Cuentos apolíticos en Uypress. El Brasilero de Galeano: donde los fantasmas toman café y escriben a oscuras.
El Brasilero de Galeano: donde los fantasmas toman café y escriben a oscuras. Esteban Valenti "El Tano"
01.09.2026
MONTEVIDEO (Uypress) - Hay demasiada política en UYPRESS. Lo venía masticando y decidí que era hora de reiniciar una sección de cuentos, que fue muy exitosa, con una característica nueva, deben ser cuentos que no incluyan temas políticos. Está abierta a todos los lectores que quieran participar. Enviarlos a: diego.uypress@gmail.com
El Café Brasilero no es un bar: es una máquina del tiempo que se alimenta de cafeína y de la obstinación de los uruguayos por no dejar que el olvido nos gane de mano. Uno empuja la puerta de roble y, de golpe, la Ciudad Vieja de este siglo XXI se desvanece como un espejismo de adoquines calientes. Huele a tostadero viejo, a humedad mansa, a madera sobada por mil manos que buscaron refugio contra la intemperie. Las paredes guardan el humo acumulado desde 1877, cuando Montevideo era apenas un puerto de techos bajos donde los barcos europeos descargaban nostalgia y contrabando.
Arriba, colgando del cielo raso alto, las pesadas arañas holandesas de bronce vigilan el transcurso de los días con una elegancia fantasmal, desafiando a los años y no reflejan luces de gas sino la penumbra respetuosa de la tarde. Y en las paredes, las ilustraciones y las fotografías sepia devuelven la mirada de un pasado insomne: tranvías que ya no pasan, muelles de madera carcomidos por el salitre, damas de sombrilla almidonada y los compadritos de orilla que inventaron la manera de caminar sobre las penas.
Enmarcado en ese santuario de la memoria, el rostro inconfundible de Carlos Gardel parece vigilar desde una pared con su sonrisa de eternidad maleva, como si estuviera a punto de pedir un cortado antes de que la noche se trague el bajo fondo. Las mesas de madera, oscuras, firmes, marcadas por el uso, han sentido mil pasiones secretas: las manos que temblaban al firmar una carta de amor clandestino, los puños que golpeaban bajito discutiendo de fútbol o de utopías, las plumas que arañaban el papel buscando la frase justa que salvara a los nadies del naufragio.
Ahí, en ese cruce donde la historia oficial se baja del caballo y se sienta a tomar mate o café, es donde Eduardo encendía la chispa. Venía caminando desde la plaza, con el paso ligero y los bolsillos repletos de murmullos robados a las esquinas. No buscaba la comodidad de los despachos luminosos; prefería el gran ventanal sobre la Ciudad Vieja y atrincherarse en este rincón donde los espejos biselados multiplican las sombras. Se sentaba, sacaba la libreta minúscula -esa libreta de almacén donde cabía el mundo entero- y dejaba que el lápiz le mordiera los dedos.
Para él, escribir no era un ejercicio de vanidad literaria, sino un acto de rescate submarino. Mientras el mozo le arrimaba la taza sin necesidad de palabras, él iba hilvanando los jirones de una patria herida pero terca. Anotaba la rabia de los desterrados, la risa de los locos hermosos que pueblan las bajadas del puerto, la dignidad silenciosa de los derrotados que se niegan a firmar la rendición. Su prosa no tenía grasa; era seca, tajante y musical, hecha con la misma materia áspera de los adoquines y la sal de la bahía.
En ese cruce de bronces antiguos, aromas profundos y fantasmas cotidianos, Galeano entendía que la memoria no es un museo polvoriento, sino una bengala encendida en plena oscuridad. Cada palabra que atrapaba en el Café Brasilero era una forma de resucitar a los que el poder quiso borrar del mapa, un recordatorio de qué en este rincón del sur, entre tazas vacías y miradas cómplices, la dignidad humana sigue latiendo, terca y clandestina, esperando el momento de volver a nacer. Con las venas abiertas.
Esteban Valenti “El Tano”
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias