, como papel picado en medio de una tormenta.

El border collie dio media vuelta. Sus patas apenas rozaban el suelo, como si flotara sobre una sombra invisible. Se abalanzó sobre las rodillas de Nacho con una violencia tierna; un abrazo de músculos tensos y pelaje espeso que olía a tierra mojada y a galaxia lejana.

Previamente me había pisado las partes sensibles solo para alcanzar su objetivo. Era su tercera lengua: la urgencia desesperada de los afectos, el recordatorio físico de que, en un universo frío y mecánico, la lealtad es la única gravedad que impide que los hombres salgan disparados hacia la oscuridad del espacio exterior.

Nacho lo abrazó de vuelta, hundiéndose en el calor de ese cuerpo que no le pertenecía del todo, consciente de que el animal llevaba en sus adormecidas entrañas secretos que ningún libro de ciencia ficción se atrevería a imprimir.

La sobremesa se había estirado en una tarde soleada, donde la familia había rozado ese plato tan difícil de cocinar: la felicidad. En el comedor, el aire estaba saturado de perfume de puchero, de nuestras múltiples conversaciones y de un ambiente de amistad que pesaba más que cualquier parentesco.

Thor no pedía comida; él no era de esos seres que mendigan sobras. Se acercaba a la mesa, recorría el perímetro con la solemnidad de un juez, elegía a un comensal y lo miraba. Sus ojos, dos esferas de inteligencia inabarcables, no hablaban con la elocuencia del hambre, sino con la urgencia de quien intenta traducir un mensaje en código binario a un alfabeto de carne y hueso. Esa vez, la elegida fue mi hija Verónica. El perro apoyó el mentón sobre sus piernas, y el silencio que siguió fue tan denso que pudimos escuchar el zumbido de los coches en la avenida, al otro lado del gran ventanal.

Va a cambiar el viento, dijo Nacho de repente, rompiendo la tensión sin mirar a nadie. Su voz, siempre atenta a las fluctuaciones de la economía, sonaba extraña, como si hablara desde el fondo de un gran salón. Thor dice que algo se ha aprendido a lo largo de toda su vida.

Mi hijo Claudio soltó una carcajada nerviosa, pero el perro no se movió. Thor mantenía la vista fija en su objetivo, las pupilas dilatándose hasta devorar el iris, capturando un reflejo que no provenía de nuestra lámpara de comedor, sino de un firmamento que nosotros éramos incapaces de ver.

Me levanté y caminé hacia el sillón, donde pasaba las sobremesas divirtiéndome con las conversaciones en el comedor. Nacho me siguió; sus zancadas largas apenas hacían ruido, como si estuviera aprendiendo a caminar, con sus enormes zapatos deportivos calibre 45.

Thor cambió de objetivo y fue a la cocina siguiendo a Selva, el artífice de esa abundancia de carnes, lengua vacuna, verduras y tanta amistad gastronómica. El perro no era un hambriento: en su plato provisorio, apoyado en el suelo de la cocina, había desperdiciado los restos de una morcilla salada que yo le había dado. Ni la tocó; él sabía que en la heladera había carne picada a gusto para su paladar.

Amaba a Selva; en realidad, se amaban mutuamente. Apenas llegaba de visita, sobrepasaba cualquier obstáculo y se precipitaba a saludarla, moviendo esa larga cola blanca y negra como un plumero antiguo. Con mi esposa mantenía un diálogo múltiple de miradas, de caricias reclamadas y de aullidos modulados.

Thor sabía que ciertas superficies, como nuestra cama, eran mi reino; solo yo mandaba sobre ella. Por eso esperaba verme desaparecer del dormitorio para intentar dormir su siesta dentro del acolchado. De lo contrario, se conformaba con ocupar un sillón amarillo en un rincón del cuarto.

Salimos con Nacho al mercadito de la vuelta; el Montevideo que conocíamos comenzaba a desdibujarse. Las luces de las calles aún no se habían encendido. Thor salió a la calle libre, sin correa, solo sujeto a la voz de su dueño. Nacho nos acompañó hasta la puerta del comercio y Thor nos esperó afuera, mirando de reojo a una señora que vendía curitas.

Nuestro retorno -los pocos cientos de pasos hasta el edificio- fue un diálogo de Thor con otro perro. Con todo el pelo erizado y gestos de desconfianza, se cruzaron por un instante. El borde no es un perro agresivo en absoluto, ni con los otros perros ni con las personas, pero-lo fundamental- no es un animal cobarde. Hace frente si alguien lo ataca.

Hace unos días, dos perros de regular porte se le abalanzaron simultáneamente y su pose de animal suave y cariñoso se transformó en un instante. Tiene una ventaja notoria: su agilidad, una aptitud genética que le viene del fondo de sus genes de pastor de grandes rebaños de ovejas, con una maestría que asombra. En un solo salto mordió a los dos atacantes y los puso en su lugar. Es guapo. No soporto los perros miedosos.

Tiene unos nueve años muy bien llevados; solo unos pocos bigotitos blancos, muy bien disimulados, delatan su edad. Cuando uno comparte unas pocas horas con un ser que ocupa un espacio tan importante en el cariño, en las múltiples manifestaciones de amistad y de inteligencia, y las lleva consigo a todos lados, hay una sola cosa que me abruma: como todos los perros, vivirá unos pocos años más y dejará a sus dueños y a los que lo conocemos con una enorme tristeza. Yo ya lo he vivido con mis tres boxers: Dogo, Don Vito y Tobi.

Miro todas las cosas desde una perspectiva optimista y positiva, y gozo las conversaciones tan particulares con Thor. Asumo que este breve cuento es posible que no tenga la fuerza de un viaje a las estrellas; es solo un instante, un recreo en la tensión de nuestras vidas actuales.

Esteban Valenti

 

 

Cultura
2026-08-10T12:34:00

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